El apego psicótico a Dios


Creo que jamás he ocultado que soy una persona de profundas inquietudes espirituales, que tengo una fértil vida interior y que he encontrado en las religiones y tradiciones espirituales importantes vías de desarrollo de la personalidad y de toma de conciencia que favorecen una mayor experiencia vital y un más fácil acceso a la paz y la felicidad que se derivan de la trascendencia.

Pero lo cierto es que me cuesta sentirme identificado con otras muchas personas que se denominan a sí mismas espirituales o religiosas…  Y hasta ahora no acababa de entender el porqué, no había dedicado un minuto a reflexionar en torno a ello.  Sin embargo hoy, al realizar mi rato de oración matutina, he caído en la cuenta gracias a un texto de Anthony de Mello en el que este controvertido autor hace referencia a los apegos y propone la renuncia a todos ellos si queremos encontrar ese estado de paz, serenidad y amor tan ansiado por todos.

Entre los apegos a los que aconseja renunciar se encuentra, para mi inicial sorpresa,  el apego a Dios. ¿Chocante para el creyente, no?  Pues no.  Si lo piensas por un instante, más allá del shock estético que produce la propuesta, resulta tremendamente coherente: los apegos son tendencias asesinas de nuestra libertad porque suponen un modo limitado de existencia en el que haces depender tu felicidad de algo o alguien que consideras ajeno a ti, de quien pasas a tener una dependencia.

Y Dios –y la religión- conllevan (o, mejor, deberían conllevar) conciencia de unidad, experiencia de interdependencia y vivencia de una profunda libertad.  Por tanto, si tu espiritualidad te esclaviza, te aísla o te entristece… Tu idea de dios no tiene nada que ver con lo que Dios realmente es, y tu relación con Él, o Ella, o como quieras llamarle (no hay palabra ni concepto adecuado para definirlo) deja mucho que desear porque no es fruto del amor o del reconocimiento sino del apego o de la psicótica necesidad.  A veces –dicen los místicos- para encontrar a Dios es preciso desprenderse de dios, de la limitada visión que tenemos de Él.

Además, es importante tomar conciencia de que nuestros apegos condicionan también nuestro modo de estar en el mundo, de interpretarlo y de valorarlo.  Nos llevan a mirar a las personas y a los acontecimientos en función de si se adecuan a nuestros intereses o necesidades, de si facilitan o dificultan el logro de nuestros objetivos…

Para descubrir al mundo y al prójimo tal y como son es necesario un corazón amoroso, desapegado, capaz de atender a la totalidad de la realidad y no sólo a la ínfima parte de la misma que cuadra con nuestros intereses.  En la medida de nuestro corazón y de nuestra alma, en su grandeza o estrechez, en su capacidad para abarcar más o menos, para tomar y para desprenderse, para gozar sin apegarse, tendremos una valiosa indicación sobre si realmente somos personas religiosas…  O meros esclavos de una creencia.  Si logras mirar a Dios a los ojos, te liberarás de todas tus cadenas…  Porque la Verdad os hará libres.

 

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