Mito-cuento sobre la fuerza de la unión fraternal


A9259W

En estos tiempos de desencuentro y separación, de alejamiento y disgregación, me ha venido a la mente una antigua fábula –creo recordar que de Esopo- que, aunque algo “tuneada” para hacerla más entretenida, puede enseñarnos algo sobre la vida y nuestro modo de enfrentarnos a ella.

Cuenta la leyenda que hace cientos de años, en un lejano lugar, se encontraba una tierra que era gobernada con justicia y bondad por un sabio y anciano rey.  Sus súbditos eran felices porque su majestad hacía lo posible –y, a veces, hasta lo imposible- por ofrecer a sus gobernados aquello imprescindible para disfrutar de una vida buena…  Incluso en época de penurias, como aquella en la que estaban viviendo en el momento en el que transcurre la historia que me dispongo a contaros.

Eran años difíciles a causa de la escasez de lluvias…  La sequía dificultaba los cultivos y traía la hambruna a los hogares, que sólo se iba superando gracias a la solidaridad de los unos con los otros y a las ayudas que periódicamente llegaban de palacio.

Sin embargo, en épocas de dificultad siempre se caldean los ánimos…  Y aparecen problemas que traen cada vez más problemas.  Sucedió que algunos de entre el pueblo comenzaron a murmurar, y a hacer correr la historia de que la sequía era un castigo de los dioses, que no estaban conformes con el rey que llevaba la corona sobre su cabeza. Según ellos, había llegado la hora de la sucesión.  Y poco a poco, fue gestándose la revuelta…

Los siete hijos del rey, animados por los acontecimientos, comenzaron a organizar facciones para hacerse con el trono y deponer del mismo a su padre.  Unos y otros, comenzaron a prometer favores a soldados y campesinos para lograr así su apoyo…  Hasta que sus maquinaciones llegaron a oídos del rey.  Éste, pese a su avanzada edad y a su desgaste físico, sabía por experiencia que los problemas graves exigen ser resueltos con urgencia, así que solicitó la presencia de sus siete vástagos en sus aposentos privados.

Cada uno de los príncipes herederos, al recibir la citación de su padre, temió que aquél hubiera descubierto sus maquinaciones…  Y temió por su seguridad.  Pese a ello, no puede desobedecerse a un rey…  Y menos cuando es tu padre.  Así que todos asistieron…  Con el temor, eso sí, reflejado en sus contraídas pupilas.

El rey los recibió tumbado en su cama.  Con mirada feroz los miró a todos, uno por uno, del menor al mayor y –con voz débil- se dirigió a todos ellos:

– Os he educado lo mejor que he sabido, he intentado hacer de vosotros hombres libres y de provecho, príncipes capaces de reinar un día sobre estas u otras tierras…  Pero parece que no habéis aprendido la más importante de las enseñanzas del buen gobierno.  Voy a intentar, por vuestro bien y por el de nuestro pueblo, que la comprendáis en el día de hoy porque, de lo contrario, sólo nos espera el caos y la desolación…  A todos.

Los jóvenes, perplejos, se miraban unos a otros con estupor, inquiriéndose con la mirada -unos a otros- si alguno entendía de qué hablaba el anciano.

La voz del rey los sacó de su ensimismamiento:

– Coged las varas de madera de cedro que hay en ese rincón.  Hay ocho, contadlas.

Tras comprobar que el rey estaba en lo cierto, el mayor de los hijos afirmó:

– Así es, padre.  Hay ocho varas.

– Bien…  Atadlas firmemente con las cuerdas que hay en suelo de ese mismo rincón- solicitó el anciano.

Cuando el mayor de los príncipes terminó de hacer cuanto le había pedido su padre, éste lanzó un desafío a sus siete vástagos:

– A ver quién de vosotros es capaz de romper esas ocho ramas…

Pensando que se trataba de una prueba de fuerza para elegir a su sucesor, los ocho hermanos –uno tras otro- pusieron todas sus fuerzas y empeño en intentar quebrar las varas de cedro…  Pero les resultó imposible.  Acalorados, cansados y sudorosos, con la respiración entrecortada a causa del esfuerzo, escucharon a su padre susurrar:

– Bien, bien…  Ahora desatad las cuerdas y tomad cada uno una vara de cedro.  Y, por favor, dejadme a mí la más delgada de todas.

