Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

ÉTICA Y EMPRESA (En torno a “Fundamentos de la Dirección de Empresas”, de Juan Antonio Pérez López)


Etica

Sigo recuperando textos del baúl de los recuerdos.  En este caso, una recensión sobre una obra de management de un reputado autor.  Aunque algunos de mis planteamientos han evolucionado desde entonces y ya no puedo suscribir sin matizar cuanto se dice en el texto, he respetado la redacción originaria pues –de un modo u otro- en ella se encuentran las semillas de mis posiciones actuales.

 

 

Introducción

Lo primero que descubre el neófito al asomarse a la obra de Juan Antonio Pérez López sobre la que se nos ha pedido una recensión (“Fundamentos de la Dirección de Empresas”) es que nos encontramos ante un libro de antropología y ética, vestido con el traje de manual para directivos.

Este hecho no debería extrañarnos puesto que el autor dedicó su vida a la formación relacionada con el mundo de la empresa sin perder, por ello, su  profunda e íntima preocupación por el ser humano.  En consecuencia, su acercamiento a la economía no podía ser más que humanístico y, del mismo modo, su aproximación a la antropología debía necesariamente contener aspectos empresariales.

Pero, ¿cómo logra el escritor mantener una línea expositiva en la que al mismo tiempo se están tratando aspectos empresariales y antropológicos?  El nexo de unión entre ambos mundos no es otro que el de la definición que aquél da del concepto de empresa y de las finalidades que a ésta otorga.

Desde ese punto de partida, se nos lleva de la mano a través de la profundización en las distintas teorías de la motivación humana, del funcionamiento interno de las organizaciones, de las funciones de los directivos y de la ética que debe regir el comportamiento de éstos y del resto de sus colaboradores.

Siguiendo la exposición del autor, sólo cabe concluir que la asunción como propia de la idea de empresa que se propugna en esta obra supone el inicio de un replanteamiento de la vida, de la economía y del propio ser humano, que sólo puede calificarse de ascesis ética.

Conscientes de que cualquier intento de sintetizar el contenido del libro supondría una pérdida cualitativa de la exposición, y puesto que nos encontramos en un curso de doctorado de carácter interdisciplinar, hemos decidido centrar nuestra atención en la relación entre ética y empresa.

En consecuencia, recorreremos el camino iniciado por el autor, pero en el sentido contrario: él escribió un libro sobre la Dirección de Empresas en el que hablaba sobre la Ética, y nosotros haremos una exposición sobre Ética en la que trataremos sobre la Dirección de Empresas.

Confiemos en que nuestra recensión sirva para arrojar algo más de luz sobre un tema controvertido y ampliamente discutido por formar parte de una de las facetas más importantes de la existencia humana, la de la toma de decisiones personales y profesionales.

Sobre la Naturaleza del Trabajo y la Empresa

 

 

Los seres humanos tenemos necesidades.  Para poder cubrirlas, debemos actuar.  En ocasiones, una acción individual no es suficiente.  En consecuencia, buscamos el apoyo ajeno, la ayuda de otra persona cuya colaboración nos haga posible alcanzar la meta deseada.  Esta experiencia, que todos hemos tenido alguna vez (y sobre la que algunos fundamentan la sociabilidad humana) es, también para el Dr. Pérez López, la razón de ser de las organizaciones humanas (entre las que se encuentra la empresa como Institución).

 

En este sentido, su tesis defiende que aquéllas son el medio de acción de los individuos sobre el entorno para lograr unos resultados que no serían alcanzables sin ese esfuerzo conjunto que coordina la organización.  Unos resultados que, como veremos más adelante, pueden sintetizarse en : cubrir necesidades elementales, perfeccionarse a uno mismo y mejorar el mundo en el que uno vive.

 

En esa misma línea de pensamiento, y de un modo mucho más concreto y ceñido al ámbito de la empresa, decía Rafael Termes -en el transcurso de una conferencia ofrecida durante el II Seminario de cuestiones empresariales del Colegio Mayor Moncloa- que:


 “la finalidad de toda empresa mercantil es crear riqueza, añadir valor económico, prestando a la sociedad el servicio propio de su actividad.  Sin estas dos condiciones, prestar servicio y generar rentas para los que integran la empresa, aportando capital, trabajo y decisión, la empresa mercantil no se justifica.  La empresa que no presta servicio, que no produce algo que contribuya al bien común, rectamente entendido, no se justifica éticamente; la empresa que –dicho sea en términos coloquiales- no gane dinero, no se justifica económicamente.

