Mito-Cuento sobre la riqueza que nos ciega


joven rico

Cuenta una vieja leyenda –de esas que contienen importantes verdades que se transmiten de generación en generación- que, en la más elevada montaña de un lejano y desconocido paraje, vivía un anciano monje cuya sabiduría y sensatez lo había convertido en oráculo viviente de los habitantes de los pueblos cercanos y lejanos.

Quienes tenían dudas sobre sí mismos o sobre cómo encauzar su vida, quienes afrontaban problemas personales o profesionales, quienes no se sentían bien…  Todos peregrinaban a la cima de la montaña para encontrarse con el ilustre personaje.

Parece ser que una fría mañana recibió el ermitaño una curiosa visita: un hombre joven, ataviado con hermosas y caras vestiduras, acompañado por dos sirvientes y un fantástico caballo…  Un joven rico, pero de mirada triste.

– ¿En qué puedo ayudaros, joven señor?- preguntó el anciano con una dulce sonrisa de bienvenida en sus labios.

– Acudo a pediros consejo, pues me han dicho que sois un gran maestro en el arte de vivir– respondió su joven interlocutor.  Mi padre es un poderoso terrateniente que me ha educado desde joven para que le sustituya yo en el cargo.  Me ha formado para ser sagaz y valeroso, para ser un líder.  Tengo a mi disposición todo el dinero, poder y fuerza que son necesarios para defender mis tierras y a mi gente.  Pero no soy feliz, me siento triste, vacío y solo…  Y siento que este estado me debilita…  También para desempeñar mi función.  ¿Qué puedo hacer?

El monje clavo su mirada en los tristes pero seguros ojos de su visitante y le contestó:

– Hace muchos años, un gran maestro respondió a un joven que acudió a él con una pregunta parecida a la que tú me has hecho: “Vende cuanto tienes, da el dinero a los pobres y tendrás un tesoro en el Cielo”.  Y sería verdaderamente una solución: si te desprendieras de todos tus bienes y te dedicaras a cultivar tu espíritu y no tus riquezas materiales, estoy convencido de que alcanzarías la paz y la felicidad que ahora te faltan…  Pero también es cierto que deshonrarías a tu familia y traicionarías la confianza depositada en ti por tu padre.  Por este motivo, voy a mostrarte un secreto que pocos conocen pero que puede cambiarte la vida…  Sígueme.

Mientras los sirvientes se quedaban al cuidado del corcel, el joven caminó tras el ermitaño, que le condujo al interior de la vivienda que éste había construido con sus propias manos entre los árboles, en un bucólico rincón.  Al cruzar el umbral, sorprendió al visitante la austeridad de la estancia, así como la paz y el sosiego que se respiraban en ella.  Acercándose a una de las ventanas de su hogar, el sabio requirió al rico heredero para que mirara a través del cristal.

– ¿Qué ves? – le preguntó.

– Veo el cielo, las nubes, el sol, el campo, mi caballo y a mis sirvientes, que están a su cuidado.

– Detente un poco más en la explicación- rogó el monje.

Atendiendo a su petición, comenzó de nuevo a relatar el joven:

– Veo un cielo azul, limpio y relajante, surcado por unas pocas nubes que parecen de algodón y por el vuelo armonioso de dos pájaros que no logro distinguir si son águilas…  Pero que lo parecen.  Veo la luz y siento sobre mi piel el tenue calor que procede del sol, haciendo más agradable el frío amanecer con el que he iniciado mi travesía.  Veo la verde y húmeda hierba y los antiguos árboles mecidos por la brisa…  Veo a mi veloz y fiel caballo, negro como la más oscura de las noches…  Y veo a mis sirvientes, ataviados con ricas vestiduras para su rango, cuidando de él…

– Bien, bien…  Muy bien- respondió el oráculo mientras se movía por la habitación. Ven ahora a esta otra ventana y dime qué ves.

Cuando el visitante alcanzó a su anfitrión, respondióle con voz alterada:

– ¡Pero esto no es una ventana, abuelo, es un espejo!

– Te digo que me digas qué ves en el cristal- le contestó sin alterarse el anciano.

– Pues qué voy a ver…  ¡Me veo a mí mismo!

Con visible felicidad, el monje continuó:

– Exacto, te ves a ti mismo…  Sólo a ti mismo…  ¿Sabes cuál es la diferencia entre la ventana y el espejo?  Que la ventana tiene un cristal transparente, vacío, puro, limpio…  Mientras que el espejo es el resultado de aplicar un poco de plata al cristal…  Y, cuando hay plata por en medio, uno deja de ver a los demás y pasa a prestarse atención sólo a sí mismo.  Ésta es la enseñanza que debes llevarte hoy de aquí, de mi hogar: no es necesario que renuncies a tus riquezas ni a tu posición, pero sí que es preciso que mantengas tu corazón desapegado de ellas.  Tú no eres lo que tienes, eres mucho más.  Y debes mantenerte como el cristal de la ventana, limpio y transparente, atento a lo que te rodea, con la vista puesta en los demás…  Por paradójico que  te parezca, sólo así alcanzarás la felicidad.  Esa felicidad que algunos comparan a una ventana que sólo se abre hacia fuera, entregándote a los demás.  No dejes que la plata ciegue tu visión y te impida ver a las personas que te rodean y el hermoso paisaje que hay a tu alrededor.  Disfruta de todo cuanto te ofrece la existencia, ésa es la auténtica riqueza que te traerá dicha y paz a tu vida.  La única que podrás acrecentar compartiéndola y la única que podrás llevarte contigo al más allá.

Con el eco de esas sabias palabras en sus oídos, el joven rico tomó el camino de vuelta a su hogar…  Con el corazón henchido de agradecimiento y alegría al ver delante de él, sobre su flamante caballo, a dos sorprendidos sirvientes que se recuperaban del cansancio del viaje mientras que su señor les seguía, sonriente, caminando con paso vivo…  Y con alas en el alma.

Aunque nada había cambiado, todo había cambiado…  Porque él había cambiado. 

Desde entonces el joven fue feliz, e irradió alegría, justicia y paz a cuantos le rodeaban…  Hasta que envejeció y, siendo ya viudo, dejó a cargo de sus riquezas a su propio hijo y se fue a vivir a una vieja casa, oculta entre los árboles, en un bucólico rincón, en la que convivían una ventana y un espejo que le habían cambiado la vida.

Y allí, austero y feliz, murió y se llevó consigo un corazón repleto de tesoros a ese otro mundo en el que un sabio y anciano monje le esperaba con una sonrisa en los labios.  La sonrisa del que recibe al amigo y se funde con él en un abrazo sin fin.

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