Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Sobre la Confesión, la Dirección y el Acompañamiento: de libertades y esclavitudes espirituales


esclavitud NO[1]

En el artículo de ayer hicimos referencia a dos modos distintos de afrontar el desarrollo espiritual: a base de fuerza de voluntad y a base de conciencia.  He releído el escrito y estoy contento con el resultado.

Sin embargo, no quiero dejar tan importante cuestión en el terreno meramente especulativo, sino que considero necesario retomarlo y ponerlo en relación con el sacramento de la confesión, con la Dirección y con el Acompañamiento espiritual. 

Creo que ya he comentado en alguna ocasión que yo fui educado en un catolicismo de los que hoy reciben la etiqueta de “fundamentalista”.  Yo prefiero considerar que era moralista, preocupado por la ortopraxis antes que por la ortodoxia, por el hacer antes que por el ser y el comprender.  Realmente hay quien cree que a base de repetición en la acción se produce la transformación interior…  En mi caso sólo producía agotamiento y decepción…  Para mí no fue un buen camino, aunque no dudo que sea el de otros.  Sin embargo, yo prefiero la acción consciente, coherente, motivada por un convencimiento interior…  Y no el “empuja, empuja, empuja, que Dios te ayuda y yo estoy aquí para apoyarte”.  Pero no nos vayamos del tema, que comienzo a divagar…  Traumas de juventud.

Fui educado –decía- en un catolicismo militante cuya preocupación esencial era la acción, prestando muy poca atención a la idea de metanoia, de transformación interior y a los medios que existen para acceder a ella…  Imagino que porque se consideraba que eso pertenecía al terreno exclusivo de la Gracia de Dios.

Esta visión –y ahora sí que ya entramos de lleno en el tema de este artículo- se plasmaba en una visión muy concreta del sacramento de la confesión y de lo que en ese ambiente se denomina Dirección Espiritual.

La confesión, para los católicos, es un sacramento en el que te presentas ante el sacerdote –que en ese momento representa a Cristo- para acusarte de tus pecados y recibir Su perdón (el de Dios, no el del sacerdote, claro está).  Para ello, debes haber hecho con anterioridad un examen de conciencia, haberte dolido de tus pecados, tener propósito de la enmienda (esto es, de mejorar, de intentar no repetir las mismas equivocaciones), decirle los pecados al confesor y, por último, cumplir la penitencia.  Es, por tanto, un sacramento fantástico…  Algo así como una ducha espiritual, una limpieza del alma que se basa en la infinita misericordia de Dios.  De ahí que se le llame también el sacramento del perdón o de la reconciliación.

Pero, como todo, puede hacerse de muy distintas formas, mejor o peor, dando más importancia a unos u otros aspectos…  Lo cual puede incluso convertir a tan beneficioso sacramento en algo realmente pernicioso.  Me explico: como soy pecador –y de los buenos- me ha tocado acudir muchas veces al confesionario…  Y no siempre he ido al mismo…  Y uno acaba viendo de todo, y sacando conclusiones que le llevan a escribir un artículo como éste.

Durante años he confesado con sacerdotes que me han ayudado muy poco, por no decir nada.  Simplificando, y generalizando un tanto, la cosa iba así: yo hacía mi examen de conciencia, acudía al confesionario, decía lo que había hecho mal, me hacían algunas preguntas para asegurarse de que no me olvidara nada, de que hubiera sido fiel en la explicación de la profundidad y gravedad de mi falta, había una fase en la que me “ayudaban a dolerme de mis pecados” (fase en la que puedo demostrar que lo pasaba fatal porque salía del confesionario sudado como el que acaba de hacer un triatlón) , después me recordaban que Dios siempre perdona y finalmente me ponían una penitencia que, habitualmente, consistía en unas cuantas oraciones o, si había sido muy “trasto”, en algún rosario o una Misa…  Y hasta la próxima.

Para acabar de rematar la faena, tenía a una persona que se encargaba de mi Dirección espiritual.  Para los que no estáis habituados a estos temas, os diré que la Dirección Espiritual se supone que es un medio de formación en el que alguien con más experiencia que tú trata de encaminarte por senderos que te lleven a la cima de tu espiritualidad.  Pero ya he dicho bien: se supone.  En la práctica, tenía a una persona con una sensibilidad espiritual diametralmente opuesta a la mía que trataba de que yo me adecuara a sus cánones de piedad y santidad…  Imposible, claro está.  El traje que a él le sentaba de maravilla, a mí me apretaba por todas partes…  Hasta que se rompió…  Junto con mis lazos con la religión católica…  A la que pasé a percibir como algo opresivo, en lugar de liberador.

