Kali-Yuga, o sobre el fin de un ciclo (y vídeo de Imagine de John Lennon)


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En nuestro mundo, todo cambia menos el cambio…  “Todo lo que es movido se mueve no en lo móvil, sino en lo estable.  El motor que todo lo mueve no comparte el movimiento de lo móvil” decía Hermes Trismegisto.  Hay, pues, una estabilidad en el cambio…  Un ciclo que se repite y un Dios, Tao o motor inmóvil que pone en marcha la realidad que percibimos.

Si estamos atentos, podemos captar el ritmo que marca la danza de la creación, del universo y de nosotros mismos: vacío, inicio, crecimiento, cenit, declive, desaparición, reinicio…

Rompen la noche los primeros rayos del sol, empieza el día, se eleva el astro rey hasta su trono, pasado el medio día decae su reinado y desaparece a reposar tras el horizonte para volver a la mañana siguiente…  Lo mismo sucede con las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno se suceden año tras año…  Una melodía parecida detectamos en nuestra respiración: vacío, inspiración, reposo, expiración y nuevo vacío… E, incluso,  en nuestra propia vida: nacemos, crecemos y nos desarrollamos, llegamos a la culminación de nuestra naturaleza y comenzamos a envejecer para morir y desaparecer…  Y renacer de un  modo nuevo…

A las civilizaciones les sucede algo parecido –no tardaré en dedicarle un artículo más académico a este asunto-, son como los seres humanos que las conforman: tienen su origen en una civilización anterior que marcará su desarrollo, crecen y florecen en un lugar y tiempo determinados, maduran, se anquilosan y comienzan a topar con un nuevo mundo y una nueva generación con planteamientos y necesidades para las que no están preparadas…  En ese encuentro paterno-filial surgen conflictos, y se acentúan los síntomas propios de la vejez: la tos, la flema, el cansancio, la angustia…

Mira a tu alrededor, nuestra sociedad agoniza y algunos intentan, con auténtico ensañamiento, mantenerla con vida artificialmente.  Mejor preparémosla para un buen morir: avisemos a sus hijos para que acudan junto a su lecho de muerte a manifestarle su reconocimiento y cariño, reciban las experiencias de vida de quien ya se va y aprendan de ella para que el nuevo mundo que viene no repita sus errores, sino que cometa los suyos propios que, a su vez, también serán superados por sus hijos.

No hay que temer a la muerte, al cambio…  Es natural…  Márchese lo que se tenga que ir y queden aquí sus vástagos…  Nuevos problemas requieren nuevas soluciones, un mundo nuevo exige un hombre nuevo.  Y al final, lo de siempre: en el hombre –íntegro, trascendente- está la solución…  Lo demás, son quimeras, alucinaciones de un moribundo.  Descanse en paz.

Imagina, como otros tuvieron también sus sueños tiempo atrás:

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