Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

NUESTRA SOCIEDAD: ACTIVIDAD FRENÉTICA QUE OCULTA EL VACÍO EXISTENCIAL


“Cuanto más se ahonda en la materia,

más se acentúan y amplifican los

 elementos de división y oposición.

A la inversa, cuanto más nos elevamos

 hacia la espiritualidad pura,

más nos aproximamos a la unidad,

que no puede realizarse plenamente

 más que por la conciencia

de los principios universales”

 

 

René Guénon

Hay quienes somos de la opinión de que vivir es más que pasar por la vida dejándose llevar por las olas cual navío a la deriva, algunos pensamos que consiste en conquistar la existencia, en poseerla, en amarla, en hacerla nuestra.  Y, como en el amor humano, esta seducción exige conocerla, comprendernos a nosotros mismos, mostrarnos tal cual somos, pasión y un esfuerzo continuado para ser fieles en la relación.  No es poco, por eso iremos por partes, para evitar intentar abarcar mucho corriendo el riesgo de apretar poco.

Coincidirás conmigo en que lo esencial de toda vida es el dotarla de sentido; el responder a las preguntas de “¿quién soy?”, “¿de dónde vengo?” y, la no menos importante, de “¿a dónde voy?”.  Sí, no me parece un atrevimiento afirmar que el conocimiento más elevado es el que nos permite conocer al hombre en su compleja profundidad.  Lo que sucede es que no todos los seres humanos tenemos las mismas cualidades y actuaciones –tal vez, porque somos más o menos libres- lo que dificulta su estudio particularizado.  En cambio, si centramos nuestro estudio en la sociedad, entendida ésta como “agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida”[1], observaremos que es éste un buen punto de partida para realizar una primera aproximación a la intimidad del ser humano de nuestros días.  Es cierto que se trata de un estudio de lo individual que bebe de una generalización no exenta de errores, pero este imperfecto método nos acerca más al conocimiento de nosotros mismos y del mundo que nos rodea que la inactividad intelectual que tratan de imponer cientos de seguidores del relativismo o del idealismo más radical.

Así pues, te propongo que –a pesar de los pesares- comencemos poniendo la vista sobre la sociedad, el escenario de nuestra vida.  ¡Qué pocas veces dedicamos tiempo a esta labor, pero qué necesaria es!  Plantéate, si no, lo siguiente: la sociedad, el mundo que conocemos, es el tablero en el que jugamos la partida que es la vida.  Un tablero con unas casillas, límites y normas preexistentes que son anteriores a toda partida y que configuran el propio juego.  Unas casillas, límites y normas que debemos conocer para avanzar con paso firme hacia la victoria; unas casillas, límites y normas que no siempre se respetan, con lo que algunos –con sus trampas, voluntarias o involuntarias- dan lugar al caos, al desorden, al aturdimiento que produce no saber qué objetivo se tiene (la finalidad de nuestra vida) ni cómo avanzar para conquistarlo (qué conducta seguir para alcanzar una vida lograda).  ¿Imaginas cómo sería jugar una partida de ajedrez con un contrincante que moviera sus fichas a su antojo, sin atender al reglamento del juego?  Esa misma sensación es la que nos oprime el corazón a quienes entendemos que la vida tiene una finalidad, unos tiempos y unos modos y, constantemente, nos encontramos frente a quienes no ponen más límites a sus actuaciones que sus apetencias o su voluntad.  Unos lo hacen por ignorancia y otros por tener un equivocado orden de prioridades…  Es una pena que no se den cuenta de que, obviando las normas, podrán matar a los peones del contrincante, podrán ocupar las posiciones que deseen, podrán sentirse los dueños del tablero…  Pero no podrán ganar la partida porque están fuera de ella; no podrán disfrutar del aprendizaje que supone el ponerse en el lugar del adversario anticipándose a sus movimientos; no podrán entender que el principal contrincante de una partida de ajedrez es uno mismo y sus limitaciones; no habrán entendido el juego y, aún sintiéndose más maduros e inteligentes que quienes respetan los principios del arte que es el ajedrez, no se darán cuenta de que están jugando como un principiante, como el niño que por primera vez se sienta frente a un tablero…  Pero con dos diferencias.

Primera, el crío tiene voluntad de aprender y el “super-hombre” niestzchiano cree, como el “hombre-masa” de Ortega, que ya lo sabe todo.  Y, segunda diferencia, en el ajedrez siempre estás a tiempo de aprender y rectificar, si no es en esta partida será en la siguiente…  Pero en la vida sólo hay una oportunidad, y hay que aprovecharla, más vale jugarla bien.

