Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Mito-cuento sobre la caja de Pandora, el origen de todos los males


Quien haya leído el Mito-cuento dedicado a “Prometeo, benefactor de los hombres” recordará que Zeus, disgustado por la entrega que hace Prometeo del fuego divino al hombre, de la posibilidad que le ofrece de llegar a ser un dios, elabora un plan para hacer de éste una simple sombra de lo que podría llegar a ser.  La concreción de ese plan es sobre lo que trata el mito-cuento de hoy: Pandora.

Pandora es la primera mujer, creada por Hefesto y Atenea siguiendo los dictados de Zeus.  Dotada de todos los dones exteriores -belleza, gracia, persuasión y simpatía- oculta en su interior la mentira, la curiosidad y la falacia.  Es el regalo envenenado que destina el padre de los dioses al castigo de la raza humana.

¿Quién mejor para recibir ese regalo maldito que quien fue la causa del robo de Prometeo?  Sí, Epimeteo (ese hermano poco espabilado de Prometeo) fue el destinatario de tan hermoso presente y, embelesado ante lo que veía, olvidó las recomendaciones de no aceptar regalo alguno de Zeus que le había hecho su hermano, que tenía claro que el padre de los dioses intentaría jugársela a los mortales, sus protegidos.  Así, no sólo aceptó a Pandora sino que se casó con ella, hipnotizado por la aparente perfección de su naturaleza humana.

Pero, como ya hemos dicho, la perfección de Pandora era sólo un espejismo…  Su interior era pérfido, voluble…  Así que, cuando estando entre los hombres descubrió la caja en la que reposaba el ánfora  que contenía en su interior todos los dones que los dioses habían regalado a los hombres, así como los bienes que habían logrado hacer suyos los hombres gracias al fuego robado por Prometeo, Pandora abrió la tapa que los mantenía encerrados para contemplarlos con curiosidad, contraviniendo la prohibición existente de tocar ese recipiente sagrado…  Y permitiendo que escaparan volando hacia el lugar del que habían partido -el Olimpo-, desterrando del mundo de los hombres cuanto había de bueno y de divino.  Dándose cuenta de lo que estaba sucediendo, trató torpemente de cerrar la caja…  Pero ya era tarde: todos los bienes se habían esfumado menos uno, la esperanza.

De este modo el mundo, que estaba repleto de bondad y belleza se transformó -a causa de una curiosidad incontrolada que llevó a contravenir una prohibición nacida para protegernos- en un campo de batalla, en lugar de encuentros y desencuentros, de éxitos y fracasos, de esfuerzos inútiles y dolorosos sacrificios…  No es que entrara el mal en el mundo, es que se marchó el bien…  Lo cual coincide con la afirmación escolástica de que el mal no tiene entidad en sí mismo sino que es mera ausencia de bien.

Pero descendamos a lo práctico: una vez en esta situación, ¿cuál es el medio que nos queda para alcanzar una vida lograda y no enloquecer en medio de las dificultades?  El único bien que nos queda es la esperanza, y sólo tirando de ella lograremos atraer a nuestra vida el resto de dones y virtudes que poseímos en la Edad de Oro, cuando todavía brillaba nuestra naturaleza de origen divino.  La esperanza -el convencimiento de que el universo conspira para llevarnos hacia un final feliz- es el punto de partida de una vida alegre, confiada y con sentido.

En momentos como el actual en el que el sufrimiento está a la orden del día es bueno detenerse a plantearnos qué bienes hemos dejado escapar de nuestras vidas para, a través de la esperanza en un futuro mejor, en la Providencia y en nuestra capacidad como seres humanos, tratar de tirar de la cuerda invisible que une a todos los bienes y valores para atraerlos de nuevo a nuestras familias, a nuestras sociedades, a nuestras vidas.  Sólo así lograremos un cambio duradero más allá de los parches que parecen proponernos los voceros del sistema.

Abrimos en su momento la caja de Pandora y dejamos escapar todos los bienes que contenía…  Ahora tenemos la responsabilidad de recuperarlos y cedérselos a nuestros hijos como el más valioso de los tesoros.  Aunque supone un esfuerzo heroico, es nuestro deber y el mejor regalo que podemos hacerles…  Porque sin ellos no hay futuro posible, sin ellos deviene el caos y la destrucción…  El fin de nuestro mundo.

Pongámonos a la altura que exigen los tiempos y tengamos confianza en que nuestros esfuerzos nos conducirán a ese mundo mejor que ya comienza a vislumbrarse en el horizonte, a un mundo nuevo que comienza en nosotros mismos…  Un mundo que pronto llegará si no perdemos la esperanza.

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Esta entrada fue publicada el 31 de octubre de 2012 por en Mito-Cuentos.
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