1ª cuestión de fondo sobre el “matrimonio homosexual”: la sexualidad humana


Uno de los primeros condicionantes, de los orígenes de nuestra posición frente al “matrimonio homosexual”, se encuentra en cómo entendemos y qué función otorgamos a la sexualidad, a la humana vivencia del sexo.

Cuando se habla de sexualidad, una serie de poderosas energías inconscientes se ponen en movimiento…  De hecho, es la potente fuerza de Eros la que históricamente ha llevado a los grandes poderes políticos, religiosos y hoy también económicos a procurar la estricta regulación de nuestro modo de entender y vivir la sexualidad.  Es fácil dominar a las personas a través del sexo, sea en uno u otro sentido.  Así que, si nos preocupa nuestra libertad, más nos vale que dediquemos un tiempo a reflexionar al respecto.

Como dejó escrito F.J.Sheed: “el típico hombre moderno no reflexiona nunca sobre el sexo.  Sueña con él, naturalmente, de día y de noche.  Suspira por él, se lo imagina; el sexo lo estimula o lo deprime, le embelesa.  Pero este furor, esta tumultuosa actividad no es pensar.  Pensar es usar la inteligencia en conformidad con la realidad de las cosas; pensar en el sexo significa esforzarse en ver el sexo en su más íntima realidad, y en la función a la que está destinado”.  Pues eso, pensemos el sexo, reflexionemos sobre la sexualidad porque es una de las cuestiones de fondo que subyacen tras los distintos puntos de vista existentes en torno al “matrimonio homosexual” y porque, parafraseando a Juan Antonio Marina, “la sexualidad no sólo rompe cabezas, sino que rompe corazones”.

El lector atento habrá observado que he realizado una primera diferenciación entre sexo y sexualidad.  Cuando hablo de sexo hago referencia a la realidad biológica, a la diferenciación cromosómica y genital-gonadal, a la actividad sexual en su nivel meramente físico.  La segunda, en cambio, es el nombre que doy al universo simbólico, emocional e incluso espiritual que se construye sobre esa realidad biológica y que la dota de distintos niveles de experiencia y de sentido.

En el plano biológico hay poca discusión: es una cuestión descriptiva y constatable.  La discusión siempre se sitúa en el plano valorativo, que suele ser también el cualitativo, el de más importancia para una existencia realmente humana, trascendente, de la persona.  Así que nuestras reflexiones girarán en torno a la sexualidad, mucho más que en torno al sexo.

Y, a efectos de articular nuestra exposición, clasificaremos en cuatro modalidades las distintas maneras de entender y vivir la sexualidad:

1. La sexualidad lúdica, o la satisfacción de una necesidad biológica

2. La sexualidad relacional, o la satisfacción afectivo-emocional

3. La sexualidad procreativa, medio de perpetuación de la especie

4. La sexualidad trascendente, vía de desarrollo personal y espiritual

Sé que toda clasificación encierra en su mismo planteamiento una caricaturización, una injusta simplificación que facilita la diferenciación.  Por ese motivo quiero dejar claro que cada una de estas modalidades no es más que un dibujo de trazo grueso, un boceto que tiene por objetivo hacernos percibir la forma y los contornos de un determinado y arquetípico modo de entender una compleja pero esencial realidad como es la vivencia de la propia sexualidad.  Tómese, pues, en este sentido y en ningún otro…

Porque en la vida real es difícil encontrar al partidario de una de estas modalidades en exclusiva…  Más bien nos movemos todos en un ámbito de frontera entre estas visiones, donde tomamos parte de una y parte de la otra…  Cobrando especial importancia la jerarquía que otorgamos a cada una de estas visiones, convertidas –por esta vía- en funciones jerárquicamente subordinadas o yuxtapuestas.

1. LA SEXUALIDAD INSTINTIVA Y LÚDICA, NECESIDAD BIOLÓGICA:

Una primera aproximación a la cuestión es la de aquellos que consideran que la sexualidad no consiste más que en la satisfacción de una necesidad biológica de sexo.  Satisfacción que, debido al goce que provoca, toma gran importancia en la vida de muchas personas, sean hetero u homosexuales.

