Fábula sobre el león y el ratón, o sobre el poder de lo pequeño


El Leon y el raton - Fabula 4

Había una vez, hace muchos, muchos años, en la época en la que los animales todavía hablaban y nos transmitían una ancestral sabiduría, un poderoso león –llamado Leo- que vivía, libre y salvaje, en medio de la sabana africana.

Una mañana, mientras dormía, Leo escuchó un leve ruido que le despertó.  Entreabrió los ojos y vislumbró a un ratón rascando la corteza del árbol bajo cuya sombra el león se cobijaba.  En un rápido movimiento, Leo apresó al ratón entre sus garras y se preparó para regalarse un matutino tentempié.

Sin embargo, el ratón –viéndose muerto y devorado- tuvo la ocurrencia de responder con calma y aplomo:

– ¡No me comáis, majestad, y os daré un gran servicio!

Leo, incrédulo, le contestó sorprendido:

– ¿Tú, pequeño e insignificante ratón, pretendes que no te coma porque vas a convertirte en mi servidor? ¿Y qué te crees que puedes hacer por mí que no esté a mi alcance?

El roedor, temeroso pero aparentando seguridad, respondió:

– Mucho podéis, mi señor.  Pero estoy convencido de que puedo resultaros de gran utilidad.

Leo estalló en una carcajada y, entre risa y risa, todavía con lágrimas en los ojos, le dijo al ratón mientras le soltaba de entre sus garras:

– Tu valor te ha salvado.  Eres un minúsculo e insignificante ratoncillo, nada tienes que ofrecerme, pero tu valor es el de una fiera y –por ello- bien mereces seguir viviendo.  No seré yo quien te coma.  Vete a casa, sigue viviendo, y en adelante no interrumpas el sueño de quienes son más grandes que tú.

– Gracias, generoso y misericordioso señor por haberos apiadado de mi vida.  Desde hoy estoy en deuda con vos, y seré vuestro más fiel servidor hasta que pueda devolveros la gracia que habéis tenido conmigo- fue la seria respuesta del roedor.

El león, conmovido por la grandeza del espíritu del pequeño animal, le dijo con profundo afecto:

– Te libero de tu deuda, nada me debes.  Yo ya he olvidado que te he perdonado la vida.

Como si de un minúsculo filósofo se tratara, el ratón respondió:

– Es propio de las almas grandes olvidar, al momento, los favores realizados y no pedir nada a cambio.  Pero es de almas aun mayores no olvidar jamás el favor recibido, y guardar en el corazón un eterno agradecimiento que se convierte en deuda de gratitud.  Seguiré vuestra orden y me iré a casa…  Pero hacedme llamar cuando me necesitéis, y yo acudiré a atender vuestro servicio al punto lo requiráis.

– Así sea- dijo Leo, y los animales se despidieron como dos buenos amigos.

Pasaron los meses y, una tarde que el león andaba a la búsqueda de una presa, tuvo la mala fortuna de caer en una trampa preparada por cazadores y quedó enredado en medio de una red de cuerdas.  Por mucho que intentó liberarse con su renombrada fuerza, sus garras y sus dientes, todo fue en balde…  Estaba preso…  Desesperado, rugió con todas sus fuerzas para dejar salir de su interior la ira y la desolación que le embargaban.  Luego calló, esperando pacientemente su muerte.

El feroz rugido viajó por el espacio, llegando a lejanos rincones.  Uno de éstos fue un pequeño hueco, en el tronco de un árbol, en el que vivía una familia de ratones.  Uno de ellos, al oír el desgarrador grito, reconoció en él a Leo, el león que tiempo atrás le perdonó la vida.  Aunque ya anochecía y empezaba a refrescar, aunque se estaba mejor en casa que desplazándose en medio de la oscuridad, el roedor tenía una deuda de gratitud que no había olvidado y se puso inmediatamente en camino…  Buscando el origen de ese rugido desesperado que aun resonaba en su mente.

No fue fácil dar con él…  Al cabo de unas horas –era noche cerrada ya- el ratón encontró a su benefactor, inmóvil, como muerto, enredado en la trampa.  Nada dijo el roedor, no lo despertó.  Se acercó a la trampa y, buscando el lugar más adecuado para hacerlo, comenzó a mordisquear la cuerda con sus afilados incisivos.  Sus dientes, acostumbrados a roer, lograron aquello que los brutales caninos del león habían sido incapaces de hacer…  Cortar la cuerda.  Cuando el pequeño héroe se disponía a marcharse, tan en silencio como había llegado, una garra le sujetó por la cola:

– ¿Dónde te crees que vas? – le dijo el león en un susurro.

– Me disponía a volver a mi hogar, Majestad, pues ya he cumplido aquí mi cometido- respondió el ratón.

– ¿No ibas a decirme que habías sido tú mi libertador? ¿No ibas a esperarte a recoger mi agradecimiento?  Si no llegas a despertarme –otra vez- con el leve ruido que haces al roer con tus poderosos dientes, nunca habría sabido que habías sido tú mi benefactor…  Y nunca te lo habría podido agradecer como es merecido.

El ratón, con dignidad y aplomo, respondió al león:

– Del mismo modo que vos, al liberarme en el pasado, no buscabais mi gratitud, tampoco yo he acudido hoy en vuestra ayuda para obtener de ello un beneficio.  Salvar a un alma grande como la vuestra, capaz de perdonar una insignificante vida como la mía, me ha traído hasta aquí…  Es bastante recompensa para mí el que ya no seáis preso.  No quería agradecimientos ni grandilocuentes promesas, no quería avergonzaros llevándoos a pensar que alguien como yo os ha liberado.  De ahí mi silenciosa marcha, de ahí mi intento de pasar desapercibido.

Leo, conmovido ante la finura espiritual de su interlocutor no pudo más que decir:

– Hay, en tu pequeño cuerpo, un corazón más grande que en el mío.  Bien está que te haya descubierto porque, gracias a ello, mucho he aprendido sobre la delicadeza y la bondad.  No quiero ya deudas de gratitud sino amistad, pues tus actos me han mostrado que mucho tengo que aprender de ti y que bien mereces también tú mi protección para que el mundo no se pierda todo lo que tienes para darle.  Te ruego que olvides mi presunción de otros tiempos y me aceptes como amigo, pues ha caído el velo de mis ojos y ya no veo la pequeñez de tu cuerpo sino la grandeza de tu alma.

Y se cuenta que, desde entonces, puede encontrarse en África a un hermoso y feroz león que suele llevar sobre su lomo a un ratón con el que pasa el día entre risas, conversaciones y aprendizajes.  Y cuántos les ven suelen exclamar: ¡Fijaos qué amigos, mirad cuánto se aman!

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