Pese a ello, dime (ahora que no nos oye nadie, es un decir) cuánto tiempo dedicas cada día a reflexionar en torno al serio juego que es la vida.  No te hablo de conocimientos puntuales, profesionales o técnicos; no estoy pensando en si conoces las últimas estadísticas ni si eres consciente de los riesgos económicos que supone el alto endeudamiento familiar.  Estoy pensando en el entorno social como medio de desarrollo humano, como instrumento para permitir al hombre alcanzar todo aquello que, conforme a su naturaleza y personales cualidades, puede y debe llegar a ser.  Te hablo de descubrir al uno a partir del muchos, de conocer al Uno a través del todo.

Estamos tratando, imagino que te das cuenta, de lo que hoy se consideran conocimientos inútiles, tan inútiles que se están desterrando –incluso- de la educación de nuestros hijos, pese a que constituyan la esencia de nuestra diferenciación con el resto de animales.

Quizá pudiera ser ésta la principal característica de la sociedad occidental en crisis en la que nos ha tocado vivir: se da una mayor importancia a los conocimientos “prácticos” –directa y únicamente aplicables a la materia- que a los “especulativos o abstractos” –aplicables al interior del ser humano y, a través de él, al mundo que le rodea-, a la acción que a la reflexión, a la materia que al espíritu, a lo cambiante que a lo inmutable.  Incluso, suele desterrarse lo intelectivo o espiritual (lo propiamente humanístico) para ensalzar en su cumbre a lo práctico, a la acción, a lo material.  La cuestión es: ¿debe ser así?

No sé cuál será tu opinión, pero voy a intentar que razonemos juntos.  Tal vez, en algún momento del trayecto nuestros caminos se separen –puede suceder- y la desventaja de los escritos respecto del diálogo es que no me lo podrás hacer saber inmediatamente.  Por eso voy a pedirte un favor y a ofrecerte una solución: mi petición es que leas el razonamiento que propongo hasta el final (facilitará que me comprendas completamente y, tal vez, pueda servirte algún argumento para algo), mi propuesta es que me hagas llegar tus desavenencias a través de la opción de comentarios de este blog.  De este modo lograremos convertir en diálogo el largo monólogo que suelen ser los textos, de manera que también yo pueda enriquecerme con tu lectura.  Dicho esto, volvamos a la pregunta que teníamos sobre la mesa: ¿debe la acción sustituir a la reflexión o contemplación?

En el plano teórico parece que la respuesta está clara: generalmente, antes de hacer algo, entendemos que debemos dedicar un tiempo a pensar qué vamos a hacer y por qué.  Pero, en la práctica diaria, no siempre es tan sencillo.  ¡Cuántas veces actuamos por inercia, hacemos por hacer, sin pensar ni qué ni por qué hacemos las cosas!  Pongamos un par de ejemplos -a vuelapluma- para concretar un poco sobre qué estamos hablando: el trabajo y los avances científicos.

Trabajamos a todas horas, trabajamos sin medida.  Lo hacemos para subsistir, solemos repetir.  Tenemos necesidades económicas que satisfacer, nos justificamos.  Pero, ¿nos hemos detenido en alguna ocasión a plantearnos qué es el trabajo? ¿Cuál es su función? ¿Podemos trabajar en cualquier cosa o debiéramos dedicarnos a aquello para lo que estamos más cualificados? ¿Es un deber moral realizar los trabajos lo mejor posible? ¿Puede considerarse que trabajando participamos en el acto creador de Dios? ¿Puede uno llegar a santificarse a través del trabajo? ¿Cómo transmutar en sagrado algo tan profano como el trabajo? ¿Compensa un mayor sueldo a costa de sacrificar la familia, el estudio o el ocio? ¿Qué es y para qué sirve el salario?

Inercia, como seres inanimados y sin voluntad propia, como veletas, solemos dejarnos llevar por donde marca el viento.  El exceso de actividad embota nuestros razonamientos hasta convertirlos en prácticamente inexistentes, dejándonos sometidos al imperio del impulso del momento, robándonos nuestra humanidad, transformándonos en perdidas ovejas a la espera de un pastor que les diga qué hacer, que les indique dónde ir, que las dirija…  Aunque sea al matadero.

