El bien se comunica, o sobre el paño de Verónica


 

Se cuenta en la tradición cristiana que Santa Verónica fue la compasiva mujer que, en el largo y doloroso camino del Calvario, sintió compasión de Jesús y le tendió un paño para que pudiera limpiarse su ensangrentado rostro.  Cristo tomó la tela, se limpió y dejo impresa su Santa Faz, su rostro humano, en el pañuelo.

Hasta aquí el resumen de la historia, una historia que me explicaron durante mi infancia y que -durante años- no medité con mayor profundidad: Cristo le había hecho un regalo a Santa Verónica en agradecimiento a su buena acción…  Y ya está.

Pero hace unos días, al meditando sobre esta historia para explicársela a mis hijos, percibí matices e intuiciones que nunca me había planteado y que por lo mucho que me han servido he pensado en comunicar a través de este blog.

Las historias sagradas de las distintas tradiciones, como las antiguas mitologías, contienen un profundo simbolismo en cada uno de sus hechos, de las situaciones que nos son narradas.  Todos los sucesos que nos son transmitidos tratan de decirnos algo sobre nosotros mismos, sobre Dios y sobre el mundo. Y, a menudo, tomamos esas historias como mera literatura histórica…  Perdiéndonos lo que tienen de más importante y enriquecedor para nuestras vidas.

Si te acercas a la historia del paño de Santa Verónica desde esta perspectiva, podrás descubrir nuevas luces que es posible que hasta ahora te hubieran pasado inadvertidas.  Hagamos juntos este ejercicio:
El escenario es el camino del Calvario, una atestada calle en la que hay un hombre que sufre (Cristo) y cientos de personas que contemplan ese sufrimiento con indiferencia, o con el malsano gusto del que tranquiliza su conciencia con el “algo habrá hecho para estar en esa situación”, o directamente participando del dolor ajeno por acción u omisión.

En medio de todos esos espectadores, una mujer es conmovida por ese horrendo espectáculo que es el dolor ajeno para una alma sensible.  Y se plantea cómo puede ayudar.  Es una mujer mayor y humilde, carente de la fuerza física o de la influencia política necesaria para descargar a Jesús del peso de la cruz que debe arrastrar hasta su destino final.  Siente la impotencia del que no puede hacer nada, y sufre por ello.  En ese momento, recuerda que tiene un hermoso paño de hilo que le regalaron hace tiempo…  Y que cuida con esmero porque es de gran calidad.  Tiene un momento de duda: ¿es más importante el cuidado del pañuelo, o emplearlo para que ese hombre que sufre pueda enjugarse el sudor y limpiarse la sangre que le cae por el rostro impidiéndole ver con claridad las calles por las que debe transitar hacia su muerte?  “Antes las personas que las cosas”, resuena en su mente, el eco de una enseñanza de su infancia, una de las principales verdades, virtudes y secretos de felicidad que pudieron transmitirle sus padres y maestros.  Y se decide.

Se acerca al condenado y le tiende el paño para que pueda limpiarse.  Siente el estupor, la sorpresa y -en algunos casos- el desprecio de muchos de los que la rodean. “¿Cómo vas a estropear un paño tan hermoso en una acción como ésta?”, le pregunta un hombre, a su lado. Con sus preguntas, las personas se retratan, nos permiten descubrir lo que oculta su interior.  Verónica le mira a los ojos y le dice con cariño: “antes las personas que las cosas”.  Y, sin sentir vergüenza alguna por la incomprensión de quienes le rodean, se vuelve de nuevo a Jesús, se acerca más a Él y le ofrece de nuevo el paño.

Jesús no mira el blanco lienzo, la mira a ella, y leyendo en su interior comprende que el auténtico regalo es el corazón de Verónica, el gesto de entrega, su afán de colaboración del que el pañuelo no es más que un símbolo.  Y, pese al cansancio y al dolor, sonríe a su benefactora, toma de sus manos la tela y se limpia el rostro…  Arrastrando en ese gesto el sudor, la sangre, y la sensación de impotencia de la Santa.  Ayudando nos damos cuenta de lo mucho que está en nuestras manos, del inmenso poder de nuestras acciones.

Pero no es esa la única enseñanza que se llevará Verónica de ese encuentro.  Cristo le devuelve el paño y, milagrosamente, su rostro, la Santa Faz, ha quedado impresa en la tela.  Los milagros no son caprichos de Dios, forman parte de un lenguaje simbólico con el que lo Divino se manifiesta al hombre. Y, ¿qué puede tratar de decirnos Jesús con ese obsequio?  Tal vez trate de dejar constancia de que, cuando ayudamos a alguien, parte de ese alguien se queda con nosotros en forma de agradecimiento, de gratitud.  Porque decían los clásicos que en, el arte de beneficiar a otro, uno debe olvidar inmediatamente el regalo que ha hecho… Pero el otro no debe olvidar jamás el regalo que ha recibido, guardando así una eterna deuda de gratitud con el que le ha beneficiado.

Pero aún hay más: al hacer un buen acto, al ayudar al que sufre, somos transformados y enriquecidos por nuestra acción y por el contacto con el otro.  Nuestra buena acción mejora la vida del otro… Y nuestra propia vida interior.  Parte del otro, su mejor rostro, queda impreso en nuestra alma…  Como quedó impresa la Santa Faz en el paño de Verónica.

Y esa impresión no es una mera imagen, contiene parte del alma del que en ella se manifiesta y, por ese motivo, tiene las milagrosas cualidades curativas que se le atribuyen.  Parte de Cristo -el hijo de Dios que curaba a los enfermos y daba paz a las almas torturadas- quedó en ese paño y en el corazón de Santa Verónica…  Y desde ellos siguió cumpliendo su misión.

Una misión en la que todos podemos participar, aprendiendo de esta historia que el bien se comunica, que se recibe al dar, que la bondad se desborda al compartir, que el amor acaba mostrando el mejor rostro de uno y que -como aconsejaba San Francisco- si pones amor donde no hay amor, acabarás recogiendo amor.

Aprendamos de Santa Verónica, sigamos su ejemplo, conmovámonos ante el sufrimiento ajeno, venzamos las vergüenzas, impotencias e incomodidades y pongamos nuestro grano de arena para mejorar la vida de quienes sufren a nuestro alrededor.  Lo que para nosotros puede ser un pequeño gesto, puede suponer un gran cambio para el que lo pasa mal…  Puede cambiar su vida, hacer que muestre su mejor rostro y, con ese cambio, mejorar la vida de muchos otros.  Un gran fuego puede comenzar con una chispa.  Seamos la chispa que traiga fuego al mundo, el fuego del amor que arrase y purifique nuestro egoísmo trayendo luz y calor a quienes más lo necesitan.

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3 comentarios en “El bien se comunica, o sobre el paño de Verónica

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