¿Para qué sirven las humanidades? Para hacer de nosotros auténticos seres humanos


 

De acuerdo con lo expuesto en el artículo dedicado a la “introducción al humanismo clásico-tradicional”, podemos afirmar que éste no se limita a establecer al hombre como arquetipo, como idea clave o como lugar de concreción de todo el saber sino que, además, hace de éste su campo de cultivo prioritario.

Por tanto, y bajo este punto de vista, la finalidad de las humanidades debe ser la investigación de la naturaleza humana en aras de saberla reconocer y ayudar a desarrollarla por medio del conocimiento, de la cultura y del refinamiento de sus formas de pensar, sentir y actuar.

Quedan –por tanto- incluidas en el ámbito humanístico las más variadas disciplinas teóricas y prácticas, como veremos más adelante.  Lo cual no es una novedad, sino una muestra más de fidelidad a las más elevadas tradiciones.  De hecho, este es el modo en que entendieron la filosofía los antiguos, como modo de formación y transformación, lo cual hizo de ella la actividad humana por excelencia.  Así lo expresa Plotino:   “Retírate en ti mismo y mira.  Y si no te encuentras hermoso, actúa como hace el creador de una estatua que debe ser bella; corta aquí, alisa allá, hace esa línea más ligera, esa otra más pura, hasta que un rostro amable hace que le guste su obra.  Haz tú también lo mismo: corta todo lo que sea excesivo, endereza lo que esté torcido, ilumina todo lo que esté obscurecido, trabaja para hacer una obra de radiante belleza y nunca dejes de cincelar tu estatua, hasta que brille sobre ti el divino esplendor de la virtud, hasta que veas la bondad perfecta establecida de forma segura en el santuario inmaculado”, hasta que el individuo deje paso a la Persona. Para los clásicos -como para nosotros- toda ciencia y saber deben enriquecer nuestra vida, deben estar al servicio del hombre, y no a la inversa, que es lo que ocurre cuando se cae en la barbarie del especialismo.

Es ésta una relación similar a la que se establece entre las riquezas y su laboriosa consecución en la sociedad crematística en que nos ha tocado vivir: del mismo modo que el ideal es que uno trabaje para vivir y no viva para trabajar, uno no debe tampoco vivir para aprender sino –riqueza de riquezas- aprender cómo vivir.

Visto así, toma un nuevo sentido la expresión «cultivo de las humanidades». De hecho, ¿no parece más adecuado hablar del «cultivo de la persona humana» por medio de las humanidades? ¿No son éstas –continuando con el símil agrícola, tosco pero clarificador- algo así como el abono necesario para el crecimiento personal,  para el aprendizaje de esa buena vida que sólo puede ser la vida buena?

Este crecimiento personal es a lo que nosotros denominamos –tal vez por adoptar lo que de aceptable tiene la New Age (que algunas cosas buenas también tiene, más allá de su superficialidad)- “el desarrollo del potencial humano”.  Nos parece clarificador identificarlo, gráficamente, con un laberíntico viaje de la periferia al centro de nosotros mismos, de la máscara al rostro que se oculta tras ella, de la naturaleza caída al hombre redimido o primordial, del individuo a la Persona.

Esta última distinción tiene una importancia capital: individuo y Persona.  En la actualidad suelen tomarse como sinónimos (aunque “persona” tiende a escribirse con  minúscula, y no con mayúscula como hacemos nosotros), cuando, en sentido estricto, uno supone el punto de partida -y la otra la meta de llegada- de este transitar que es la vida.

¡No se nos lancen al cuello los nuevos inquisidores!  Somos conscientes del riesgo que supone afirmar que la mayoría de nosotros somos solamente seres humanos en bruto, en germen, en potencia (esto es, individuos) y que la condición de Persona no se da automáticamente en nosotros sino que debemos buscarla y desarrollarla mediante el autoconocimiento y el trascendimiento de nosotros mismos.

Seguro que los más extremados garantes de la corrección estarán imaginando ya largas filas de hombres, de rostro y vestido gris, que –por no haber desarrollado su potencial y su condición de Personas- no merecen vivir y son conducidos hacia un purificador exterminio…  Parece que es fácil confundir los cojones con los rosarios; en este caso, el hacerse Persona con el disfrutar de la Dignidad que merece todo hombre.  Así que vamos a aclararlo.