Sí, puede que un primer riesgo consista en actuar casi sin pensar, en caer en manos del capricho de la acción, en el reino de la actividad frenética.  Pero hay ocasiones en las que se cruza también la frontera pero resulta más difícil darse cuenta porque parece que no estés dedicado a la acción sino al pensamiento.  El problema es que se trata de “pensamiento débil”, de concepciones directamente vinculadas a la materia por su origen o exclusiva aplicabilidad.  Así, tras la imagen de un sabio dedicado al pensamiento, en ocasiones se oculta alguien que desconoce prácticamente todo sobre las auténticas ideas, sobre aquellas que no proceden ni se aplican directamente a la materia sino que, por su mera aprehensión, actúan sobre el espíritu de quien las conoce, transformando a la persona.  Eso sucede con el segundo ejemplo que voy a proponerte: muchos de los estudios científicos que se realizan en la actualidad.

Vivimos una época en los que los avances científicos y técnicos se suceden a una velocidad vertiginosa, en la que las teorías contradictorias se sustituyen sin ningún tipo de pudor, en la que la ciencia se convierte en religión y trata de explicar lo que para sus métodos resulta inexplicable (cuando no inabarcable), en la que el límite a la experimentación científica ha desaparecido.  Y, si bien es cierto que en ocasiones (como cuando alguien propone utilizar a seres humanos adultos como cobayas) nos escandalizamos durante un rato, no es menos cierto que nuestra sensibilidad se ha vuelto comparable a la de un paquidermo y no nos damos cuenta de que, por ejemplo, cada día, en miles de laboratorios, investigadores entregados a la mística de sus descubrimientos –cual nuevos doctores Frankenstein- investigan, manipulan y aniquilan seres humanos en estado gestante con el beneplácito de la ley y la sociedad.  Actúan, investigan, pero no se paran a pensar qué están haciendo.

Hombres dedicados a la investigación, al estudio, pero con los ojos puestos en la materia, cuando no en el bolsillo, en el vil metal que es el dinero transmutado en Dios que todo lo puede.  Bajo su apariencia de sabios se esconden asustados alfareros que creen que obviando lo espiritual, esto desaparecerá…  Cuando la realidad es otra muy distinta:  el olvido del alma conllevará la abolición de la materia.

Pero no es éste el momento de tratar estas cuestiones; ya hablaremos en otra ocasión sobre la nefasta visión del trabajo y la ciencia que muchos de nosotros mantenemos viva en nuestras mentes a día de hoy, por algún tipo desconocido de asunción irracional de falsos modelos que nos convierte en seres carentes de sentido común.

Retornando al nudo gordiano del tema que nos ocupa, podemos afirmar que nos encontramos ante una cuestión largamente debatida por aquellos que tratan de levantar el velo de Isis, por aquellos que no se contentan con seguir en el mundo de sombras – ése al que hace referencia Platón en el mito de la caverna- sino que pretenden romper las cadenas que les atan para, volviendo la vista atrás, ver la realidad que genera esas figuras en la pared.  Estos heroicos hombres, estos amantes de la Verdad, denominaron a esta materia la “tensión entre contemplación y acción”.

Puede parecerte que se trata de una cuestión carente de interés; no te dejes llevar por las apariencias, haz un esfuerzo y oblígate a seguir leyendo…  Tal vez encuentres las llaves que te abran la puerta que conduce a una mejor comprensión de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.

Decíamos antes que una relevante característica de nuestra sociedad podríamos apuntar que es la primacía de la acción sobre la reflexión, de lo material sobre lo espiritual.  Y creo que hemos convenido que lo que parecería más lógico sería que la acción se apoyara siempre en una reflexión previa.  Pero no hemos debatido sobre lo que entendemos por reflexión.

En mi caso, sólo entiendo por reflexión –en este sentido- la contemplación de las Ideas con mayúscula.  Y, ¿cuáles son éstas?  Las que son inmutables, eternas, las que no varían, las que hacen referencia a la esencia del hombre, del cosmos, de la realidad: la filosofía perenne (en sus distintas modalidades) y la religión (entendida como veremos más adelante).  Se trata, en definitiva, de esas ideas que no son nuevas, sino eternas, verdades que no son producto de nuestro raciocinio sino que existen independientemente de nosotros, simples aprendices que no podemos optar a nada más que descubrirlas o, aun mejor, redescubrirlas, contemplarlas y, finalmente, hacer que germinen en nuestra existencia cotidiana (he aquí una de las claves para llegar a ser contemplativos en medio del orbe, sin necesidad de huir materialmente del mundanal ruído).  La superioridad de éstas ideas se fundamenta en su inmutabilidad.  ¿Por qué?  Porque la acción, el cambio, la variación, no es más que la transformación de una realidad defectuosa que busca la perfección; sólo lo que es perfecto no varía.

“¿Me estás proponiendo la existencia de una verdad absoluta, eterna e invariable?”, supongo que te estarás preguntando.  “¿No es este planteamiento diametralmente opuesto a la idea dominante de que la verdad depende del color del cristal con que se mira?”, imagino que te inquirirás.