 

(…) Una organización de hombres productora de bienes y servicios que no genera beneficios –que no genera riqueza-, no es una empresa.  Puede, sin embargo, ser una maravillosa organización humana si redunda en beneficio de la calidad de los hombres que la integran.  Si, por el contrario, genera beneficios, pero lo hace a costa del deterioro de la calidad de la personas que la integran, no es más que un instrumento de malversación de capital humano.

 

Por lo tanto, las empresas (…) se justifican –en el seno de una sociedad- si en ellas se sintetiza o se intenta sintetizar la eficacia económica con la eficiencia humana”.

 

Para comprender mejor esta idea de la empresa como organización humana que persigue cubrir necesidades y transformar tanto al hombre como a la sociedad en la que este vive mediante el trabajo por éste realizado, debemos reflexionar sobre el elemento que cubrirá las necesidades y producirá esa mejoría personal y social; el trabajo.  Porque debemos tener en cuenta que todos aquellos que forman parte del proceso productivo o económico se dedican, de una u otra forma, a trabajar.  Así, una interesante teoría sobre la naturaleza del trabajo que puede sernos de utilidad en este sentido es la espléndida y claramente expuesta por Ricardo Yepes  y Javier Aranguren en una de sus obras capitales[1].  Dice así:

 

“(…) El hombre inventa su adaptación al mundo, y también los medios para llevar a cabo esa adaptación.

La aparición de instrumentos es una manifestación de comportamiento inteligente:  es el conocimiento intelectual el que hace posible separarse de las necesidades inmediatas e inventar una solución para necesidades futuras.

(…) El uso de instrumentos, y posteriormente su fabricación, tiene como finalidad la satisfacción de las necesidades humanas. (…) El hombre es un ser íntimamente perfectible que perfecciona el modo de satisfacer sus necesidades mediante la técnica.  Esto se puede definir como trabajo.”

 

Una vez analizado el concepto de trabajo, los Doctores en filosofía Ricardo Yepes y Javier Aranguren citan los fines que, desde una perspectiva antropológica, corresponden al trabajo.  Su conclusión es que el trabajo tiene una triple finalidad:

 

  1. Obtener aquello que se necesita (cubrir necesidades).
  2. Perfeccionarse a sí mismo a través de los nuevos hábitos, descubrimientos, preparación, experiencia y demás frutos que acompañan al trabajo (transformación personal).
  3. Organizar y transformar el medio natural en el que el hombre vive, participando activamente en la promoción de un mundo mejor (transformación de la sociedad).

 

Como puede observarse a simple vista, esta concepción antropológica del trabajo se corresponde con la noción del trabajo en sentido objetivo y subjetivo expuesto en la encíclica “Laborem Exercens[2]  y, al mismo tiempo, fundamenta los tres modelos de explicación de las organizaciones expuestos por el Doctor Pérez López en la lectura recomendada (modelos mecánicos, orgánicos y antropológicos).  Estos distintos paradigmas existentes para explicar la naturaleza y funcionamiento de las organizaciones humanas se corresponden con una imagen simplificada de las mismas, con una reducción que deja fuera algunos aspectos de la realidad.  A modo de muy breve y sintético esquema, podríamos establecer la siguiente correlación entre cada uno de esos tres modelos y la idea de fondo que late en cada uno de ellos:

  • Los modelos mecánicos se caracterizan por contemplar la organización como una “simple coordinación de acciones humanas cuya finalidad es la de producir y distribuir una serie de objetos y/o servicios” [3].  Es decir, reducen la función del trabajo a la primera de las finalidades expuestas; la de cubrir necesidades, materiales y elementales,mediante la producción.

 

  • Los modelos orgánicos añaden, a la noción anterior, el interés por los beneficios que produce –para el propio individuo- la realización de sus funciones (de su trabajo) dentro de la organización.  Se reconoce la importancia del aprendizaje adquirido mediante el desempeño de la labor correspondiente, lo cual supone un adelanto respecto a la teoría anterior, pero todavía no alcanza la plenitud de la teoría antropológica.

 

  • Los modelos antropológicos, a los cuales se suman –entre otros muchos- los anteriormente citados Doctores Pérez López y Termes, asumen las tres finalidades del trabajo propuestas por Ricardo Yepes y Javier Aranguren.  De este modo, asumen las funciones del trabajo propuestas por las teorías antedichas, pero le añaden un tercer factor: el sentido de trascendencia, la preocupación o interés por los efectos y beneficios que el trabajo personal produce en el ámbito ético-moral y en terceras personas.

 

Parece claro que la asunción de una u otra teoría tendrá amplios efectos, entre otras cosas, sobre el modo de motivar al persona, sobre el funcionamiento interno de las organizaciones y sobre la actuación de los directivos en la asunción de objetivos y toma de decisiones[4].