Pico de la Mirándola, en su “Discurso sobre la Dignidad del Hombre” defiende la tesis de que el hombre es el único ser de la creación al que se le permite escoger libremente, si quiere vivir –o no- conforme a su naturaleza…  Con lo cual, uno puede hacer de sí mismo una bestia o un dios.  Sin embargo, la naturaleza que nos es propia es ésta última por lo que, a lo sumo, seremos dioses ignorantes que –olvidándose de quiénes son- prefieren revolverse en el lodo viviendo en la más pura instintividad, sometidos a la esclavitud de una corporeidad que debiera ser, más bien, el templo del Espíritu.

Tenemos, por tanto, una dignidad innata por ser quienes somos, por tener el potencial que tenemos, queramos aceptarlo o no.  Y esa dignidad no la perdemos jamás, por muy aberrantes que sean nuestros actos…  Lo cual no es una excusa para cometer las más salvajes atrocidades porque, si tomáramos conciencia cierta de quiénes somos, de nuestro más auténtico valor, probablemente no nos conduciríamos por el mundo del modo irresponsable, estúpido y criminal con que solemos hacerlo.

Sin embargo, más allá de nuestros aciertos y equivocaciones, más allá de los actos que humanizan o animalizan, más allá de nuestro ascenso o descenso por la escala del ser, de nuestra naturaleza caída, en el fondo de nuestra esencia se encuentra esa chispa divina, esa inmanente presencia (que, al mismo tiempo, nos trasciende) y que es capaz –en cualquier momento- de incendiar nuestra vida con el fuego purificador que, tras las cenizas, sólo deja a nuestro mejor yo, a nuestro ser más auténtico (el que se encuentra donde termina el ego cambiante), a la Persona.

He aquí un concepto clave para comprender la visión clásico-tradicional del ser humano que aquí proponemos: Persona, con mayúscula.  En lenguaje coloquial solemos considerar que ser humano, individuo y Persona son tres términos sinónimos, que significan lo mismo.  Sin embargo, su distinción nos ofrecerá unos elementos de juicio e interpretación capaces de transformar nuestro modo de entender las humanidades como ejercicio espiritual… Y el valor que nos otorgamos a nosotros mismos.

La noción de ser humano que aquí proponemos va más allá de la común división contemporánea entre cuerpo y alma.  En nuestra opinión, ésta dualista concepción implica una simplificación al dejar al margen la presencia inmanente de Dios en cada uno de nosotros.  Por este motivo, nos sentimos identificados con la visión tripartita del ser humano que es propia de las culturas clásico-tradicionales y que, dentro del cristianismo, tuvo una importante representación en las enseñanzas de los Padres del Desierto (para quienes el hombre es el perfecto ensamblaje entre cuerpo, alma y Espíritu).

No consideramos necesario detenernos en la explicación de qué es el cuerpo; daremos por entendido que se trata del conjunto de elementos físicos constitutivos del ser humano.

Sin embargo, sí precisa algo más de atención la noción de psiqué o alma.  Bajo esta denominación, englobamos tanto las emociones como la mente, aquello que –más allá de nuestra corporeidad- nos diferencia de los demás, nos caracteriza como individuos.

La terminología aquí es importante, por lo que debemos advertir que estos rasgos que suelen denominarse “personales”, “íntimos” y, en casos extremos, “espirituales” constituyen en realidad aspectos todavía exteriores, periféricos, superficiales e impermanentes (efímeros) de nuestra identidad individual (de individuos), que varían a lo largo de nuestra vida y que, por tanto, no deben confundirse con aquello que realmente nos define y nos hace Personas: el Espíritu.