Para los partidarios de esta posición, hay poca diferencia ontológica entre degustar un excelente vino y tener una maratoniana noche de sexo salvaje…  Satisfacen una necesidad biológica del modo más agradable posible, obteniendo el máximo goce de esa satisfacción.  Para quien así piensa, tanto da que uno tenga relaciones heterosexuales, homosexuales, zoofílicas u onanistas…  El cuerpo necesita sexo y, puestos a cubrir su necesidad,  yo busco el modo que más me satisface de cumplir con ella.

Nos encontramos ante la vertiente lúdica del sexo, una opción que –sin embargo- se mantiene en el nivel del instinto, de la disposición psicofísica innata, heredada, que incita al sujeto a actuar de una determinada manera frente a un estímulo u objeto.

Que tengamos un instinto sexual –como el resto de los animales- pone de manifiesto que hay una necesidad natural que satisfacer, lo cual explica que ante la falta de satisfacción del cuerpo el psiquismo busque automáticamente sus compensaciones dominando y sometiendo existencias ajenas.  Pero no hay que olvidar que el ser humano tiene una inteligencia y una voluntad que lo dota de libertad y de la capacidad de dirigir y controlar sus impulsos instintivos.  Controlar, que no reprimir.  No estamos sometidos al imperio de los sentidos, a la necesidad de sexo…  En mi opinión, la sexualidad es una experiencia que trasciende la corporeidad, va más allá de lo físico, del cuerpo, tiene una mayor profundidad porque afecta a la persona en su totalidad.  La sexualidad, tal y como yo la entiendo, es mucho más elevada que la mera genitalidad.

Quienes se quedan en este primer nivel de la experiencia sexual sólo aplican su inteligencia y voluntad para buscar el modo en que atender o desatender a su instinto sexual, a su genitalidad, manteniéndose en un nivel sensorial de experiencia.

Tal vez sea por este motivo que tienden a interpretar que el mejor amante es el amante múltiple, quien más aventuras tiene en su haber.  Sin embargo, hay que hacer notar que estamos ante una valoración cuantitativa, porque la experiencia del Don Juan no es más profunda que la del hombre fiel, sino que se trata de una experiencia superficial aunque repetida en el nivel más básico de la misma, el genital.

Pero la cosa aún se pone peor -para quienes sólo entienden la sexualidad en este sentido- si a la subordinación metafísica de lo cuantitativo a lo cualitativo añadimos la “ley de las repeticiones menguantes” que rige los placeres físicos.  Ésta afirma que el cuerpo ansía sensaciones placenteras, pero que con el tiempo se acostumbra a ellas, dejando de reaccionar ante el estímulo y ansiando sensaciones más intensas.  Así que, si nos quedamos con el sexo en su nivel más burdo, no tardaremos en tener un problema, pues la naturaleza misma del acto no admite gran aumento de la dosis…  Así que, al final, acaba uno abocado a mantener el ansia de sexo…  Pero a obtener una satisfacción prácticamente nula de la misma…  ¿Te imaginas?  El que parece que tiene más apego al sexo más primario, más instintivo, es el que acaba sin poder disfrutar de él.

Como no me gusta esta alternativa, te propongo pasar al siguiente nivel…

2. LA SEXUALIDAD RELACIONAL, SATISFACCIÓN AFECTIVO-EMOCIONAL

Como iremos viendo, he estructurado esta clasificación de los distintos modos de entender la sexualidad en cuatro niveles ascendentes, de modo que cada escalón incluye en gran medida a los anteriores.  Así que cuando hablemos ahora de la importancia relacional de la sexualidad, de su función de satisfacción afectivo-emocional, no significa que los partidarios de esta interpretación renuncien a la vertiente lúdica del sexo, a su carácter biológico, genital o instintivo.  Simplemente, lo integran en su visión relacionándolo –normalmente por subordinación- con las necesidades afectivas y emocionales propias de los seres humanos.