A raíz de esta ruptura, tuve unos años en los que me alejé de mis creencias de infancia y transité por exóticos parajes que ya había visitado puntualmente: la filosofía, el hermetismo, el budismo, el hinduismo, la antroposofía, la cábala, el simbolismo, el misticismo…  Para terminar volviendo a casa y redescubriendo un nuevo mundo en la religión que siempre había sido mi hogar.  ¡Todo estaba aquí, pero yo no tenía ojos para verlo!  Necesité irme lejos para ganar en perspectiva, liberarme de una visión sectaria, sesgada, de mi religión y sus prácticas y encontrar a ese Cristo interior, realmente universal, católico, que me esperaba en el fondo de mi corazón…  Y en el sagrario de todas las iglesias.

Entre las personas con las que me encontré en este peregrinar –y que me dieron indicaciones que me sirvieron para encontrar mi camino y hacer mi viaje- tuvieron especial importancia José Olives y Xavier Melloni, dos auténticos ángeles, mensajeros de Áquel que es fons et origo, alfa y omega…  Con ellos aprendí que es mejor acompañar que dirigir espiritualmente, que cada uno tiene su senda, que debe haber una sintonía espiritual entre el guía y el acompañado, que nadie puede dar lo que no tiene, ni llevarte por caminos que no ha transitado…  Comprendí la queja de San Juan de la Cruz sobre la incapacidad de los directores espirituales de su época que hace suya Willigis Jäger. ¡Cuidado con atraer a los demás a formas de espiritualidad u oración que pueden resultar –a su modo de ser- más una dificultad que una ayuda!

Acompañamiento sí, Dirección…  Con muchísimo cuidado.  Y me remito de nuevo a San Juan de la Cruz: “Adviertan los que guían las almas y consideren que el principal agente y guía y movedor de las almas en este negocio no son ellos, sino el Espíritu Santo, que nunca pierde cuidado de ellas, y que ellos sólo son instrumentos para enderezarlas en la perfección por la fe y la ley de Dios, según el espíritu que Dios va dando a cada una.  Y así, todo su cuidado sea no acomodarlas a su modo sino a donde Dios las lleva, y si no saben, déjenlas y no las perturben”.  A mí me perturbaron, y me consta que no soy el único…  Por eso escribo este artículo, para que quienes se encuentran perdidos como lo estaba yo sepan que puede retomarse el viaje, y que cada uno debe hacer el suyo…  Con libertad.  La religión no puede encadenarte, debe darte alas.  Si no es así no es auténtica religión, es otra cosa.  Ténganlo en cuenta, también, los directores y acompañantes.

Pero mis hallazgos no terminaron ahí…  Hemos comenzado el artículo hablando sobre la confesión, y con el sacramento del perdón lo vamos a terminar…  Porque también hay otros modos de vivirla.  Acostumbrado a acercarme al confesionario para encontrarme con el Juez que siempre perdona y te dice que sigas empujando, con el mecánico al que no se le ocurre abrir el capó para mirar por qué no arranca el motor, aterricé un día en la Iglesia del Sagrado Corazón de Caspe y, en el confesionario, experimenté en propias carnes la transición del Antiguo al Nuevo Testamento, del Juez acusador que me pidió permiso para abrir el capó y buscó el motivo de la avería, me propuso distintos medios para tratar de repararla y me hizo sentir amado como un hijo y no humillado como un reo.

Hoy estoy en camino y disfruto del viaje, en el que mi familia ha decidido acompañarme…  Es fantástico compartir trayectos y paisajes.  De vez en cuando debo pasar por “el taller” para poner el motor a punto, pero ya no es un problema porque me siento a gusto con “el mecánico”.  Hay sintonía, adora los motores, le preocupan, los conoce…  Y gracias a que el motor vuelve a funcionar nos movemos sin el cansancio del que empuja, y recomendamos el viajar y nuestro taller a quienes encontramos en la cuneta.

En serio, deja de empujar…  Repara el motor y disfruta del viaje,  La vida es bella, y la espiritualidad…  Iniciática, transformadora y libertadora… O así debería ser.  Amén.

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