Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Simbolismo metafísico en torno a la Nochebuena, el pesebre y el portal de Belén


nacimientodejesus

 

Hoy, 24 de diciembre, quiero escribir sobre la celebración de la Nochebuena, del nacimiento de Jesús, el alumbramiento del niño-Dios en un rincón olvidado –un establo- de un pequeño pueblo sin pena ni gloria: Belén.

Más allá de los encuentros familiares, las cenas y los regalos, quisiera centrar tu atención -durante unos minutos- en el simbolismo propio de este acontecimiento narrado en el evangelio de Lucas.  Más allá de los hechos históricamente demostrables o discutibles, me preocupa qué nos aporta ese nacimiento a cada uno de nosotros, a ti y a mí, qué trata de decirnos, mostrarnos o enseñarnos.

De los escritos de Lucas se entiende que Cristo debió nacer de noche, puesto que los ángeles de Dios anunciaron la Buena Nueva “a los pastores que estaban pernoctando al raso”.  El nacimiento nocturno tiene su lógica simbólica: la noche, la oscuridad, húmeda, fría y sombría, resulta una buena imagen del estado en que se encuentra el mundo –y la persona- cuando carece de Luz.

Hay que tener en cuenta que es esa misma carencia la que gesta la manifestación de la Vida.  Tras la noche más larga del año (el solsticio de invierno) una estrella anuncia el nacimiento de un nuevo sol, de una fuente de luz y calor –de Conocimiento y Amor- capaz de poner fin a las tinieblas que rodeaban al ser humano…  Por dentro y por fuera.  Es tras el momento más oscuro de la noche que comienza el amanecer…  Pensamiento a recordar especialmente en tiempos de crisis.

Pero esa nueva luz que rasga el velo de la oscuridad no se impone, no aparece con fastos y oropeles…  Nace en un lugar humilde y oculto, en una choza, en una cueva, en un pesebre, en un portal.

La choza simboliza la habitación del nómada, del viajero que está de paso como lo estaban José y María…  Posible recordatorio de que de paso estamos también nosotros en esta vida, pues nuestra patria es el Cielo…  Mejor nos iría si no lo olvidáramos.

La cueva, la matriz de la tierra, el seno del mundo…  Jesús se hace hombre, nace en una gruta –símbolo de nuestro mundo como la caverna platónica- y nos conducirá fuera de él, a esa Vida de la que Él es Camino a través de la Verdad y el Amor.

El pesebre, lugar en el que comen las bestias, parece remitirnos a la idea de que ese niño-Dios envuelto entre pañales va a ser alimento que nos traerá una nueva vida a quienes, en nuestra animalidad, nos acerquemos a él.  Cristo como pan de Vida, alimento del Espíritu, que se aloja en medio de nuestras miserias, de nuestras necesidades, de nuestras oscuridades…  Para aportarnos comprensión y amor, como un nuevo alimento para nuestras almas.

El portal, el pórtico de acceso a otro mundo, a una realidad mucho más profunda y elevada.  Jesús trae –digo y repito- luz y calor, Conocimiento y Amor.  Quien se acerca al portal para abrazarle, es transportado a otra dimensión de la realidad en la que todo cobra un nuevo sentido, más coherente y profundo.  Jesús es la puerta abierta a una nueva Vida, a un camino que conduce a las más altas cimas de nuestra humanidad y divinidad.

Pero, lo repito, esa Luz que nace en la choza-pesebre-portal no se impone a la oscuridad…  Simplemente es anunciada por una estrella a quienes la buscaban (esos reyes magos, astrólogos y sabios procedentes de Oriente), y por unos especiales mensajeros (los ángeles) a aquellos pastores que pernoctaban al raso, que dormían contemplando los cielos (otra vez las estrellas), en medio del flujo de la naturaleza.

Dejo el simbolismo de las estrellas para cuando trate sobre los Reyes Magos, prefiero llamar tu atención ahora sobre otra cuestión: ¿quién avisa del nacimiento de Jesús a los nobles, a los mercaderes, a los sacerdotes, a los políticos, a los soldados…?  Parece que nadie.  Y, ¿por qué? ¿Puede que se deba a que estaban demasiado ocupados en sus quehaceres cotidianos como para atender a otra cosa? ¿Iba cada uno a lo suyo?  ¿Puede entenderse este silencio como un aviso a navegantes de la importancia de dedicar un tiempo a la contemplación, ya sea a través del estudio (como los Reyes Magos) o del sosiego (como los pastores)?

