Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Simbolismo metafísico en torno a los Reyes Magos


Murillo - Adoración de los Magos

Se aproxima –veloz para los padres, con terrible lentitud para nuestros hijos- la velada más mágica del año: la noche de Reyes.  Pero sería una pena que redujéramos esa fecha a su vertiente más banal y material: la entrega y recepción de regalos.

Para vivir una celebración como ésta en profundidad es preciso, como siempre, buscar su esencia, su porqué, la enseñanza o gracia que trata de transmitirnos y que se nos hace accesible a través de su simbolismo: una vez más, lo visible se puede transformar en puente hacia lo invisible si sabemos mirarlo adecuadamente.

El origen de esta festividad se encuentra en el evangelio de San Mateo (el resto de evangelistas canónicos no mencionan a estos curiosos personajes, aunque sí son citados con mayor detalle en los apócrifos) lo cual no deja de resultar curioso puesto que, en mi opinión, se trata de un episodio que reviste una importancia humanística, simbólica y teológica colosal…  Que trataré de compartir contigo en las próximas líneas.

Es bueno comenzar las cosas por el principio, así que la primera pregunta a la que nos enfrentaremos es: ¿quiénes y cuántos eran los Reyes Magos?  El Evangelio de Mateo no menciona ni sus nombres ni su número.  Se limita a decir: “Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá, en los días del Rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos”.  Por no decir, no dice ni que fueran reyes…

Sin embargo, los apócrifos se extienden algo más al tratar sobre estos sacerdotes, magos y adivinos (Melchor, Gaspar y Baltasar, según leemos en el friso del s. VI de la Iglesia de San Apolinar Nuovo de Rávena) procedentes de Oriente.

Tiene sentido que procedan de Oriente, pues por Oriente nace el sol.  Como veíamos en el artículo sobre el simbolismo metafísico de la Navidad, Jesús es el nuevo sol que nace para poner fin a la larga noche de aquellos tiempos, dando lugar a un nuevo día o –como gusta decir hoy- a una Nueva Era.  El sol comienza a ser visible en Oriente, lo cual casa con la respuesta que dan los Magos a San José cuando éste les pregunta –según el Liber de infantia Salvatoris– por el origen de su conocimiento sobre Jesús: “Vosotros poseéis las antiguas escrituras de los profetas de Dios en las que está escrito acerca del Cristo, cómo ha de tener lugar su venida en este mundo.  También tenemos nosotros escrituras de escrituras más antiguas que se refieren a Él”.

Estamos, por tanto, ante unos sabios, estudiosos de las antiguas tradiciones de Oriente.  Debido a la descripción que de ellos se ofrece en los apócrifos, se les suele vincular con las tradiciones Persas, Asiáticas o Babilónicas.  Sin embargo, una costumbre posterior los relacionó con Europa, Asia y África. ¿Qué se pretendía con esta mutación? Representar en sus personas a todo el mundo pagano, que venía a postrarse a los pies de Cristo…  De este modo se ponía de relieve que el cristianismo es una religión universal y que la salvación que vino a traer Jesús no era sólo para el pueblo judío, como creyeron algunos, sino para el mundo entero.

Sin embargo, Benedicto XVI, en su último libro sobre la infancia de Jesús, ha recordado los antecedentes del Antiguo Testamento que pudieron influir en las interpretaciones posteriores:

  • El salmo 72 dice así:

 “Los reyes de Tarsis y de las islas le ofrecerán sus dones y los soberanos de Seba y de Saba le pagarán tributo.  Postráranse ante él todos los reyes y le servirán todos los pueblos

  • Por su parte, Isaías 60 también resulta tremendamente interesante:

“Levántate y resplandece, pues ha llegado tu luz y la gloria de Yavé alborea sobre ti, pues he aquí que está cubierta de tinieblas la tierra y de oscuridad los pueblos.  Sobre ti viene la aurora de Yavé y en ti se manifiesta su gloria.  Las gentes andarán en tu luz, y los reyes a la claridad de tu aurora.

(…) Te cubrirán muchedumbres de camellos, de dromedarios de Madián y de Efa.  Todos vienen de Saba, trayendo oro e incienso, pregonando las glorias de Yavé. (…) Sí, se reúnen las naves para mí, con los navíos de Tarsis a la cabeza, para traer de lejos a tus hijos”

 

El Santo Padre ha refrendado la opinión de que los Reyes Magos podrían proceder de Tartessos (en la actual Andalucía española) pero ha puesto en duda que fueran reyes, proponiendo la tesis de que fueran meros buscadores de la Verdad convertidos en reyes por la tradición…  Con lo que ha levantando una nueva polvareda mediática.