Antes de colgarme la etiqueta de nuevo Torquemada –a todos nos encanta clasificar a la gente, aunque cada hombre sea distinto e inclasificable- plantéate si no será que, en nuestra civilización, ya no nos preocupamos por la verdad sino por la realidad (a la que redefinimos reduciéndola a lo que sería la “realidad sensible o material”), una realidad a la que concebimos como constante movimiento, como constante búsqueda, como constante progreso, como constante desencuentro y como constante insatisfacción.

Sí, vivimos unos paradójicos tiempos en los que el hombre se enorgullece de su ignorancia, de su agnosticismo, de su falta de sabiduría, hasta el punto de pretender prohibir al resto el conocimiento de lo que él ignora argumentando que “lo que yo desconozco no puede saberlo nadie” o, con mayor atrevimiento, “lo que para mí permanece oculto es que no existe”.  Parece que somos incapaces de elevarnos por encima de lo sensible, parece que no exista nada que no pueda ser visto o tocado y, cuando se admite su existencia, se matiza rápidamente que se trata de algo no sólo desconocido sino incognoscible, lo que exime de realizar el esfuerzo de ocuparse de ello.  En definitiva, en lugar de elevarse hacia las Verdades (superando las estrecheces de nuestra limitada razón), muchos intentan hacer bajar la Verdad hasta su ínfimo nivel humano: así, las verdades eternas contenidas en la religión y la filosofía perenne quedan caricaturizadas como fábulas de imaginativos y temerosos niños o como sueños de seniles ancianos.

¿No estaremos ante la institucionalización intelectual de la soberbia?  Porque parece que algunos de nosotros pretendemos erigirnos en centro y medida de todas las cosas, parece que pretendemos dictar al universo una serie de leyes fruto de nuestra limitada y falible razón, en lugar de esforzarnos por leer el libro abierto que es la Creación.

La consecuencia de esta opción es que ya no puede hablarse de Verdad o Bien como absolutos porque mi razón me dice algo distinto de lo que afirma la tuya.  De este modo, el racionalismo deriva en relativismo y, consecuentemente, ya sólo queda un paso que nos separa del pragmatismo, un paso que no hemos tardado en dar.  Porque, si las ideas se conciben como algo relativo, como algo que depende de la razón de cada uno, ¿para qué perder el tiempo con ellas?  ¿No resultará más razonable preocuparse menos por la Verdad y más por la utilidad?

Ya hemos recorrido –sintética y superficialmente- el génesis de la cosmovisión vigente: esa que se preocupa por lo útil (en el plano sensible, en el que todo es comprobable empíricamente) y se olvida de lo humanístico (tan real como lo material, sino más, pero ajeno a las comprobaciones científicas).  Esta manera de entender el mundo y la vida supone un absoluto desconocimiento del mismo, es algo tan grotesco como afirmar que las cosas son como queremos que sean y no como realmente son.

Así, visto en su desnudez, el planteamiento puede parecer absurdo.  Pero se han escrito tantas páginas en este sentido, hay tantos intelectuales que lo han defendido (tal vez porque si afirmamos que no existen verdades absolutas podremos pasarnos la vida escribiendo y vendiendo libros con ideas contradictorias y vacías) que han llegado a convencernos de que tienen razón.  La repetición de una mentira no la transforma en realidad, pero induce a muchos al error.  Sólo la personal, silenciosa y metódica meditación de cada uno puede ayudarle a encontrar esas respuestas de las que intentan privarnos.  Pero eso requiere un esfuerzo, un sacrificio que no todos estamos dispuestos a hacer.

Tú, estimado lector, demuestras tener el valor y voluntad necesarios para buscar la Verdad y mirarla cara a cara, aunque al principio te duelan los ojos porque no están acostumbrados a tanta claridad.  Si te parece, haremos juntos el camino (se hace camino al andar) y nos apoyaremos el uno en el otro en ese momento en que nos sintamos desfallecer.  Es éste un largo viaje –dura toda la vida- y conviene tener amigos, compañeros de travesía, para sacarle el máximo jugo a los distintos puertos en los que vayamos amarrando.  Sólo la ayuda de nuestro alter ego (la tuya, la mía) y la Providencia lograrán que superemos las dificultades que sin duda nos esperan; las complicaciones que supone nadar contracorriente en busca del Paraíso, de ese Edén para el que hemos sido creados.  Para ello, trataremos de redescubrir lo que realmente importa.


[1] Definición aportada por el  Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua.

[Adaptación del capítulo III de mi inédito “La vuelta a las catacumbas”]

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