Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Introducción al Humanismo clásico-tradicional: el hombre como arquetipo


Por humanidades suele entenderse el conjunto de disciplinas que estudian al ser humano –más allá de su materialidad- y a su obra, a su cultura.  Es ésta una definición amplia –amplísima- que, por tanto, está abierta a distintas interpretaciones en función de cómo se entienda al hombre.

No nos importa, nos gustan las definiciones amplias…  Dan más juego…  No nos gusta encorsetar la realidad, forzarla a meterse dentro de una caja…  Ya tendremos tiempo a estar nosotros mismos en una caja cuando dejemos de respirar.  Permitamos –por ahora- que la vida fluya libremente, en toda su riqueza y variedad, y reservemos los espacios cerrados para nuestros muertos.

Nuestra preferencia por los amplios prados del saber frente a los huertos de las especialidades que fragmentan la realidad y al hombre, nuestra apuesta por las visiones de conjunto, por atender a las relaciones y por buscar la Unidad en la diversidad nos lleva a no reconocernos en los actuales estudios humanísticos que se ofertan en la mayoría de universidades europeas…  Bendita –mejor, maldita- Bolonia: especialización, fragmentación, pragmatismo…  Una reforma fantástica para desarrollar nuestra capacidad profesional, para dinamizar los mercados laborales y para castrar al ser humano en su esencia más íntima, en lo que tiene de divino y de propiamente humano.

¿Cómo es posible que sepamos tantas cosas y, al mismo tiempo, nos desconozcamos tan profundamente a nosotros mismos?  Decía Platón que “tener curiosidad por lo que no me concierne, mientras permanezco en la ignorancia de mí mismo, sería ridículo”.  Ridículos somos, pues, la mayoría de nosotros…  Como ridículos fueron muchos de nuestros ancestros…  Porque esta instrumentalización del saber, esta prominencia de la acción sobre el conocimiento, esta entronización de lo práctico sobre lo teórico -tan propia del Occidente contemporáneo- no es nueva… Es una tendencia que se repite cíclicamente en las épocas de desmoronamiento (de lo que en el hinduismo se denomina Kali-Yuga), tiene un valor arquetípico y, por tanto, refleja también un riesgo antropológico, un peligro a nivel personal: el de primar el hacer y el tener sobre el ser y el saber.  Vivimos en un mundo obsesionado por el hacer cada vez más en menos tiempo, lo cual se considera un hecho virtuoso, una muestra de progreso.

Pero, ¿es ésta una consideración realmente lógica? ¿Es razonable actuar compulsivamente, sin dedicarse previamente a reflexionar sobre el porqué, el qué y el cómo de la acción?  Una última pregunta nos ofrecerá, probablemente la respuesta que buscamos: ¿quién actúa sin antes pensar, aunque sea brevemente, sobre la causa inicial y final de sus actos?  La respuesta es sencilla: o el niño o el loco…  Y la consecuencia de esta afirmación tampoco es muy difícil de deducir… ¿Qué somos, pues: una sociedad inmadura o una sociedad enferma?  En ambos casos, se hace preciso que alguien nos guíe, que alguien imponga la sensatez donde sólo hay desconcierto, que alguien nos recuerde la cuestión planteada por el Galileo: ¿De qué te sirve conquistar el mundo si, para lograrlo, pierdes tu alma?

Tradicionalmente habían sido los sabios, los humanistas o los hombres santos (los que habían desarrollado su potencial, los que habían sido fieles a su naturaleza última) quienes habían asumido esta función de guías, de líderes, de faros que señalaban dónde encontrar tierra firme.  Parece que, hoy en día, muchos de ellos son víctimas de la senilidad –cuando no de la estupidez- y se encuentran aquejados de los mismos defectos y vicios que aquellos a quienes debieran regir.  Y, mientras sigamos en esta senda, con ciegos que guían a ciegos, la cosa no va a mejorar.  Pese a que el Maestro Eckhart gritó a los cuatro vientos que las personas no deben pensar tanto en lo que han de hacer como en lo que deben ser, no es ésta la finalidad de los estudios humanísticos que actualmente se imparten en nuestros centros docentes: hoy se procura dar a luz expertos en literatura, en historia del arte, en semiótica…  Auténticas enciclopedias andantes –y parlantes- que, en ningún caso se vean afectadas –en su intimidad- por cuanto han aprendido y que, siempre que sea posible, busquen la aplicación práctica –y preferiblemente mercantil- de los conocimientos adquiridos.

No, no es ésa –la de Bolonia y su burocracia- nuestra visión de las humanidades.  Para nosotros, los estudios humanísticos no pueden ser una mera fuente de erudición, un barniz cultural para dotar a la propia persona de un cierto lustre en sus conversaciones, los parientes pobres de la ciencia empírica, una opción más para lograr hacer carrera en el ámbito profesional o universitario, un cúmulo de conocimientos teóricos…  Los sabios sufíes afirman –como habitualmente trata de recordarnos Melloni-  que nadie se ha emborrachado por hablar del vino. O, como se expresa en Shankara: “la enfermedad no se cura pronunciando el nombre de la medicina sino tomando la medicina”.  El auténtico conocimiento es experiencia, consiste en gustar uno mismo la realidad.  La sabiduría es el arte de la vida; no es un saber sobre la vida, sino experiencia plena de la vida (Panikkar).

Por tanto, entendemos que no caben humanidades sin auténtico humanismo, un humanismo que –conforme al espíritu que animaba a los renacentistas italianos, a Ficino o a Pico Della Mirándola- consiste en descubrir el Todo en el hombre y en colocar a éste en el centro de nuestro laberíntico mundo.

Aunque ajenos a las trincheras de escuela o a la disciplina de cualquier partido -distintos nombres para un mismo intento de encorsetar la verdad- sentimos cierta afinidad de pensamiento y sentimiento con aquellos florentinos que refundaron la Academia Platónica y buscaron una síntesis de las sabidurías ancestrales que se plasmó en un redescubrimiento del valor y de la dignidad del ser humano, a la luz de la chispa divina que reside en su interior, en el Tabernáculo que es su alma.  Nos gusta cómo lo expresa el Tao-Te-King: “el sabio anda vestido con harapos mas, en su pecho, alberga una joya”.

Ese original humanismo –entendemos el término “original” en el sentido gaudiniano de “fiel a su origen”- implica una propuesta «retroprogresiva» (según paradójica expresión de Salvador Pániker) ya que supone un simultáneo avanzar hacia lo nuevo y hacia al origen, un hacer algo nuevo sin cambiar nada (Pla), al desvelar al hombre como idea clave, como lugar de concreción de todo saber y como campo de cultivo prioritario del mismo.

No es tampoco ésta una idea novedosa…  Es sobradamente conocida –aunque no siempre completamente comprendida- la inscripción que se encontraba en el frontispicio del templo –oráculo- de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo y conocerás el mundo y a los dioses”.

Este volver la vista sobre uno mismo, este convertirse en cuestión (“Quaestio mihi factus sum”, en palabras de San Agustín), esta invitación a la introspección, este ser sujeto y objeto de conocimiento a un tiempo, esta centralidad del anthropos, este considerar que el mundo entero rodea al hombre como el círculo rodea al punto (Paracelso), no es –como han querido ver algunos- un mero acto de exaltación narcisista del ser humano, un intento de desplazar a los dioses para ocupar su privilegiado lugar.  No, no nos preocupa lo que tenemos de mortal sino lo que tenemos de eterno, no es propio de las humanidades estudiar la vida natural (Bios) sino la Vida en lo que tiene de trascendente (Zoé), no se trata de contemplar embelesados nuestro humanísimo ombligo sino de tomar conciencia del cordón umbilical que nos une a lo divino y, por consiguiente, a cuanto nos rodea.  Un descubrimiento capaz de transformar nuestro modo de ver, gustar y tratar a Dios, al mundo, a nuestros semejantes y a nosotros mismos.

El humanismo clásico-tradicional por el que aquí abogamos parte de la experiencia de que cada uno de nosotros es el lugar por el que podemos entrar en contacto con todo lo demás, el nexo de unión con el resto de la realidad, un manantial incesante de conocimientos, un práctico sendero que nos conduce al recuerdo –a la rememoración- de esas verdades primeras y últimas que, según Platón, parece que hemos olvidado y debemos recuperar.  Porque, si la ignorancia es –en otras criaturas vivientes- naturaleza, en el hombre es vicio (Boecio).  Un vicio que debe ser superado por medio de la virtud del recto saber.

Este descubrimiento del hombre como microcosmos, como imagen arquetípica de todo cuanto existe, como visión de síntesis, es un conocimiento común a los sabios de todos los tiempos y culturas que, en muchos casos, ha sido guardado en secreto o ha sido reservado a las élites intelectuales de cada civilización.  Hoy en día tenemos la inmensa suerte de que ese saber se ha vuelto accesible a todo el que lo pretende, pero la desidia intelectual que impera en tantos de nosotros ha supuesto que siga siendo –pese a todo- un conocimiento restringido a unos pocos que se encuentran profundamente comprometidos con la búsqueda de la Verdad.

Aunque trataremos en otro artículo sobre el fundamento de esta equivalencia entre el micro y el macrocosmos, así como sobre las relaciones de analogía –simpatías o resonancias- que existen entre ambos (y de éstos con el resto de la realidad), adelantaremos algunas conclusiones e implicaciones de estas relaciones por la ayuda que suponen para lograr una mejor comprensión de la visión clásico-tradicional del humanismo y del valor central que éste otorga al ser humano.