Más allá de la anécdota, el Santo Padre deja clara una primera lectura simbólica de estas figuras.  ¿Qué se pretendía al citarlos en el evangelio y en su posterior desarrollo por parte de la Tradición cristiana?  Según la versión oficial que estudié en su momento, hacer patente que el cristianismo es una religión jerárquicamente superior a las paganas y mostrar su carácter católico, esto es, de llamada universal a la santidad.

Sin embargo, la meditación de su figura y de los distintos textos sobre su adoración, ha llamado mi atención sobre un aspecto que siempre había pasado por alto y que hoy me parece imprescindible para comprender el mundo de hoy y la relación entre las distintas tradiciones espirituales: los Reyes Magos vienen de Oriente, de Tartessos o de dónde quieras, siguiendo una estrella que les muestra el camino hasta Belén.  Tras encontrar al niño-Dios (lo cual no les resulta fácil), le adoran…  Y se vuelven a sus países de origen.  Esto es, para mí, la clave de bóveda: parece que si has hecho un largo viaje para encontrar a Dios hecho hombre, lo lógico sería quedarte con Él por el resto de tus días…  ¿No lo ves así? ¿No lo harías tú?  Entonces, ¿cómo es que “se tornaron a su tierra por otro camino”? 

Veo aquí -y en la adoración de la que trataremos en unas pocas líneas- los rasgos de una profundidad y sensibilidad espiritual que sólo unos pocos tienen aun hoy en día.  Los magos reconocen en Cristo al niño-Dios que conducirá a los hombres que le sigan hasta la cima de la montaña, hasta esas alturas en las que se tocan los cielos…  Y por ese motivo vienen a reconocer su dignidad, a postrarse ante Él y a traerle unos regalos con una carga simbólica incuestionable.  Pero después de ese reconocimiento, vuelven a su hogar, a sus tradiciones, a sus creencias…  Enriquecidos interiormente por el encuentro, habiendo adquirido sin duda nuevas luces, pero recuperando su camino particular hacia la perfección humana que conduce al Paraíso Perdido.  Los magos, como sabios que son, eslabones de la Cadena Áurea, encuentran en las tradiciones espirituales de cada pueblo o cultura distintos caminos que conducen a un mismo destino (recupero a Isaías, “Levántate y resplandece, pues ha llegado TU luz y la gloria de Yavé alborea sobre ti, pues he aquí que está cubierta de tinieblas la tierra y de oscuridad los pueblos”) y, sin sincretismos, relativismos ni extrañas mezclas, reconocen la grandeza de toda auténtica senda espiritual… Aunque no sea la suya. Leemos, de nuevo, en el Liber de infantia Salvatoris:  “esta estrella es la palabra de Dios, ya que hay tantas palabras de Dios cuantas son las estrellas.  Y la palabra de Dios (como el mismo) Dios, es inefable.  Lo mismo que es inenarrable esta estrella, que fue nuestra compañera de viaje en la marcha (que emprendimos) para venir hasta el Cristo”.  ¡Qué enseñanza para el diálogo interreligioso!  Me impresiona cada vez que lo medito, me enriquece y me llena de esperanza.

Esta interpretación justifica también que el siempre lúcido Orígenes hable de TRES Reyes Magos.  ¿Por qué?  Porque el simbolismo del número tres es el de la superación de los opuestos, el número de la Santísima Trinidad.  Su figura nos anima a superar la oposición o desconfianza hacia el que tiene otras creencias, hacia el otro o hacia lo ajeno, y a buscar aquello que nos une, que es nuestra búsqueda de un mismo Dios, aunque sea por distintos caminos.  Unidad en la diversidad, tan distintos y tan iguales.

En el caso de los Reyes Magos, nos dicen los evangelios, seguían el camino que les mostró una estrella…  La estrella, para el judaísmo (1 Enoch 72,3), es un símbolo de los ángeles, de los mensajeros de Dios.  Se dice que Melchor, Gaspar y Baltasar eran astrólogos…  Y éste es su sentido:  buscaban a Dios a través de todo lo que habla de Él, incluida la Creación y el movimiento de los astros.  Eran, pues, buscadores de Dios…  Y no redactores de horóscopos de revistas del corazón (me reservo un día para hablar sobre la auténtica astrología tradicional, y diferenciarla así de la caricatura que la mayoría conocemos).  La estrella es, para el ser humano, un indicio del sol cuando hay oscuridad, un guiño de luz, un atisbo de Dios.  Cada uno tiene, esperándole,  una bóveda celeste repleta de estrellas que le alumbran en medio de la noche, pero no todos somos capaces de tumbarnos al raso a contemplarla y descubrir sus secretos.  Los magos lo hicieron, los pastores también…  Y por eso encontraron el portal y supieron reconocer en ese niño indefenso al Dios encarnado que traería la salvación a quienes le siguieran.  Dediquemos un tiempo a buscar la trascendencia, a descubrir el rostro de Dios que se oculta tras el velo de lo cotidiano, a ver su mirada en los ojos de nuestro prójimo…  Si estamos atentos, descubriremos muchas estrellas, muchos ángeles, muchos mensajeros que nos hacen llegar las palabras de Aquel que nos trajo a la existencia y que es capaz de renacer en la cueva que es nuestro corazón si atendemos a sus consejos.

