Mito-cuento de Faetonte, o sobre los propios orígenes y la dedicación al trabajo de los padres


helios

Hace muchos, muchos años, cuando los dioses todavía retozaban con las mortales, había una casita –en un oculto pueblo de Grecia- en la que vivía una madre con su hijo.  Ella se llamaba Clímene, él Faetonte.

Desde que Faetonte era un niño, cada mañana, al apuntar el alba, madre e hijo salían cogidos de la mano a pasear por los campos cercanos hasta que eran alcanzados por los primeros rayos del sol.  En ese momento, día tras día, Clímene repetía a su hijo la misma historia:

– Faetonte, tu padre es Helios, el dios encargado de conducir el carro del sol.  Fuimos muy felices juntos hasta que naciste.  Pero, debido a su trabajo, yo debía vivir en el Olimpo a oscuras, entre tinieblas, hasta que él volvía al terminar su jornada.  Entonces –también entre sombras porque guardaba el carro del sol en su establo- disfrutaba de su compañía y dormíamos juntos.  Cuando descubrimos que estaba embarazada, pensamos que esa no era vida para ti.  Y, como el trabajo de tu padre es tan importante, decidimos separarnos para que tú pudieras disfrutar –en este mundo- de días luminosos y de oscuras noches en las que descansar.  Pero cada mañana, con estos primeros rayos que acarician nuestra piel, tu padre nos está recordando lo mucho que nos ama.

Y Faetonte –también cada mañana- se hinchaba como un pavo real ante esta historia y se sentía feliz sabiéndose hijo del dios del sol.

Pero a medida que iba creciendo y se hacía mayor, los niños del colegio comenzaron a reírse de él y de su historia…  Le dijeron que se trataba de una fantasía creada por su madre para ocultarle la verdad: que su padre estaba muerto o les había abandonado.  Tanto le repitieron sus burlas que Faetonte terminó dudando y, yendo al encuentro de su Clímene, le preguntó:

– Madre, ¿es cierta la historia que cada mañana me explicas sobre mi padre o acaso es sólo una fantasía para tranquilizar mi alma?

Ella le respondió:

– Te amo con locura, hijo mío, por lo que nunca te mentiría en una cuestión tan importante.  Eres quien te he dicho que eres…  Y tu padre es el que es.

Pero el germen de la duda ya había sido sembrado en el corazón de Faetonte, por lo que no le convencieron las seguras palabras de Clímene.

– Necesito comprobarlo, madre.  Necesito conocer a mi padre y verme reflejado en sus ojos. ¿Qué puedo hacer para hablar con él? ¿Dónde puedo encontrarle?

Viendo que sólo aclarando sus dudas iba a encontrar su hijo la paz de espíritu y la felicidad, Clímene le mostró el camino que conducía al Olimpo, a la residencia de los dioses griegos.  Y Faetonte inició su viaje hacia el encuentro con sus raíces, un viaje iniciático hacia el encuentro consigo mismo.  Como en todo auténtico viaje, el trayecto estuvo repleto de aventuras y experiencias que enriquecieron profundamente a Faetonte…  Hasta que, por fin, llegó a su tan ansiado destino: la residencia de su padre.  Frente a él, la pregunta se presentaba obvia:

– Oh, Helios, por favor, respóndeme: Yo, Faetonte, ¿soy tu hijo?

– Cuanto Clímene, tu madre, te ha contado es cierto- respondió el dios del sol.

Pese a tan clara respuesta, la semilla de la duda ya había echado raíces en el alma de Faetonte, por lo que no pudo resistirse a añadir:

– Dicen que los hijos se parecen a sus padres, que parte de éstos sobreviven en aquellos.  Si esto es cierto, y cuanto dices también, por ser tu hijo debería poseer tus cualidades, tus virtudes, tus habilidades…  Si soy realmente tu hijo, dame una prueba y déjame conducir tu carro, permíteme ser Helios por un día.

El dios del sol, tras mirarlo calmada y profundamente a los ojos le respondió:

– Todavía eres joven e inexperto para asumir tal responsabilidad.  No es sencillo regir el carro y a los caballos alados que tiran de él.  Aprende primero a gobernarte a ti mismo, y entonces vuelve y te dejaré conducirlo.

Faetonte, triste e irritado, se alejó de su padre con rostro sombrío…  ¿Y si le estaba engañando? ¿Cómo poder comprobar si realmente era su hijo?  Sólo había un medio en su mente: tenía que tomar el carro de Helios, con o sin su permiso…  Sólo así podría aclarar cuál era su verdadera identidad.

Mientras el dios del sol dormía, Faetonte se coló en el cobertizo en el que se ocultaba el sol al anochecer y, subiendo con agilidad al carro, azotó a los caballos alados para iniciar su travesía.  Éstos, pensando que era su amo el que los dirigía se pusieron a trotar hacia lo alto.  El joven, presa de los nervios y de la excitación, permitió que el carro tomara demasiada altura…  Enfriándose parte de la tierra, que desde entonces se encuentra congelada.  Tanto ascendió, que vio cara a cara a las potencias que dan nombre a los signos zodiacales: la cabra, el toro, el escorpión, el cangrejo, el león…  Presa del pánico, animó a los caballos a descender con tanta fuerza que el carro rozó la tierra en la zona de África, quemando toda la vegetación existente, convirtiendo los bosques en desiertos y tostando la piel de los habitantes de lugar que, desde entonces, son negros como el carbón.

Los astros, testigos mudos de los desaguisados que estaba provocando el atrevido Faetonte, acudieron al padre de los dioses para que evitara que se siguieran produciendo calamidades.  Zeus, sin dudarlo, lanzó un rayo que detuvo el carro e hizo caer al hijo de Helios en el río Erídano, donde murió ahogado.

A la mañana siguiente, al despertar, Helios encontró su maltrecho carro en su lugar y, junto a él, un cadáver: el de su hijo.  Ese día, el sol no salió y las tinieblas gobernaron el mundo durante toda la jornada porque el dios, arrodillado y con lágrimas en los ojos, veló el cadáver de su hijo recriminándose el no haberle dedicado más atención que esa caricia matutina que ya nunca más se produciría.

Había decidido alejarse de él y de su amada Clímene pensando que les protegía, que les estaba ofreciendo una vida mejor…  Pero comprendió que se había equivocado, que él había perdido parte de su alma al renunciar a su familia…  Y que su hijo nunca llegó a ser el que podría haber sido porque había necesitado de su padre y él estaba lejos, ocupado.

Cuenta la leyenda que, desde ese día, en el aniversario de la muerte de Faetonte, Helios llora desde su carro…  Haciendo así que llueva en un día soleado.

Recuérdalo la próxima vez que suceda y, si lo tienes cerca, abraza y besa a tu hijo…  Y ayúdale a descubrir quién es, de dónde viene y a dónde quiere ir.  Tú eres su sol, su faro, su fuente de vida e inspiración.  Toma conciencia de tu responsabilidad y ofrécele la luz y calor, la comprensión y amor, que todo hijo necesita.  Sólo así él podrá brillar, también, con luz propia.

Así sea.

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4 comentarios en “Mito-cuento de Faetonte, o sobre los propios orígenes y la dedicación al trabajo de los padres

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