¿Maldad o ignorancia?


jano

No pretendo resolver en este artículo una cuestión que ha ocupado a los mayores filósofos y teólogos de todos los tiempos…  Sólo quiero que tomes conciencia del tema y que analices tu propia experiencia para introducirte en el debate y ayudarte a obtener tus propias conclusiones…  Y una mejor comprensión de tu modo de actuar.

La cuestión de fondo que quiero tratar es si en nuestro actuar ético o moral escogemos el mal conscientemente, por debilidad, o si -por el contrario- cuando escogemos el mal es por ignorancia, porque lo hemos tomado por un bien.  Puede parecerte una discusión baladí, pero no lo es: dependiendo de la respuesta que le des, basarás tus esfuerzos de mejora personal en el desarrollo y fortalecimiento de la voluntad o en la profundización y expansión de la conciencia, del recto conocimiento.

No pretendo ser neutral en mi exposición, tengo mi propia opinión –basada en mi experiencia- y ésa es la que voy a defender.  Me he planteado la postura contraria, pero no me convence ni en el plano teórico ni en el práctico, ya que no me ha ayudado a mejorar, no me ha resultado útil para desarrollar mi humanidad.

Mi posición es que el ser humano, en su actuar, siempre persigue algo que se le presenta como un bien…  Incluso cuando se equivoca y persigue un espejismo.  La decisión ética no consiste en escoger entre el blanco y el negro, entre lo bueno y lo malo, sino entre dos -o más- aparentes bienes que debemos ordenar según su jerarquía ontológica.

El propio San Agustín nos ofrece el fundamento de este planteamiento: “Todo lo que Dios crió para ti es bueno: pero unos son bienes grandes, otros bienes pequeños, unos bienes terrenos, otros espirituales, otros bienes temporales.  No obstante, todos son bienes, porque el bueno los hizo buenos”.

Y el sabio, como decíamos, escoge el bien superior antes que el inferior…  Mientras que el necio equivoca la elección y escoge lo bajo antes que lo alto.  Coincido planamente con la frase que dirige el obispo de Hipona a quien así actúa: “Porque si por alguna demencia antepusiera la plata al oro, en tanto seré tenido por loco, en cuanto de dos especies ambas a mi vista prefiero la más vil a la de más valor”.

¡Cuántas veces valoramos mal nuestras opciones y nos parece más apetecible un bien inferior, pero inmediato, a uno mayor pero pospuesto!

¿Has oído hablar del experimento del psicólogo Walter Mischel de la Columbia University de Nueva York?  Dejaba a un niño sólo en una habitación con un caramelo sobre la mesa, y antes de marcharse le decía que ya podía comérselo pero que –si era capaz de esperar 15 minutos- él le daría otro caramelo más como premio al volver…  ¡Cuántos niños eran incapaces de esperar!  Míralos, pobres:


Alguno de vosotros, al ver este ejemplo, considerará que se trata de una clara muestra de falta de voluntad…  Yo no lo creo, más bien considero que se trata de una inadecuada valoración de las dos opciones que se le plantean, de una falta de conciencia sobre la realidad de lo que te están proponiendo,  y de la consiguiente incapacidad para jerarquizar adecuadamente.

Tú, que ya eres un adulto, ¿te has parado en alguna ocasión a valorar detenidamente cuál es el orden razonable entre los distintos bienes que se te presentan como posibles?  Te pongo un ejemplo muy simple pero que considero ilustrativo: yo he sido fumador…  Muy fumador…  Dos paquetes diarios…  Bien, cuando un adolescente decide encender su primer cigarro no lo hace porque esté “enganchado”.  Encender esa “mecha” hacia la dolorosa muerte por cáncer de pulmón se le presenta a el en su vertiente o faceta positiva: ser aceptado en el grupo, sentirse mayor, disfrutar de su “sabor”, relajarse… etc.  Y esos bienes son considerados por él, en ese momento y casi de modo automático, más apetecibles y valorables que mantener la salud…  Estúpida elección, es cierto, pero hay tantos que hemos cometido el mismo error…  ¿Somos unos suicidas por haber encendido el primer cigarro?  No, somos idiotas…  Nos ha faltado conciencia de lo que estábamos haciendo.

Es esencial prestar atención al aquí y al ahora, estar conscientemente presentes para poder tomar decisiones adecuadas.  Del mismo modo que las religiones y tradiciones espirituales tratan de atemperar nuestros deseos –mediante prohibiciones- para que no nos quedemos apegados a deseos de segunda clase que nos distraigan del deseo esencial, que es el de trascendencia, el de salirnos de nosotros mismos para encontrarnos con los demás y con Dios…  También debemos tener mucho cuidado con los bienes que perseguimos…  No vayamos a quedarnos enganchados a bienes de segunda que nos impidan disfrutar del sumo Bien y de una vida plena.

Y me he dejado para el final uno de los elementos más importantes de este planteamiento: hayas hecho lo que hayas hecho, te hayas equivocado lo mucho que te hayas equivocado, hayas causado el daño que hayas causado con tu actuar…  Ten presente que no eres malo, eres ignorante…  Que lo más probable es que no merezcas un infierno eterno por tus equivocaciones…  Y que siempre puedes aprender, siempre puedes ganar en conciencia, siempre puedes cambiar y desarrollar esa fantástica imagen de ti mismo que duerme en tu interior a la espera de que la despiertes.

¡Despierta! ¡Ya!

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