Mito-cuento de Prometeo, benefactor de los hombres


Cuenta una historia que hace muchos, muchos años, en el principio de los tiempos, el mundo y las criaturas fueron creados por los dioses.  Zeus, el padre de todos ellos, cansado por el esfuerzo realizado encargó a Prometeo -famoso por su aguda mente, creatividad, intuición y pensamiento- que distribuyera entre las criaturas la totalidad de los dones y habilidades que el soberano del Olimpo había preparado para ellas.  Mientras, Zeus descansaría.

Prometeo se disponía a cumplir su cometido cuando Epimeteo, su hermano, le rogó que le permitierá demostrar su valía desempeñando él la encomienda de Zeus.  Aunque al principio dudó, los ruegos de su hermano calaron en el corazón de Prometeo, al que disgustaba que todos tomaran a Epimeteo por torpe e imprudente.  Y le dejó hacer.

Epimeteo, loco de ilusión, tomó muy en serio su trabajo: dio la fuerza a unos animales,  a otros la belleza, a otros la agilidad, a otros la rapidez, a los más pequeños les entregó el arte de ocultarse o el veneno con el que defenderse, al blando ofreció caparazón y, al más expuesto, aguijón o pinchos.  Cubrió de piel y pelo a los que vivían en zonas frías y dotó de gran tolerancia a la temperatura a quienes debían convivir con el calor…  Todo lo hizo bien…  Pero su imprudencia y torpeza le llevaron a olvidarse del hombre, y a no guardar cualidades para su raza.

Asustado a causa de su error, reclamó la ayuda de su hermano.  Cuando Prometeo contempló la indefensión del hombre -y la angustia que generaba la culpabilidad en su hermano- se compadeció de ambos y decidió ponerse en peligro para proveer al hombre del mejor de los dones…  Y a su hermano de una buena consideración al ocultar cariñosamente su falta.

Con sigilo y ocultación, Prometeo se hizo con unas chispas del fuego de la fragua de Hefesto (símbolos del fuego divino, de la luz y el calor, de la inteligencia, el amor y la voluntad) y entregóselas al hombre como su don propio.  Gracias a este don, los hombres se fabricaron vestidos para vencer al frío, armas para cazar y protegerse del más fuerte, trampas y cultivos…  La que había sido la más débil de las criaturas a causa del descuido de Epimeteo, se convirtió en dueña y señora de la naturaleza gracias a la compasión, gallardía y atrevimiento de Prometeo.

Pero cuenta la leyenda que, al enterarse Zeus del ultraje cometido por Prometeo, de que había dotado a los hombres de una chispa divina que les asemejaba a los dioses, estalló su ira y buscó el modo de convertir el don en desgracia…  Hizo preparar a la más perfecta de las humanas (Pandora) y, con el enamoramiento y ensimismamiento de la humanidad con sus propias perfecciones, hizo penetrar todos los males en nuestro mundo.

Del mismo modo que si los hombres ponían sus ojos en los cielos podían devenir dioses, al hacer que su mirada no se elevara a lo alto, su naturaleza tampoco se alzaría más allá de su animalidad.  El hombre puede ser un dios o una bestia… Y cuando se enamora de sí mismo, cuando cede a la pasión por su propia capacidad, se convierte en un lobo para el hombre, en su peor enemigo, porque actúa sin modelo, porque desatiende las leyes que rigen el universo, porque quiere establecer las normas de una creación que ya tiene las suyas propias.

Con esa inteligente jugada, Zeus logró dos objetivos en un solo movimiento: bajar el hombre del pedestal en el que había sido subido por Prometeo, y hacer purgar a éste su atrevimiento con un sufrimiento comparable al de atarle en un poste y enviar un ágila que le comiera cada día el hígado, mientras que éste le era repuesto por la noche…  Para volver a empezar su calvario al día siguiente.

Prometeo tuvo que sufrir lo indecible al comprobar que su regalo, aquél por el que se había jugado la vida, se convertía en la peor pesadilla del hombre, en el instrumento de su destrucción.  Habría sido desesperante de no ser porque Prometeo tenía el don de la profecía y sabía que, con el tiempo, un hombre plenamente desarrollado, un semi-dios, un héroe, Heracles, haría buen uso de sus capacidades, le liberaría de la cadena que le ataba y mataría al águila que le devoraba el hígado.

Así fue.  Heracles, Hércules, el humano que se descubrió hijo de los dioses y decidió ser fiel a su naturaleza perfeccionándola con esfuerzo, a golpe de martillo (voluntad) y cincel (inteligencia), liberó a nuestro benefactor de los sufrimientos y dolores que nuestra mala cabeza le había provocado.  Rompió las cadenas que sujetaban a Prometeo con la espada y traspasó el corazón del águila con la flecha.

En nuestras manos está el que no se repita su agonía.  Basta con que transitemos por la vía del héroe y no por la del caos.  Basta con que recordemos que nuestros dones y nuestra belleza no proceden de esta tierra, y que alcemos los ojos al Cielo para dar gracias por cuanto somos y para ponerlo a disposición de esos dioses, especialmente de los prometeicos, que nos lo dieron todo para nuestro bien y el de quienes nos rodean.  Transmitamos también, en nuestro día a día, esa chispa divina que arde en nuestro interior y que es capaz de llenar de luz y calor al mundo.  Seamos los nuevos Prometeos, capaces de hacer llegar al resto de los hombres los regalos de los dioses.

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