Hablemos ahora de los presentes que los Reyes trajeron a Jesús: Oro, incienso y mirra.  ¿Crees que son casuales o deben tener algún significado que se nos escapa?  Los textos sagrados no dejan nada al azar, todo nos habla…  Aunque no siempre tengamos oídos para oír.

El oro es considerado tradicionalmente como el metal más precioso, el metal perfecto que, por su color se relaciona con el sol, con Dios, con la perfección, con la iluminación y, por su valor, con el poder propio de la realeza sagrada, el rey que gobierna en consonancia con la Ley Eterna.  Cristo Rey, es al que nos muestra Melchor poniendo de relieve la Función Real de Jesús.  Es el sol perfecto que viene a iluminar la oscuridad con su luz y a regir como soberano nuestras vidas con la autoridad de la Verdad y el Amor, mostrándonos el camino a nuestra propia perfección.

El incienso, esa sustancia aromática propia de los templos de culto, es el símbolo de la ofrenda de uno mismo, de la purificación por el fuego, de la oración que asciende a los cielos como el humo, del perfume, la paz y el sosiego que produce al ser humano la conexión con lo divino.  Gaspar, con su presente, reconoce a Cristo como Sumo Sacerdote, como puente, como camino que une lo de arriba con lo de abajo, la materia y el espíritu, lo divino y lo humano.

La mirra, por último, es una cara resina fragante que se utilizaba en el embalsamamiento de los cuerpos de los fallecidos.  ¿Un regalo un tanto extraño?  No, si se atiende a su naturaleza simbólica: Baltasar deja constancia de que Cristo Rey, el Sumo Sacerdote, es también perfecto hombre y que, como tal, se verá sometido a los sufrimientos y muerte propios de nuestra naturaleza.

Volvemos a la idea de la superación de los opuestos: en un extremo la débil humanidad de Cristo representada por la mirra.  En el otro, su soberana majestad divina, simbolizada en el oro.  En medio de las dos en incienso, la purificación, la oración, la conexión con lo divino…  La vía que nos lleva de la muerte a la vida eterna, de la imperfección a lo perfecto, de la piedra bruta al oro alquímico.  Un inspirador recordatorio de que en cada uno de nosotros convive una doble naturaleza, la de Dios y la de la Bestia, y que sólo nos salvaremos si conseguimos purificar a la una poniéndola en conexión con la otra, a base de oración, contemplación y acción.

Podríamos seguir durante horas meditando en torno a todas estas cuestiones, y no las agotaríamos.  Hemos recorrido juntos parte del camino, ahora continúa tú.  Busca en los textos sagrados, léelos, métete dentro de ellos, contémplalos…  Y recibirás un regalo que no tiene precio: el de descubrir que en tu corazón puede nacer el niño-Dios y que, si te identificas con él, los Reyes Magos y sus pajes te harán llegar sus efluvios, los regalos y gracias que te han sido reservados.  Regalos y gracias que, a su vez, tú podrás dispensar a quienes te rodean porque en su corazón también es Navidad, porque en su interior también se puede ver nacer –y se puede adorar- al niño Dios.

Renace en estas fechas a tu mejor tú, sigue a tu estrella y descubre al nuevo sol que nace por Oriente, encuentra a Dios en tu interior y, con el gozo de ese encuentro, busca esa misma mirada divina en los ojos de quienes te rodean.

El amor está en el aire, Dios está en el aire, Dios está…  En ti…  Y en mí.  No lo olvides, descúbrelo, disfrútalo y adóralo en todo y en todos.

Feliz Epifanía.

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4 comentarios el “Simbolismo metafísico en torno a los Reyes Magos

  1. Pingback: Feliz Navidad y… Hasta enero | Meditaciones del día

  2. Juan
    19 de diciembre de 2015

    Por que se habla de un cuarto rey y cual es su nombre grafías y

  3. Juan
    19 de diciembre de 2015

    Por que se habla de un cuarto rey y cual es su nombre gracas

  4. Myriam Maciel
    5 de enero de 2017

    Buen día, agradezco esta información y por supuesto la comparto, descubrir lo simple y sencillo de este día mágico, gracias, gracias, gracias. Bendiciones.

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