Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Tender puentes entre culturas para enriquecer la propia visión del mundo (y vídeo)


interculturalidad_550

Como ya hemos comentado en más de una ocasión, resulta incuestionable que vivimos en un mundo globalizado en el que el conocimiento y la convivencia intercivilizacional, intercultural e interreligiosa es algo cotidiano.  Esta situación puede vivirse (como casi todas las crisis) de un modo ambivalente: como una experiencia enriquecedora o como un acicate para el conflicto, para lo que Huntington plásticamente denomina «el choque de civilizaciones».  Esta ambivalencia se pone de manifiesto en los ideogramas que en China representan la idea de crisis: peligro y oportunidad.

La frontera entre la oportunidad y el riesgo está en el modo en que planteamos ese diálogo, ese encuentro.  El enfoque humanístico es optimista al respecto.  Al considerar al hombre como imagen arquetípica de todo lo demás, no puede restringir la visión que se tenga de éste a la propia de una u otra cultura o civilización.  Debe atenderse a su naturaleza última, proceda de donde proceda su conocimiento.

Así, del mismo modo que defiendo la interdisciplinariedad como mecanismo metodológico de adquisición de conocimientos que deben ser relacionados o armonizados desde el enfoque humanístico, no renuncio tampoco a las aportaciones gnoseológicas que pueden realizar las distintas culturas, tradiciones o civilizaciones sino que, consciente de que la historia contemporánea es necesariamente una historia multicultural y no podemos cultivar hoy las humanidades sin tenerlo claramente en cuenta, abogo –como también hace Olives- por la necesidad de establecer contactos académicos a nivel inter-cultural o inter-civilizacional.

Al método empleado para aproximarse a lo que podríamos denominar “ajeno” le ha llamado Olives «comparatismo» y, con él, trata de superar –como ya hemos apuntado anteriormente- el círculo hermenéutico propio de los límites de una sola cultura mediante la incorporación –en el campo de las humanidades- de formas y contenidos de conocimiento procedentes de otras tradiciones distintas de las que hasta ahora incorpora el humanismo de occidente (hinduismo, budismo, tradición extremo-oriental, tradiciones arcaicas asiáticas, amerindias y africanas, además de Islam y judaísmo) y que podemos reconocer coincidentes en los grandes temas del humanismo.

Respecto a la importancia del comparatismo para el humanismo occidental, el estudio comparativo de las tradiciones espirituales de la humanidad no sólo instaura el respeto mutuo entre religiones y culturas, no sólo ayuda a profundizar en los valores propios sino que “hay temas doctrinales del platonismo (como, por ejemplo, los relativos a las analogías antropológicas o cosmológicas de la polis y, concretamente, la doctrina estamental), o conocimientos de la cultura greco-romana, que sin este tipo de aportación «comparativa» resultan incompletos o incluso incomprensibles”.   En el caso concreto de la teoría de la polis dice expresamente que “los datos grecorromanos que hemos conservado (incluyendo el corpus político platónico-aristotélico) no son más que fragmentarios y difícilmente comprensibles sin recurrir a las doctrinas hindúes, donde hallamos el fundamento y los principios filosóficos y metafísicos de la teoría sociopolítica que subyace en las instituciones griegas, romanas e indoeuropeas arcaicas, y hasta es reconocible en la estructura segmentaria de las Respública cristiana medieval”.

No se trata, por tanto, de acumular una erudición enciclopédica en torno a distintas manifestaciones culturales sino de aprovechar las múltiples y autorizadas informaciones científicas de que actualmente disponemos sobre el arte, religión y pensamiento de pueblos remotos para profundizar en el propio saber aprovechando su experiencia y modo de conocer.  De este modo podremos colmar “las lagunas y olvidos de nuestra propia cultura” con la respuesta que se nos brinda desde otros pueblos y civilizaciones.

Una plasmación académica de esta modalidad de comparatismo la encontramos en Louis Dumont y su estructuralismo.  Éste llega a afirmar que “la etnología, o, para hablar más exactamente, la antropología social, no ofrecería más que un interés especial si las sociedades «primitivas» o «arcaicas» y las grandes civilizaciones extrañas que estudia solo informasen de una humanidad diferente a la nuestra.  La antropología comprueba, merced a la comprensión que poco a poco nos proporciona, la unidad de la Humanidad.  Haciendo esto, la antropología aclara, por lo menos en cierta medida, nuestra propia clase de sociedad”.

Olives traslada esta misma idea al ámbito de las humanidades y lo expresa del siguiente modo:  “la antropología comparada de las distintas tradiciones espirituales y filosóficas nos permite poner de manifiesto ese común denominador universal, reconociendo con ello la universalidad de las humanidades, implícitamente presentes en todas las grandes tradiciones espirituales de la humanidad”.

El comparatismo trata, por tanto y como ya hemos apuntado, de redescubrir lo propio a través de lo ajeno, de llegar a lo universal partiendo de distintas particularidades, de ir de la parte al todo para luego poder volver, con una mayor capacidad de comprensión, del todo a la parte.  Por este camino se logra “establecer puentes y complementaciones para colmar lagunas y aportar nuevas luces a la comprensión de los viejos contenidos”.

