El buen hedonismo: llegar a Dios a través del placer


hedonismo

Suele definirse el hedonismo como esa doctrina filosófica –o forma de vivir- que promueve la búsqueda del placer y la supresión del dolor como el más recomendable modo de regir nuestra existencia.

A quienes hemos sido educados en un cristianismo supuestamente “ortodoxo” -que presta especial atención a la ascética y la mortificación- se nos ha repetido hasta la saciedad que el hedonismo es una cesión a nuestra animalidad, a los más bajos instintos de nuestra naturaleza.

Sin embargo, con el tiempo, algunas lecturas y conversaciones me han demostrado lo sectario de semejante afirmación: y digo sectario en el sentido de que el que así lo interpreta toma una parte (un sector) de lo que realmente dice el hedonismo y lo convierte en el todo, quedándose en la superficie, sin profundizar en su esencia.

Es cierto, qué duda cabe, que el tener como objetivo de “este valle de lágrimas” la mera satisfacción de los placeres físicos o sensuales es un camino bastante seguro hacia el caos, el desastre y la insatisfacción…  Cuando no hacia el empacho, la resaca y la enfermedad.  Pero, ¿realmente puede uno creerse que un tipo tan inteligente como Epicuro proponía semejante desfachatez?  ¿No es eso una simplificación un tanto infantil?

Pues sí, lo es.  Porque el propio Epicuro –padre del hedonismo filosófico- escribió: “Cuando decimos que el placer es la única finalidad, no nos referimos a los placeres de los disolutos y los crápulas, como afirman algunos que desconocen nuestra doctrina y no están de acuerdo con ella o la interpretan mal, sino al hecho de no sentir dolor en el cuerpo ni turbación en el alma”.

Está claro, ¿no?  El hedonismo de verdad no consiste en dejarse llevar por los bajos instintos sino en evitar el dolor en la medida de lo posible, y escoger los más altos deseos,  dejándonos llevar por su fuerza de atracción.  Los placeres físicos se acaban pronto, se consumen con su ejercicio, se pierden a causa de su materialidad. Sin embargo, el goce de los bienes inmateriales tiene algo de eterno, se retroalimentan entre ellos, se incrementan con su goce y al ser compartidos, conducen a un clímax sin fin.  El auténtico hedonismo es una vía espiritual que ya fue explotada en la época del Renacimiento, es el camino del tantrismo, la del goce y el disfrute de los bienes que realmente realizan a nuestra persona, el afecto por el rostro amable y placentero de Dios, del Mundo y de la Vida.

¡Ya está bien de promover una religión de rostro triste!  ¡Hay que repensar el sacrificio, la mortificación!  No hay religión auténtica que promueva el dolor como tal.  La mortificación –como su nombre indica- debe ser una muerte a uno mismo, al ego, a los apegos que nos roban la alegría y la felicidad.  Y el sacrificio –de sacrum facere– consiste en hacer sagrado lo profano descubriendo el rostro de Dios en lo que para otros es mera cotidianeidad…

¡Cuidado con el dolor!  Hay quien me dirá que Cristo murió en la Cruz tras padecer tortura, y es cierto. El dolor –o, más bien, el modo en que nos enfrentemos a él- puede tener una función importante en nuestro desarrollo espiritual…  Y por ello le dedicaremos un artículo más adelante.

Pero, ¿realmente se cree alguien que la propuesta de vida de Jesús de Nazaret es que nos hagamos torturar o, lo que es peor, que nos torturemos a nosotros mismos?  ¿No trataría de decirnos más bien que, en el proceso espiritual, incluso el peor de los dolores o incomprensiones –vivido con visión sobrenatural- puede ser transformado en vía hacia la liberación de los apegos, de los vicios, de las propias cadenas, hacia el encuentro con Dios?  ¿No estarán algunos olvidando que el centro del mensaje cristiano no está en la cruz sino en la resurrección? ¿No estaremos poniendo el énfasis en el sufrimiento cuando deberíamos centrar nuestra atención en la alegría del renacer, en el gozo del abrazo divino?  ¿Es lo propio del buen cristiano el sufrir, o más bien el permanecer alegre en medio del sufrimiento gracias a las firmes raíces de su alma que recibe la savia que da vida de Dios?

Hay un hecho incontestable: es más atractivo el placer que el dolor, motiva más.  De hecho, el dolor –nos recuerda el Génesis- es fruto del pecado original, de la falta de nuestros primeros padres.  Mientras que el placer es uno de los atributos con que todos los místicos definen el encuentro con Dios, el contacto con lo divino.

Busquemos pues el disfrute de la mística, de esa parte experiencial de la religión que da mucho miedo a algunos pero que será -estoy convencido- una de las características de la nueva espiritualidad que ya se apunta en el horizonte.  La religión es mucho más que un conjunto de creencias y obligaciones…  Debe ser un encuentro con Dios, con nosotros mismos, con el mundo, con todo lo que existe de Bueno y Bello. El rostro de Dios está en todas partes, y la contemplación del rostro del amado produce deseo, placer y goce…  Incluso en medio de las dificultades cotidianas… Y eso no tiene nada de malo…

Disfruta de la existencia, el placer también es un buen motor, un buen camino hacia Dios.  El camino del que ama… Puede que sea el tuyo…  O el de otro… Pero es un camino…  No lo olvides…  Está ahí.

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2 comentarios en “El buen hedonismo: llegar a Dios a través del placer

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