De hecho, el olvido de que el alma es el modo en que se individualiza el Espíritu en un cuerpo ha dado lugar -en la actualidad- a confusiones y conflictos importantes entre la ciencia y la religión, que podrían haberse evitado clarificando los conceptos básicos.  Cuando la neurociencia afirma que el alma está en el cerebro –idea que enciende pasiones (y no especialmente caritativas) entre los creyentes- puede que no esté diciendo ninguna barbaridad…  Si los científicos entienden –como el común de  los mortales- que el alma es lo que anima al cuerpo y el origen de las sensaciones y sentimientos, pueden estar en lo cierto…  Según la opinión de los expertos, la mayor parte de nuestras experiencias y reacciones nacen en el neocórtex o en el sistema límbico de nuestro cerebro, tienen unos patrones fijos y, por tanto, son previsibles, predecibles y dirigibles.  ¿Significa eso que no somos libres, que el hombre no es más que un mecanismo que no puede escapar al ordenado encadenamiento secuencial de su maquinaria?

Deberíamos responder afirmativamente a esta cuestión si entendiéramos que el hombre no es más que cuerpo y alma, pero para nosotros es más que el mero agregado psicosomático, que sus rasgos psicofísicos, existe un tercer elemento esencial donde reside su potencial, su libertad y dignidad: el Espíritu.

Éste es, para nosotros, el centro del laberinto que es el hombre, su joya más preciada, su esencia más profunda…  Lo que le hace Persona.  El Espíritu, como ya hemos adelantado anteriormente –y no nos cansaremos de repetir- hace referencia a la presencia inmanente de Dios en el hombre, a esa chispa divina que se oculta en nuestro interior, a ese campo de conciencia “transpersonal” (esa dimensión inaprensible e infinita de nosotros mismos) que se oculta tras el agregado psicosomático y que –a través de él- se comunica y revela.

Esta paradójica ambigüedad entre lo que se oculta y lo que se muestra la encontramos también en el origen etimológico del propio término persona.  Éste, que procede de per sonare, hace referencia a la máscara que utiliza el actor teatral para hacer resonar la voz del personaje que representa y, –a un mismo tiempo- al propio actor que tras ella se esconde y expresa.

Dicho de otro modo: al emplear el término Persona hacemos referencia tanto al aspecto exterior del ser humano (el agregado psicosomático que identificamos con el individuo) como al interior (el que, strictu sensu, hace referencia al Espíritu).  Esta ambivalencia pone también de manifiesto que el camino más sencillo y más natural para el hombre es acceder a la Persona a través del individuo, a lo divino por lo humano, per visibilia ad invisibilia (Lossky).

Eckhart Tolle expresa esta relación de un modo más poético: el individuo sería a la Persona, lo que los cuerpos celestes al firmamento…  Concreciones dotadas de forma, posición y movimiento, definibles y distinguibles unas de otras, que sin embargo participan de un todo que las trasciende pero del que forman parte.

En nuestra opinión, Panikkar es aun más exacto cuando, para distinguir entre individuo y Persona, hace referencia a la gota de agua (individuo) y al agua de la gota (Persona)…  Interesante analogía que abre las puertas a profundas reflexiones en torno a las corrientes “transpersonales”, a la interdependencia, a la caridad, a la mística, a la muerte, que no es éste el momento de seguir pero que nadie debería dejar de plantearse si quiere lograr una vida plena y dotada de sentido.

Vladimir Lossky, brillantísimo exponente de la más enriquecedora tradición ortodoxa (esto es, del cristianismo oriental y místico) realiza una importante aclaración –tal vez menos poética y más escolástica- sobre la relación existente entre el individuo y la Persona, entre la gota de agua y el agua de la gota.  Dice así: el hombre, como naturaleza individual, forma parte de un todo, es uno de los elementos constitutivos del universo.  Pero ése mismo hombre, en cuanto Persona, no es en modo alguno una parte porque en sí contiene el Todo…

Esta visión clásico-tradicional del ser humano como Persona, la toma de conciencia de la propia participación en la dimensión universal, espiritual, trascendente o, incluso, divina que a todo incluye y a todo trasciende, es la clave de bóveda que otorga todo su sentido a la idea de humanidades y humanismo que tratamos de esbozar en este escrito, un modo de vivir que implica una transformación, un desarrollo del propio potencial humano consistente en ir más allá del individuo (de lo corporal o psíquico) para redescubrir a la Persona, para adentrarse en el terreno del Espíritu que es Todo en todos.  El autor de “la Filosofía Perenne”, Aldous Huxley, lo expresa con meridiana claridad: “el progreso personal se logra mediante el creciente conocimiento del yo como nada y de la Divinidad como la realidad que lo abarca todo”.