Porque la sexualidad, nos guste o no, une algo más que los cuerpos.  Recuerdo una burda expresión que escuché hace tiempo y que, pese a lo malsonante de la misma, me pareció una verdad incontestable: “si no follas habitualmente con la persona a la que quieres, acabas queriendo a la persona con la que follas habitualmente”.  Porque la sexualidad, en condiciones normales, es un encuentro con el otro: “puedes meterte en la cama con un cuerpo, pero acabas encontrándote con una persona” (Marina)…  Salvo que lo tomemos como mero instrumento para nuestro placer…  Con lo que volveríamos al estadio anterior, al lúdico más elemental.

Así, el rasgo característico de este segundo estadio es que uno se libera de su ego, no busca sólo su propia satisfacción, ni la encuentra sólo en su cuerpo, sino que se encuentra con otra persona que le hace salir de sí mismo, a la que valora en su peculiaridad.  Hemos saltado de lo físico a lo emocional, del orgasmo al enamoramiento… O al amor…  Como decían los clásicos, a la experiencia de un alma dividida en dos cuerpos que –finalmente- se reencuentra a sí misma y tiende a la unidad…  A una unión que va más allá de lo físico, aunque habitualmente lo incluye.

En este segundo nivel tomamos conciencia de que el ser humano no está dotado sólo de cuerpo, sino también de emociones…  Y éstas pasan a formar parte de su vivencia de la sexualidad: el abrazo al cuerpo del otro pasa a incluir el abrazo de su persona, de sus peculiaridades y características propias, de su modo de ser, de aquello que le hace ser quien es.  El goce trasciende lo corporal para penetrar en el ámbito de lo psicofísico, de lo emocional… Que, de nuevo, tiende a manifestarse a través del cuerpo.

Este segundo estadio también es común a las parejas homosexuales y heterosexuales, ambas pueden acceder y disfrutar de él, por lo que tampoco justificará una posición de valoración negativa del “matrimonio homosexual” o de la propia homosexualidad.

 

3. LA SEXUALIDAD PROCREATIVA, MEDIO DE PERPETUACIÓN DE LA ESPECIE

En este tercer modo de entender la sexualidad sí que surge una brecha insalvable entre la heterosexualidad y la homosexualidad porque centra su valoración en la capacidad que tiene el sexo de engendrar una nueva vida…  Y eso, creo que no será necesario explicarlo, sólo sucede cuando lo masculino fecunda a lo femenino.

Este tercer nivel interpretativo de la sexualidad es el predominante en la inmensa mayoría de personas que se oponen a la idea del “matrimonio homosexual”.  Aunque sea políticamente incorrecto afirmarlo públicamente, y en muchos casos pueda ser incluso inconsciente, no sólo se oponen al “matrimonio homosexual” sino que, por concebir que la principal función de la sexualidad es la procreativa (a la que, en el mejor de los casos, subordinan la lúdica y la relacional), encuentran que la homosexualidad es una práctica contra-natura porque es incapaz de producir por sí misma una nueva vida.  Pero de este tema (la valoración de la homosexualidad) ya trataremos mañana.

Muchas personas de firmes creencias religiosas están convencidas de que la procreación es pro-creación, esto es, creación delegada, el mayor acto glorioso del que es capaz el ser humano, cuando no el cumplimiento del deber bíblico de “creced y multiplicaos”.

Yo fui educado en esta línea de pensamiento, y se me enseñó que el placer era un medio puesto por Dios para que el ser humano tuviera facilidad para seguir su instinto de perpetuación de la especie…  Y que ese goce sólo era legítimo en ese marco, en el de la reproducción.

Pese a que el Consejo Pontificio para la Familia afirmó que “la sexualidad tiene como fin intrínseco el amor; precisamente el amor como donación y acogida, como dar y recibir”, hay todavía cierto catolicismo que SÓLO valora la función procreativa de la sexualidad, menospreciando su función lúdica y relacional, basándose en una interpretación literal de algunos textos de Pablo VI.