 

Lo que no se nos debe escapar es que no nos encontramos simplemente ante distintas teorías sociológicas o económicas.  Éstas son el fruto de distintas visiones antropológicas, de las distintas formas de entender al ser humano y su existencia.

 

Como consecuencia de que las organizaciones que estamos mencionando (entre las que se encuentran las empresas) están formadas por seres humanos, la concepción que se tenga de la persona influirá sobre la noción imperante respecto al “deber ser” de la sociedad, de la organización, de la empresa, de la familia o de uno mismo.

A lo largo de las siguientes páginas no vamos a desarrollar una erudita descripción de los tres paradigmas anteriormente citados y de sus efectos en los distintos ámbitos de la empresa, sino que nos centraremos en la relación entre ética y la vida económica según la postura que hemos encontrado más adecuada a nuestra cosmovisión: el paradigma antropológico.

 

 

Sobre la Vida Económica, el dinero y la crematística

 

 

Teniendo en cuenta que vamos a introducirnos en la ética en el marco del mundo empresarial, parece razonable comenzar haciendo un análisis sobre qué dice la ética –al menos la que aquí defendemos (basada en el humanismo cristiano o, si se quiere, en la influencia del iusnaturalismo escolástico)- respecto a ese mundo.

 

Siguiendo nuevamente a los Doctores Yepes y Aranguren, podemos partir de la premisa que:

 

“la economía es la parte del saber humano que se centra en cumplir la satisfacción de necesidades, necesaria para el desarrollo armónico del resto de las actividades humanas”.

 

Esta definición es fácilmente asumible porque, como expone el Doctor Pérez López, en la introducción al capítulo sobre la motivación del libro que estamos empleando como hilo conductor de nuestra exposición:

 

“prácticamente todo el mundo está de acuerdo en que las personas trabajan para satisfacer sus necesidades o apetencias.  El desacuerdo empieza a aparecer en el momento en el que se intenta concretar cuáles son esas apetencias”.

Un desacuerdo que surge, una vez más, como consecuencia de la diversidad de cosmovisiones, de teorías antropológicas, de regulaciones éticas que rigen la existencia y comprensión del ser humano.

 

En nuestro caso, entendemos que la libertad del ser humano dota a éste de la posibilidad de convertir en auténticas necesidades fines no estrictamente orgánicos que van más allá de las necesidades más esenciales (la alimentación, el vestido y la vivienda).  Porque, generalmente, “no nos limitamos a devorar, guarecernos o cubrirnos, sino que inventamos y enriquecemos esas necesidades haciendo de lo básico un campo de expresión de la riqueza humana”[5].

 

Llegados a este punto, podríamos enlazar con las concepciones expuestas en el epígrafe anterior y concluir que el trabajo –mediante el que se actúa en la vida económica- es el medio por el que el hombre se hace con los recursos necesarios para lograr la supervivencia (cubrir necesidades elementales) y el desarrollo (alcanzar una situación de bienestar).

 

Cuando decimos “bienestar”, nos estamos refiriendo al sentimiento que produce la satisfacción no sólo de las necesidades elementales orgánicas, sino también de las espirituales que conducen a la armonía del ser humano con su cuerpo físico y su entorno físico, social e interpersonal.  Es decir, habrá bienestar cuando se produzca

 

“la humanización de las condiciones materiales del propio vivir, de un modo tal que entonces puedan satisfacerse otras necesidades, igualmente humanas y quizá aún más importantes. (…) [El bienestar] consiste en el disfrute de unas condiciones materiales que faciliten las actividades humanas propias de la vida buena.  Es decir, es un requisito previo para llevar una vida buena: o la persona tiene solventadas sus necesidades materiales, o no podrá dedicarse a tareas propiamente humanas.  Estar encerrado en el mundo de la necesidad es una situación lacerante que hay que combatir.(…) Sólo desde una disposición de bienestar (estar-bien) estoy en condiciones de dedicarme a los bienes más propios de mi naturaleza (conocer, querer, hablar)”[6].

 

Tal vez fuera éste el convencimiento que llevó a Pieper a afirmar que:

 

“El ser humano, a diferencia de los otros animales, es radical y naturalmente pobre, en el sentido de que en efecto es pobre todo el que tiene menos recursos que necesidades, por abundantes que los primeros puedan ser”[7].

 

Y éste, a su vez, el que motivó la siguiente reflexión de Fisher y Dornsbusch en su manual sobre economía:

 

“El problema económico central de la sociedad es cómo reconciliar el conflicto entre las necesidades y deseos casi ilimitados de los individuos de bienes y servicios, y la escasez de recursos necesarios para producirlos”[8].