Las humanidades, por tanto, ya no quedan circunscritas al ámbito de lo teórico o cultural sino que se extienden hasta alcanzar el núcleo del «yo» mediante un ejercicio espiritual constitutivo de un arte de vivir, una alquimia espiritual consistente en sacar a la superficie la naturaleza áurea que cobijamos en nuestro interior (Filaleteo), un hacernos capacidad para que Él se haga torrente (Sta. Catalina de Siena).

Así vistas, las humanidades implican un proceso de metamorfosis que aumenta nuestro ser y nos hace mejores, actualizando las potencialidades de nuestra personalidad mediante un cambio de conciencia que –atendiendo a su etimología- hemos dado en llamar metanoia.  Ésta, supone una reconstrucción de uno mismo que –trascendiendo lo mental o psíquico- conlleva el reconocimiento del ser interior del hombre, la liberación de su auténtica naturaleza cautiva.

Esta amalgama entre conocimiento y transformación, esta conversión de todo saber en una fuente de crecimiento personal y no sólo intelectual, esta relación entre contemplación y acción que se encuentra en la raíz misma del enfoque humanístico, mantiene reseñables similitudes  con la noción germana de Bildung o con la paideia griega.

Este término, en la Grecia Clásica, designaba la educación que le otorgaba a uno un carácter verdaderamente humano, haciéndole apto para ejercer sus derechos y deberes cívicos al dotarlo de conocimiento y control sobre sí mismo y sus pasiones.  Se trata, por tanto, de una educación fiel a su sentido etimológico (del latín, exducere, “conducir hacia fuera” o “hacer salir”), puesto que hace explícito aquello que se encuentra en potencia, oculto en el interior, escondido, latente…

La educación auténtica –y especialmente la propia de las Humanitates– tiene que ver, como recuerda Sócrates, con el arte de la comadrona (con la mayéutica): consiste en atender, cuidar, hacer crecer y germinar la semilla divina que el hombre tiene en su interior para, llegado el momento de madurez, ayudarle a dar a luz a su mejor yo, a su manifestación más perfecta y desarrollada, a su Persona.

Para ello, como tarea previa, debe aprenderse a pensar bien.  Y, a continuación, a vivir en consonancia con lo que se ha aprendido.  Nos encontramos, por tanto, ante la necesidad de regirse a uno mismo, ante el Arte Regia forjadora de virtudes.  Se trata de dotar al conocimiento de un valor muy profundo: el de transformar a la persona promoviendo su desarrollo, su tránsito de la teoría a la práctica, de lo individual a lo Personal, de lo corporal o psíquico a lo Espiritual, de la aparente multiplicidad a la Unidad última, del caos al orden, de la desorientación a la vida cargada de sentido.

El arte de vivir que nos transmiten las humanidades tiene por objetivo ayudarnos a ser Personas, descubrir nuestro propio talento y comprometernos a desarrollarlo como medio de ayudar a los demás y de ser felices.  Tenemos una misión que llevar a cabo en esta vida, un destino que sólo nosotros podemos realizar y cuyo logro supone el culmen de nuestra felicidad y de nuestra aportación a quienes nos rodean.  En otros artículos trataremos de ofrecer algunas claves, algunos medios, que nos permitirán observar el mundo y a nosotros mismos con otros ojos, con una mirada de reconocimiento que nos permitirá intuir la senda que debemos recorrer, el camino que nos conducirá al centro del laberinto, al interior del Tabernáculo, a la cima de la montaña sagrada en la que descubriremos el rostro de un Dios que nos habla, y una nueva perspectiva del  mundo por el que habitualmente somos arrastrados y zarandeados.

Pero antes de ponernos en marcha, de iniciar ese camino, parece legítimo preguntarse por el porqué del viaje, cuestionarse si es el momento adecuado para comenzarlo, plantearse qué va a aportarnos…  Pero ése será el contenido de un futuro artículo.  Por hoy ya hemos escrito bastante…  Ahora toca interiorizar lo leído y tratar de convertir la palabra en vida, haciéndola realmente nuestra…  Haciéndonos realmente humanos.

[Adaptación del capítulo II de mi inédito “Viaje al centro del laberinto”]

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