En la actualidad suele emplearse la expresión de que “cada hombre es UN mundo”.  Sin embargo, sería más exacto afirmar que “cada hombre es EL mundo” porque en el hombre se dan cita todos los elementos de los que se compone el universo, él es el punto de intersección de todo lo real, él supone el encuentro de lo material y lo espiritual, él está hecho de barro y aliento divino,  él tiene los pies en la tierra y la vista puesta en los cielos (lo que hace de él el mediador entre el Creador y su creación)…  Debemos tomar consciencia de nuestro valor, de nuestra dignidad, de nuestra importancia porque, como nos recuerda Avicena: “tú crees que no eres nada y, sin embargo, es en ti donde el mundo reside”.  También Plotino incide en la misma idea: “Todo está en todas partes.  Cada uno es todo, y todo es cada uno.  El hombre, tal cual es ahora, ha cesado de ser el Todo.  Pero cuando deja de ser un individuo, se eleva de nuevo y penetra el mundo entero”.  El ser humano –como veremos más adelante- es mucho más que un individuo… Es Persona, es el Todo.

Somos, por tanto, una fuente inagotable de conocimiento que no podemos desaprovechar.  Debemos dedicar tiempo a conocernos a nosotros mismos,  como holográfica parte que conduce al Todo, como contenedores de lo que Panikkar denominó la Ontonomía, el orden del universo:  “debes, oh alma, lograr un conocimiento seguro de tu ser, y de sus formas y aspectos.  No pienses que ninguna de las cosas de las que debes alcanzar conocimiento está fuera de ti; no, todas las cosas de las que debes alcanzar conocimiento están en tu posesión y dentro de ti.  Cuida entonces de no caer en el error de buscar (en otras partes) las cosas que están en tu posesión” (Hermes).   Partamos de lo que tenemos más cerca, de lo más accesible, de nosotros mismos, para aproximarnos a lo ajeno, para descubrir, conocer y comprender el mundo y a su Creador.

“Permíteme conocerme a mí mismo, Señor, y Te conoceré”, rezaba el obispo de Hipona.  Meister Eckhart, en sintonía con este planteamiento, llega a afirmar: “creo que si me conociera a mí mismo tan íntimamente como sería necesario, tendría un conocimiento perfecto de todas las criaturas”.  Y Sta. Catalina de Siena no resulta menos clara al poner en labios del Creador: “conóceme en ti, y de ese conocimiento sacarás todo lo necesario”.

En esto consiste el humanismo clásico-tradicional: en tomar al hombre como libro de texto que nos habla de Dios y de su creación, espejo en el que contemplar el rostro a cuya imagen y semejanza hemos sido hechos.  El beato flamenco Jan van Ruysbroek lo expresa con la meridiana claridad y sencillez que corresponde al místico: “la imagen de Dios se halla esencial y personalmente en toda la humanidad.  Cada uno la posee completa, entera e individida, y todos juntos no son más que uno”.  Somos, tú y yo, hipóstasis de Dios.

El hombre es por tanto, para nosotros, un símbolo de Dios y la creación es –en su totalidad y conjunto- una revelación de Aquél que es fons et origo (y no, simplemente, el escenario en donde se produce la Revelación).  Por este motivo, también nos sentimos impelidos al estudio de cuanto existe, a descubrir el universo en un grano de arena (Blake), aunque no de un modo superficial sino atendiendo a su significación última, metafísica, transformante.  Simone Weil lo expresa de un modo, a nuestro parecer, delicioso y atrevido: “Nadie negará que la astronomía procede de la astrología y la química de la alquimia.  Pero esta sucesión se interpreta como un avance, si bien implica una disminución del grado de atención.  La astrología y la alquimia, que son trascendentes, constituyen una contemplación de la verdad eterna a través de los símbolos que aportan el movimiento de los astros y la combinación de las sustancias.  La astronomía y la química [por tanto] son formas degradadas de esas ciencias (…) [aunque es cierto que] la astrología y la alquimia, al hacerse magia, constituyen degradaciones aún más bajas”.

Ese es el fundamento de la sed de conocimiento universal que caracteriza a los grandes humanistas:  que perciben el Todo en todo, que son capaces de ver cada descubrimiento, cada realidad, cada verdad, como una ventana a través de la cual contemplar al Infinito, un Infinito que saben alojado en su interior y por el que tratan de dejarse transformar día a día, vaciándose de sí mismos, haciéndole lugar a Él.

Pero sobre esta metanoia, esa transformación personal que consiste en ir más allá (meta) de la propia mente (nous) -requisito imprescindible de todo humanismo que pretenda ser más que mera erudición- trataremos en otra ocasión.

Hoy queríamos presentar nuestra visión del humanismo…  Y pongo por testigo a la Divinidad de que lo hemos hecho o, por lo menos, lo hemos intentado.  Confiamos en que alguna de estas ideas haya encontrado en tu alma una tierra fértil en la que desarrollarse hasta dar abundante fruto.  Será beneficioso para todos…  Porque si tú cambias, todo cambia.

 

[Adaptación del capítulo I de mi inédito “Viaje al centro del laberinto”]

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Un comentario el “Introducción al Humanismo clásico-tradicional: el hombre como arquetipo

  1. luis llivisaca
    29 de mayo de 2013

    no tiene nada que ver con el humanismo

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