Soy una persona religiosa, crítica pero religiosa, humanista pero religiosa, espiritual y religiosa…  Y por ese motivo me preocupa que se utilice el barniz de la religión para menesteres que no le corresponden.  Hasta este momento he tratado de ser meramente descriptivo, a partir de ahora -creo que ya se ha notado- paso a ser valorativo.

Personalmente, doy gran importancia a la función reproductiva de la sexualidad (tengo cuatro hijos, así que mi vida da fe de mi argumento) pero en ningún caso puedo concebir una visión de la sexualidad en la que ésta sea entendida, exclusivamente, como un instrumento procreativo.  De hecho, ni los mismos partidarios de esta postura resultan coherentes con la misma, lo cual demuestra la debilidad interna de sus planteamientos.

Me explico: si la única función de la sexualidad fuera la reproducción, su valoración ética o moral dependería en todo caso de que la intención de la pareja fuera procrear y actuara en consecuencia.  Dicho en romano paladín: “se folla para tener niños”.  Si esto fuera así, cuando una pareja considerara que la paternidad responsable exige no tener más hijos…  Deberían dejar de tener relaciones sexuales.  Si la única función del sexo fuera la reproductiva, no tendrían cabida los medios naturales de control de la natalidad que se proponen desde el ambiente del pensamiento pro-vida y desde las propias instituciones eclesiásticas.  Así que, digan lo que digan los más rancios de entre los rancios, y los más progres de entre los progres, la postura de que la sexualidad SÓLO tiene como finalidad la reproducción no es la propia ni de la Iglesia Católica ni de la mayoría de Tradiciones Religiosas.

Además, qué coño, sería insostenible para el común de los mortales… Y no hay Dios que pida imposibles al ser humano para asegurar su condenación e infelicidad eternas, aquí y en el otro mundo.

4. LA SEXUALIDAD TRASCENDENTE, VIA DE DESARROLLO PERSONAL Y ESPIRITUAL

Por fin hemos llegado a la cima de la pirámide, a la que –en mi opinión- es la más completa y profunda de las visiones de la sexualidad, la que yo defiendo y propongo a quien me pregunta.

Creo que la sexualidad es un instinto natural, que su satisfacción debe ser divertida y gozosa, lúdica…  Que para serlo en profundidad debe ser amorosa, relacional, si no poco placer da… Que es mágica cuando se comparte con tu alma gemela y está abierta a la vida, cuando se contempla su función procreativa…  Pero que eso no es todo, que el sexo tiene un valor simbólico que puede y debe llevarnos mucho más allá del mero plano físico, relacional o procreativo.

Tenemos un instinto sexual, una tendencia que nos lleva a unirnos al otro y a buscar un goce en esa unión.  Esa pulsión es una llamada de atención a nuestra naturaleza incompleta, un recordatorio de que sólo encontramos nuestra plenitud más allá de nosotros mismos, cuando dos devienen uno, cuando la diversidad se hace unidad, cuando los dos polos de la realidad (representados por lo masculino y lo femenino) se funden, se integran en una unidad superior a sus diferenciaciones.  A través de la sexualidad, el cuerpo humano se hace partícipe del amor espiritual, un amor que se comunica y se manifiesta de distintas formas con un elemento común: la unidad en la diversidad mediante la entrega del propio ser y la aceptación del der del otro, de ese otro en el que buscamos  la complementariedad y la totalidad que nos trasciende.

La sexualidad es entrega, donación de uno mismo.  Pero uno no puede regalar aquello que no posee, por lo que el buen sexo no puede ser mera satisfacción instintiva, debe ser encuentro consciente y voluntario en el que uno se ofrece enteramente al ser amado, en cuerpo y alma.  Pero, lo repito, no puede entregarse aquello de lo que se carece…  Así que lo primero es la posesión de uno mismo, el autodominio, el señorío sobre la propia persona, y sobre el propio cuerpo.