Cuando su solicitud había sido atendida, tomó su vara y –con cierta facilidad- la quebró.  Sus hijos, que no entendían de qué iba aquello, le oyeron decir:

– Haced lo mismo que yo he hecho, romped vuestra vara.

Todos, debido a su juventud, pudieron seguir sus indicaciones con facilidad…  Y ocho ramas partidas de cedro fueron abandonadas sobre el suelo.

Dijo entonces el anciano rey:

– Ésta es la lección que hoy debéis aprender: cada una de las varas de cedro nos representaba a uno de nosotros, a cada uno la suya.  Cuando estaban unidas, nadie ha podido quebrarlas.  Sin embargo, al separarlas, habéis podido romperlas con mucha facilidad.  Yo lo sé, y nuestros enemigos lo saben.  Mientras estemos unidos, nuestras flaquezas se verán protegidas por la fortaleza del resto de la familia…  Sin embargo, si cada uno de nosotros empieza a preocuparse por sus intereses egoístas y olvida sus obligaciones como hijo, como hermano y como príncipe, él caerá y nos hará caer a todos en el caos, en la guerra y en la desolación.  El secreto de nuestra prosperidad como reino –y de la paz de la que siempre hemos gozado- se encuentra en la fortaleza que se deriva de nuestra unión alrededor de unos altos valores y principios, de unos valores y principios que hemos transmitido también a nuestro pueblo y que nos ha ayudado a superar los momentos de dificultades.  La valentía y fortaleza se demuestran ante las adversidades y hoy, más que nunca, son precisos héroes que den ejemplo e inspiren a los demás.  Ésa es vuestra función como príncipes y, cuando yo muera, como gobernantes.  Haced el favor de no olvidarlo porque, de lo contrario, todas las batallas que gané y todas las tierras que conquisté a los bárbaros para llevarles la paz no serán más que humo, un espejismo…  Ningún valor tendrán si he perdido la más importante de las batallas: la de hacer de mis hijos auténticos hombres de bien.

Cuando terminó de hablar, un respetuoso silencio tomó el dormitorio.  Apenas se escuchaba la emocionada respiración de los príncipes que, uno a uno, y con lágrimas en los ojos, se acercaron al lecho de su padre y -con absoluta sinceridad y arrepentimiento- le pidieron disculpas por su mala cabeza.

No se sabe si es que la tarde también se emocionó, o si es que los dioses perseguían y esperaban la transformación de los príncipes, pero esa misma noche llovió…  Y volvieron los frutos a las cosechas… Y a la vida de unos príncipes que ese día habían obtenido la mayor de sus victorias.  La victoria contra sus propios demonios, que fueron derrotados –como siempre- por la fuerza de la conciencia y el amor.

 

También nosotros tenemos nuestros propios demonios y un reino que defender, quiera Dios que seamos capaces de guiarnos por tan altos ideales y de mantener esa fraternal unión que nos vuelve invencibles.  La situación lo exige, nuestra paz y felicidad…  También.

Anuncios

Un comentario en “Mito-cuento sobre la fuerza de la unión fraternal

  1. Muy ilustrativo lo tuyo Joaquín.
    Por estos lados se está fomentando mucho el concepto de “Igualdad” (igualdad de género, igualdad económica, etc.) como si fuera la forma de generar unión, pero entiendo que no es más que un principio de no discriminación por nuestras diferencias humanas.
    Recordaba, con tus palabras, una frase del Maestro:
    “Más allá de la igualdad está la Unidad”
    Y este concepto de Unidad, cuando lo sentimos en el corazón, es el que verdaderamente nos lleva a no discriminar, a sentir y por lo tanto respetar que cada uno de nosotros somos imprescindibles, y que tenemos una función dentro del “cuerpo” del Universo, que nadie puede hacerla por nosotros.
    Y este concepto de Unidad vale tanto para el ateo o materialista, como para el creyente. Porque ya sea que nos consideremos hijos del Creador, o emanados y evolucionados del “Big Bang”, tenemos un origen común… y un destino común…

    “Que cada uno haga su parte y el Miserere se transformará en Aleluya!” Evangelio del Maestro. Pág. 41

    Un Fraterno abrazo

    Hugo

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s