El valor metafísico del ayuno


ayuno

Hablar de ayuno, en la actualidad, está mal visto…  Salvo que forme parte de alguna nueva dieta milagrosa para perder esos kilos que a algunos nos sobran.  Si andas buscando una solución al problema del sobrepeso, mejor deja de leer porque aquí no la vas a encontrar.

Tampoco pretendo tratar sobre los beneficios –o perjuicios- físicos que produce un ayuno prolongado.  No soy experto en la materia, así que prefiero remitiros a quien sepa más.

La única intención de estas líneas es tratar de arrojar algo de luz a por qué la mayor parte de las tradiciones espirituales que han llegado hasta la actualidad recomiendan el ayuno -o, incluso, lo imponen como obligación a sus fieles- en determinados momentos del año.  Puedes encontrar referencias a esta práctica en las Upanishad, en el Mahabaratha, en el Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento, en el Corán…  En distintas épocas y lugares aparece como un instrumento de espiritualidad.  Pero, ¿por qué? ¿Resulta realmente útil?  Como veremos, depende de cómo se viva…  Como casi todo.

Lo primero que debemos aclarar, para hacer las cosas bien, es el concepto de ayuno.  Según el Diccionario de la Real Academia Española, ayunar consiste en abstenerse total o parcialmente de comer o beber.  Wikipedia, por su parte, aporta ciertos matices: es un acto voluntario y puede tener distintas motivaciones aunque las más habituales son de carácter religioso, naturista o de manifestación pacífica (huelga de hambre).

Yo, basándome en mi propia experiencia y en las exigencias de las tradiciones religiosas que me son más cercanas, deberé definirlo de un modo todavía más amplio al incluir la renuncia voluntaria, no sólo a ciertos alimentos y bebidas sino a toda cesión a las apetencias, goces y necesidades habituales del ser humano.

Durante la época de ayuno, uno se mortifica (muere a uno mismo, a su ego y a sus necesidades) no sólo en el aspecto físico sino en el emocional y mental.  El ayuno supone un sacrificio (de sacrum-facere, hacer sagrado) mediante una purificación del cuerpo, de la mente y del alma que se hace posible a través de la renuncia a lo superfluoEl ayuno supone centrarse en lo esencial, en lo imprescindible, y deshacerse de toda falsa necesidad para así obtener una posición de fuerza y libertad que es imposible desde nuestro habitual sometimiento –cuando no esclavitud- a esas cadenas que nos atan y que nosotros mismos hemos ido forjando eslabón a eslabón.

Pero para que el ayuno tenga este efecto sobre nuestras personas, es preciso que sea algo más que el cumplimiento de un precepto.  Es necesario que sepamos lo que estamos haciendo.  De lo contrario, el Miércoles de ceniza, el Viernes Santo, la Cuaresma, el Yom Kippur o el Ramadán no serán más que unos días de penuria por los que hay que pasar “para cumplir con las normas”.  Y sería una pena que así fuera porque se trata de una práctica que, más allá de las creencias que tenga cada uno, encierra un auténtico tesoro: el de ponernos en contacto con lo realmente necesario, el de abrirnos los ojos a la realidad de los bienes, el de liberarnos de ataduras que nos esclavizan, el de mostrarnos la simplicidad de la existencia…  Lo poco que necesitamos para ser y hacer mucho.

Séneca, en sus Cartas a Lucilio, le hace las siguientes recomendaciones en este mismo sentido:

“Destina algunos días en los que prescindas de tus bienes y te familiarices con tus necesidades. (…)  Seremos ricos con más tranquilidad si llegamos a saber que no es cosa grave el ser pobres. (…)  Ningún otro es digno de Dios que el que desprecia las riquezas.  y no te prohíbo que las poseas, pero quiero conseguir que las poseas con intrepidez, y lo lograrás de un solo modo: si te convences de que tú has de vivir felizmente sin ellas, si las miras como su han de escaparse siempre”.

Séneca fue un filósofo rico. Como la mayoría de nosotros, tenía más de lo realmente necesario.  Y no renunció a ello.  Simplemente se esforzó en poseer sus cosas, y en no ser poseído por ellas.  Tenía bien claro que la riqueza tenía mucho más que ver con lo que se necesita que con lo que se tiene, y recomendaba el ayuno como medio para tomar consciencia de lo poco que es imprescindible, como escuela de desprendimiento, como camino de liberación, de fraternidad, de solidaridad y de alegría.

San Ignacio de Loyola, más radical él, y partiendo de una visión todavía más espiritual, ofrece un criterio de relación con los bienes materiales para el que, sin lugar a dudas, se hace imprescindible la preparación mediante la renuncia propia del ayuno.  Dice así:

“El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que es criado.  De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas cuanto le ayuden a su fin, y tanto debe quitarse dellas cuanto para ello le impiden.  Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas (…) solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados”.

Para quienes -como San Ignacio- nos consideramos miembros de la Iglesia Católica, hay un ejemplo al que no podemos hacer oídos sordos: el propio Cristo, tras su bautismo en el Jordán, se retiró 40 días al desierto donde ayunó y, tras una profunda lucha interior, salió reforzado, libre y purificado para iniciar lo que es conocido como su vida pública.  Una vida pública que cambió la faz de la tierra.

Si queremos un mundo mejor debemos transformarnos a nosotros mismos, debemos ser capaces de renunciar a lo superfluo y centrarnos en lo realmente importante.  Para ello, el ayuno resulta de gran ayuda.  Cuando comiences a privarte de pequeñas “necesidades” te darás cuenta de que obtienes un nuevo señorío sobre ti mismo que te hace capaz de ver las cosas de otro modo y de realizar hazañas que en otro momento te habrían resultado increíbles.

Vacíate de lo que te sobra, permite que el ayuno te transforme, deja que se opere el milagro.  Libérate de todo aquello que no te deja descubrir quién eres en realidad ni para qué estás aquí.  Tu felicidad depende de ello.  Y la del resto del mundo, también.  Porque tú eres una pieza imprescindible en la historia, tienes un papel que sólo tú puedes ocupar…  Pero tienes que estar pendiente, no vaya a ser que –ocupado en otros menesteres más superficiales- dejes pasar la oportunidad de tu vida.

Ayuna, resérvate tiempos de renuncia a lo prescindible…  Céntrate en lo esencial…  Verás qué cambio…  Espiritualidad “en vena”.

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4 comentarios en “El valor metafísico del ayuno

      1. Me agradaría hacerte llegar un Libro que posee enseñanzas muy profundas, y como tú dices “Sabio es el que saborea la Verdad”, hay en él muchos manjares para saborear.
        Podemos ponernos en contacto por mail?

        El mio es: xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

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