Esta práctica de tender puentes, convertida en método, pone de manifiesto la preeminencia del fondo sobre la forma y ayuda a descubrir esas ideas-fuerza, esos sustratos comunes a distintas civilizaciones que permanecen velados tras expresiones imaginales o manifestaciones culturales aparentemente distintas que, con su superación, dejan de presentarse como fuentes de conflicto o disputa.

Sin embargo, este tender puentes no puede hacerse a costa de la verdad, ni mediante un sincretismo o tolerantismo impregnados de relativismo: “la tolerancia frente a las diferencias entre pueblos, religiones y culturas diversos, sólo se puede asegurar en base al conocimiento de la verdad, el bien, la justicia, y no del relativismo”.   Aunque tras la variedad formal descubramos una unidad esencial, no por ello es conveniente promover  mezclas culturales o religiosas como parece que se pretende desde algunos organismos internacionales o desde los planteamientos sincretistas de la New Age. Todos y cada uno de los elementos culturales o religiosos concretos de un pueblo poseen un marco interpretativo y de significación que le otorga la propia cultura o religión, por lo que sólo tienen sentido –su propio sentido- dentro de ese límite hermenéutico.

Debemos saber que, aunque busquemos y potenciemos los elementos comunes, aunque tendamos puentes, siempre habrá diferencias.  Para que éstas no se conviertan en un obstáculo insalvable, debe uno arraigarse en la propia tradición, origen donde se encuentra el germen de donde todo brotó: “Uno puede estudiar, escuchar otros razonamientos, hacer prácticas…  Pero en tus genes eres cristiano y todo progreso espiritual, sea por el camino que sea, implica una continua «vuelta a casa», una necesidad de traducir lo que se va comprendiendo al lenguaje primero que nos fue enseñado”.  Porque  “sólo en base a los propios valores, religión, tradición o cultura puede darse la tolerancia frente a las diferencias de forma que distinguen a unos de otros.  Es la raíz de la propia tradición la que permite al hombre reconocer la dignidad de la persona: una dignidad, que esencialmente está siempre más allá de todas las formas”.

Es esa dignidad de la persona el fundamento último de toda tolerancia, de ese “soportar” que –como recuerda Olives siguiendo a grandes pensadores de la tolerancia como Balmes, San Agustín o Vermeersch- tiene por objeto aquello que se nos presenta como erróneo, negativo o contrario…  Porque no tiene sentido tolerar la verdad, el bien o la virtud.  En nombre de la tolerancia se soporta lo que se considera un mal menor en relación con el respeto que merece la libertad que nace de la dignidad humana que corresponde a la persona.

Sin embargo, no debe caerse en el “tolerantismo”, en la aplicación mecánica de la idea liberal al mundo de las ideas; en el convencimiento de que la panacea se encuentra en la libre circulación de ideas y pensamientos.  La tolerancia –tal y como la entiendo- no pone en cuestión la verdad y el bien como valores permanentes sino al contrario: para poder tolerar hay que estar enamorado –como dice Balmes- del bien y de la verdad.  Y, añade Olives, hay que estar dispuesto también a cultivar la compasión y el amor por el prójimo.

Olvidémonos pues de esa tolerancia “débil”, basada en el estado dubitativo, en el relativismo, en el eclectismo, en la comodidad o en el miedo (modalidad a la que Marcuse denomina “tolerancia represiva”) y apoyemos una tolerancia que resulta una muestra de fortaleza y seguridad, una virtud que nace de la fuerza moral y de la apertura ante la realidad social y antropológica de los hombres y las comunidades.

Esta apertura, consecuentemente con todo lo expuesto, no significa obviar las diferencias o anularlas mediante el proselitismo, la renuncia a lo propio o el eclectismo.  Si la diferencia existe, por respeto a la verdad debe reconocerse y, si no atenta contra la dignidad humana, por respeto a la persona debe tolerarse. 

Sin embargo, para evitar conflictos y respetar los marcos interpretativos propios de toda manifestación cultural o religiosa, Olives –a quien sigo en este asunto- recurre a la paradoja hermética de “para poder unir, es preciso separar” y aboga por una sociedad segmentaria en la que se dote de cierta independencia y autonomía a los distintos grupos para que puedan vivir en base a sus propias formas, coincidiendo y colaborando con los otros grupos en la consecución del objetivo común: el logro de la felicidad del hombre.

De esto trata la política y la religión, ese es el núcleo esencial de sus enseñanzas –donde se encuentra esa unidad que, decíamos al principio de este epígrafe, permite tender puentes- por mucho que en su expresión se adopten formas que, en ocasiones, se presentan como muy distintas e, incluso, contradictorias.

La necesidad de superar la superficialidad y de profundizar en estos mitos, ritos y símbolos más allá de su inculturación, descubriendo la sabiduría común que intentan transmitir las distintas tradiciones culturales, espirituales y religiosas, justifica la importancia que otorgamos al simbolismo, a la hermenéutica simbólica de la que trataremos próximamente…  Instrumento imprescindible para tender esos puentes que permiten enriquecer nuestra propia visión del mundo y aportar lo mejor de nuestra cultura a quienes nos rodean.

[Este texto es una adaptación del capítulo 4b de mi inédito trabajo de investigación “Las humanidades como método de desarrollo del potencial humano en base a la aportación de José Olives Puig al mundo académico”]

Y, de regalo, un vídeo de Xavier Melloni sobre “La sabiduría de las otras tradiciones religiosas”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: