Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

El poder purificador de las lágrimas


lagrima

El ser humano es esencialmente bueno, porque fue creado a imagen y semejanza de Dios, participando de su Ser.   Es cierto que el catolicismo nos habla del pecado original y de esa herida que dejó en el alma inclinándonos al mal…  Pero, como toda herida, si se trata bien es posible hacerla cicatrizar…  Y la resurrección de Cristo nos habla a gritos sobre ello.

Sin embargo, de vez en cuando erramos el camino y hacemos -o nos hacemos- daño…  Y eso, para quien no tiene una coraza en lugar de alma, resulta doloroso.  Hay quien se reserva ese dolor, quien lo cultiva, quien quiere mantenerlo vivo como penitencia por su pecado…  Hay quien quiere paliar su sentimiento de culpa mediante una dolorosa autoinmolación…

Otros, más conscientes de nuestras propias limitaciones, de nuestros errores de juicio o de nuestra débil voluntad, somos más partidarios de asumir la equivocación y -sin culpabilizaciones que rozan lo patológico- dolernos por el daño infligido, ofrecer nuestra ayuda para repararlo y, por último, buscar el motivo que lo ha provocado…  Para tratar de no repetirlo.  Porque sólo actuando sobre las causas pueden alterarse los efectos.

Dice el Talmud que “es más meritorio y eficaz un íntimo sentido de arrepentimiento que mil voluntarias flagelaciones”.  Estoy completamente de acuerdo: no se trata de aliviar nuestro sentimiento de culpa ni de castigarnos por aquello que hemos hecho mal, sino de tomar consciencia del daño cometido, llorar nuestra equivocación, poner los medios para minimizar sus efectos y tratar de ir a la raíz de la misma para poderla arrancar y regar así con nuestras lágrimas una tierra nueva y fértil, libre de malas hierbas.  Porque también las lágrimas ayudan a dar fruto, si no nos ahogamos en ellas.

Termino con otra cita del Talmud que me ha parecido especialmente hermosa: “Pueden estar cerradas en el Cielo las puertas de la súplica, pero las puertas del llanto nunca están cerradas”.

El arrepentimiento por amor, no la culpa ni el castigo, es la llave maestra para entrar en el paraíso perdido.  No lo olvides…  Llora cuando la situación lo merezca, pero que las lágrimas no te nublen la vista, que te purifiquen pero que no te ahoguen.  Siempre hay esperanza, siempre hay perdón, siempre hay Amor.

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