La sexualidad es entrega, entrega recíproca, en la que te das y en la que recibes, en la que descubres el gozo de ofrecerte y de ser obsequiado, en la que desaparece el yo, y el tú, tomando consciencia del nosotros…  Místico placer de morir al propio ego (¿qué es el orgasmo sino una pequeña muerte a uno mismo que da vida?) para descubrirte en el otro, en los ojos del ser amado.  A través de sus ojos eres capaz de ver el infinito, y de penetrar en lo más profundo de ti mismo. La experiencia sexual como simbólica vía de conocimiento…

La sexualidad es amor corporeizado en el que el goce espiritual también se hace físico, en el que la fecunda relación entre el dar y el recibir se manifiesta en una nueva vida, en el que lo metafísico se materializa, en el que la alquimia sexual es capaz de elevarnos al mundo de lo invisible -de lo divino que está en todos y lo trasciende todo- a través de los sentidos, de nuestra bestialidad primigenia.

Esa poderosa energía que es la libido, la pulsión sexual, puede elevarnos a la más sublime de las experiencias, a lo más alto de nuestra naturaleza, o hacernos descender a los infiernos de la peor imagen de nosotros mismos… Todo depende de si es entrega o posesión, de si es encuentro o egoísmo, de si nos lleva a una experiencia de ser… O de tener.

Así, la relación sexual puede ser la más sublime de las experiencias (gozosa relación de unión capaz de pro-crear) pero también puede convertirse en la más degradante cuando el otro es utilizado como mero instrumento, ya sea de reproducción, de placer o de satisfacción de las propias necesidades emotivas o sociales.

Así como sea uno, así será su sexualidad…  Por eso hay que trabajar sobre la propia persona…  Ese es el principal secreto para acceder a esa vertiente trascendente del sexo tan propia de oriente.

El tantrismo toma conciencia de las posibilidades que ofrece la sexualidad como vehículo de experiencia espiritual, convirtiendo el éxtasis en conciencia de unidad de toda la creación y en ofrenda de uno mismo al otro y, a través de él, al Todo.

La sexualidad es una metáfora de la unión con lo divino a través del otro que, en mi opinión,  sólo cobra su pleno significado en el encuentro heterosexual, cuando se da entre hombre y mujer, entre lo masculino y lo femenino, entre los dos polos opuestos de la creación que –en la unión sexual- muestran el auténtico rostro de lo divino… Y su fecundo poder dador de vida, simbolizado en la función procreadora de la sexualidad…  Momento en el que la semejanza de la criatura con su Dios alcanza su punto álgido.

Esta es mi visión ideal de la sexualidad, la que me parece más plena, natural y razonable… La que intento vivir.  Porque si privas a la sexualidad del placer, de la diversión, del amor, de la capacidad reproductiva o de su vertiente simbólica y trascendente, de ser una vía espiritual y de autoconocimiento, la estás menguando, le estás negando su pleno desarrollo. Estás en tu derecho de hacerlo, faltaría más, pero te estás perdiendo algo fantástico que está ahí -a tu alcance- a través de ese divino regalo que es una sexualidad consciente.

 

CONCLUSIÓN

Nuestra concepción de la sexualidad tendrá una gran influencia en nuestra valoración de la homosexualidad (de la que hablaremos mañana) y, sin duda, también ésta tendrá mucho que ver con nuestra interpretación del matrimonio y del “matrimonio homosexual”.

Creo que he puesto mis cartas sobre la mesa y que he ofrecido suficientes elementos de juicio como para que cada uno pueda realizar sus propias reflexiones en torno a su modo de entender y vivir el sexo.

En mi opinión, y centrándonos en el tema de hoy, es importante reflexionar en torno a la sexualidad porque es un elemento común a todos nosotros que –según el modo que tengamos de vivirlo- puede ayudarnos a conocernos mejor, a desarrollarnos, a ser más felices y a descubrir nuevos mundos (también a través de la meditación o yoga sexual del que hablaremos en otra ocasión) o, por el contrario, puede convertirse en una pesada losa que no nos permita elevarnos un palmo del suelo y que condicione nuestro pensamiento –o nuestra falta de él- y nuestra vida sin que nos demos cuenta…

Y la conciencia es algo esencial para ser humanos, también la conciencia de nuestra propia sexualidad… Fuerza poderosa donde las haya…  Aprovechémosla bien, aprovechémosla para el Bien.

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