Sigamos adelante: en el pesebre encontramos a José y María junto al niño.  El padre y la madre, la protección y los cuidados, lo masculino y lo femenino, lo activo y lo pasivo, la alegría y el sufrimiento, el temor y la esperanza…  Intenta ponerte en su situación: solos, en una tierra extraña, dando a luz en esas condiciones…  Con una idea en la mente: ¿cómo es posible que el hijo de Dios vaya a nacer aquí, en medio de esta podredumbre? ¿Qué clase de padres somos que no podemos ofrecerle nada mejor? ¿Por qué Dios no hace nada por ayudarnos? ¿Nos habremos engañado respecto a quién es el niño?  La adoración de los pastores y los Reyes Magos les demostrarán que no, que no se engañaban…  Y nos enseñará mucho a todos sobre la relación entre la dignidad y la riqueza.

Pero, según la Tradición (al menos desde el s.XIII) alguien más compartía el pesebre con la Sagrada Familia: un buey y una mula.  Ha habido cierto revuelo este año con este asunto porque el Santo Padre, Benedicto XVI, ha puesto sobre la mesa las dudas existentes sobre la veracidad histórica de este hecho que no aparece en el ya citado evangelio de Lucas.  Y a los periodistas les ha faltado tiempo para repetirlo –y tergiversarlo- a bombo y platillo…  ¡Hay tantas cosas que no pueden demostrarse históricamente!  De hecho, históricamente no tiene más importancia que hubiera animales –o no- en el portal de Belén…  Pero simbólicamente sí, y mucha.  De ahí que San Francisco de Asís –genio donde los haya del lenguaje de los pájaros, o de los símbolos- colocara un buey y una mula junto al niño, dándole calor con su aliento.  ¿Por qué?

Primero, porque lo lógico es que en un pesebre haya animales. En segundo lugar, porque en el libro del profeta Isaías leemos: “El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño: Israel no me conoce, mi pueblo no comprende”.  Y, tercero, por su profunda significación:

El buey, según Devoucoux, es un símbolo de bondad, de calma, de fuerza apacible. Y el pseudo Dionisio Areopagita agrega -como casi siempre- su broche de oro: la figura del buey marca la fuerza y la potencia, el poder de abrir surcos intelectuales para poder recibir las lluvias fecundas del cielo, mientras que los cuernos simbolizan la fuerza conservadora e invencible.  Jesús será el arado que abrirá surcos en nuestras almas para hacerlas realmente fecundas, fuertes, invencibles.

La mula, que comparte simbolismo con el asno, es la representante de la ignorancia. ¿Qué hace, pues, en el portal de Belén?  Se encuentra en el lado opuesto al buey, como signo de lo que ha dado lugar a la venida del hijo de Dios y que, por Él va a ser vencido: la ignorancia, las tendencias más oscuras, instintivas y bestiales del ser humano.  Nadie es arrojado lejos de Jesús, todos pueden acercarse a Él, de todos recibe calor, a todos ofrecerá su Luz y Amor.

He tratado de ponerte en camino para que seas capaz de meditar por ti mismo sobre el simbolismo del portal de Belén.  Es un ejercicio que nos hará bien, créeme.  Porque sea cual sea nuestro estado interior, independientemente de la etapa en que se encuentre nuestra alma, si prestamos atención descubriremos que somos llamados a acercarnos a Belén, a esa choza en la que ha nacido el Hijo de Dios, la Luz del mundo, el Camino a la Felicidad Eterna.

Eso es lo que hoy se celebra, que se acabó la oscuridad en nuestras vidas, que ha nacido un nuevo sol, y que ese niño Dios nos espera, no en Belén, sino en lo más profundo de nuestro corazón.

Disfrutemos y compartamos este descubrimiento.

Feliz Navidad a todos.

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Un comentario el “Simbolismo metafísico en torno a la Nochebuena, el pesebre y el portal de Belén

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