Sigue TU camino


Sigue tu camino

En el tiempo que dedico cada día a la meditación y a la oración, suelo disfrutar unos minutos de algunas lecturas espirituales e inspiradoras: textos sagrados de distintas tradiciones, escritores místicos y filósofos clásicos.

Sin embargo, pese a mi interés por la espiritualidad y el diálogo interreligioso, he seguido la recomendación de S.S el Dalai Lama de aprovechar lo que las distintas tradiciones espirituales me pueden aportar pero sin mezclarlas ni abandonar jamás la religión en la que he sido educado y que, por ello, ha formado mi estructura mental y simbólica.  Por este motivo, uno de los textos sagrados que me acompaña en mi meditación diaria es la Sagrada Biblia…  Que no deja de sorprenderme y de ayudarme en mi día a día, y no sólo en mis visitas a la Iglesia.

Leo en Génesis 12:

“Dijo Yavé a Abram: «salte de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré; yo te haré un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, que será una bendición.  Y bendeciré a los que te bendigan.  Y maldeciré a los que te maldigan. (…)  [Una vez llegó Abram a su destino] Alzó allí un altar a Yavé, invocando su nombre de Yavé”.

Los textos –y no sólo los sagrados- tienen distintos niveles de lectura: podríamos quedarnos con su tenor literal,  histórico, estilístico, moral, alegórico, anagógico o místico…  Yo no se tú, pero yo leo para aprender, para mejorar mi vida y la de quienes me rodean…  Así que ante cualquier texto, trato de vaciar mi mente y abrirme al espíritu vivo que transmite y no a la letra muerta que lo contiene.  La pregunta que me hago es: ¿qué trata de decirme a mí, hoy, este escrito? ¿Qué enseñanza puedo obtener de él? ¿Qué hay de prototípico en lo que me está explicando?  Y las respuestas suelen ser sorprendentes, inquietantes, transformadoras.

Hoy, sin ir más lejos, me he dado cuenta de que ese texto del Génesis, las palabras de Yavé a Abram, también a mí me han sido en ocasiones susurradas al oído.  Es más, alguna vez he escrito en este blog sobre su idea de fondo: Dios –el Creador, el Tao, el Gran Arquitecto o como te apetezca llamarle (soy poco escrupuloso con los nombres)-nos trae a la existencia para que cumplamos una misión, nos llama a una misión que es sólo nuestra.  Alexandre Safrán –ilustre cabalista- cita a los maestros del jasidismo para recordarnos que “cada hombre ha sido creado para reparar una cosa de este mundo.  El mundo, pues, necesita de él…  Tanto como él del mundo”.

«Salte de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré», hay señales, pues, que nos muestran el camino: nuestras habilidades, nuestras tendencias, nuestros intereses naturales, aquello cuya práctica nos hace sentir “realizados”.  Y ese camino -nos advierte el texto- nos alejará en muchos casos de la tierra en la que hemos nacido, de nuestros padres y familias, de sus deseos y expectativas.  Porque, como recuerda la Bhagavad-Gîtâ, “aunque imperfecto, es mejor el Deber propio que el Deber ajeno perfectamente realizado”.  O, como dice el siempre sabio refranero popular: “zapatero, a tus zapatos”.

Continuemos con el texto: «Yo te haré un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, que será una bendición».  De seguir nuestra vocación depende, pues, que alcancemos nuestra felicidad, que demos al mundo un servicio que será una bendición para él y que –en consecuencia- nuestras acciones nos reporten la necesaria fortuna y el merecido reconocimiento de nuestro nombre.

Pero para ello, nos recuerda el autor del Génesis, es necesario actuar como Abram y, una vez llegados al destino, una vez descubierta nuestra misión y puestos en camino, debemos sacralizar esa magna obra buscando a Dios, la trascendencia, en medio de nuestra acción, en nuestra circunstancia concreta: “Alzó allí un altar a Yavé, invocando su nombre de Yavé”…  Si lo hacemos así, desarrollaremos todo nuestro potencial, alcanzaremos la felicidad al ocupar el lugar para el que hemos sido traídos a la existencia, seremos de ayuda a nuestros semejantes y penetraremos en el misterio porque Dios se nos mostrará –en nuestro contexto- con el rostro que Él ha escogido mostrarnos para transformarnos en sus recipientes y transmisores.  Pues eso somos o debemos ser en el fondo: los instrumentos del misterio, las manos de Dios.

Vaciémonos de nosotros mismos, hagámosle sitio en nuestro interior y dejémonos guiar hacia esa Ítaca que Él ha preparado para nosotros, la isla afortunada, el paraíso perdido…  Que también nosotros debemos ayudar a construir.

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