 

Volviendo a la antropología y a la ética deberemos decir que, de acuerdo con lo antedicho, los deseos de bienes y servicios sólo resultarán adecuados cuando efectivamente faciliten la humanización de la persona, su desarrollo integral.  Cuando, por el contrario, el afán de acumular bienes o dinero deje de ser un medio y se convierta en un fin, nos encontraremos ante una perversión de la vida económica puesto que ya no estará persiguiendo el desarrollo de la persona sino que estará impidiendo su auténtica libertad, su búsqueda de la perfección.

 

 La consideración de la riqueza como abundancia de dinero -y no como una posesión de los bienes materiales tendente a hacer posible el bienestar y una vida buena- es el rasgo diferenciador, según Aristóteles, entre crematística y economía.  Siguiendo su razonamiento, debiéramos afirmar que los títulos de algunas asignaturas y manuales debieran modificarse puesto que la materia sobre la que tratan no es la Economía (pese a que así la denominen) sino la crematística.  Y los alumnos a los que se “forma” en esta línea de pensamiento difícilmente podrán concebir un sistema de motivación -propio o del personal a su cargo- distinto del de orden material, con lo que las empresas en las que participen no podrán cumplir con las finalidades que les son asignadas por la teoría antropológica de explicación de las organizaciones humanas (cubrir necesidades, desarrollo personal integral y mejora de la sociedad). Por tanto, nos encontraremos ante empresas que, como decía Rafael Termes en el texto anteriormente citado,  no se justifican éticamente porque, pese a ser económicamente eficaces, no son humanamente eficientes; no humanizan al sujeto actuante ni a quienes le rodean.

 

Ética y Empresa.

 

 

La ética es una “ciencia” a la que últimamente se alude con cierta frecuencia en círculos empresariales, puesto que en ella empieza a buscarse la solución a los desmanes producidos por una concepción, entre mecanicista y psicosociológica, favorecida por el sistema y que sólo ha promovido un egoísmo y un afán crematístico que ha llevado a algunos hombres a fracasar como directivos, como gestores y como personas.

 

El problema es que, en ocasiones, se habla de “Ética del Mundo de los Negocios” sin tener plena conciencia de qué es la ética ni de la influencia que ésta debe ejercer sobre las decisiones empresariales.

 

La función de las próximas líneas  no es otra que tratar de aportar algunas nociones generales que faciliten una reflexión personal sobre tan compleja materia; unos criterios que nos sirvan de “hilo de Ariadna” que nos conduzca -con paso firme y seguro- al centro del laberinto, a la resolución de una problemática a la que cada día más estudiosos prestan atención: la vinculación que debe existir entre ética y empresa.

 

Puesto que ya hemos definido qué entendemos por empresa, veamos ahora qué entendemos por ética.  Según la mayoría de diccionarios filosóficos, el sustantivo “ética” hace referencia a la ciencia que se refiere al estudio filosófico de la conducta humana, considerada en conformidad o disconformidad con una norma.  Es más, para diferenciarla de la moral se suele añadir que:

 

“se encuentra regida por la idea de una vida humana plena de sentido, por lo que busca metódicamente y sin referencia última a autoridades políticas y religiosas o a tradiciones consagradas y confirmadas por la práctica, enunciados con validez universal sobre la acción buena y justa[9]”.

 

Pero la Ética (con mayúscula) no es una ciencia de mero conocimiento sino un conocimiento práctico, que exige coherencia entre lo que se conoce y lo que se practica, y cuyo objeto último es la transformación del hombre.  Una transformación del “ser” al “deber ser”, un perfeccionamiento de todas sus potencialidades y eliminación de todos sus vicios y defectos, en aras de un desarrollo integral de la persona que lo asemeje al ideal de ser humano.  Así lo expresó Rafael Termes en su disertación en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de Madrid el 21 de noviembre de 1995:

 

“La ética califica lo que “se hace” a la luz de lo que “se debe hacer”.  Es más; dice cómo pasar del “ser” al “deber ser”: este “cómo pasar” es precisamente el papel de la norma, la ley, la regla de comportamiento para alcanzar el fin”.

Germain Grises y Rusell Shaw, en su curso de Ética[10] afirman que todo acto propiamente humano (voluntario, consciente y libre) es susceptible de calificación ética.  Si la actuación se adecua a la norma, el acto es bueno; si no, es malo.  Puesto que las actuaciones en el mundo de los negocios merecen -la mayor parte de las veces- la calificación de conscientes, voluntarios y libres, podremos concluir que serán actos éticamente correctos o incorrectos y que, consecuentemente, perfeccionarán al sujeto o, por el contrario, lo alejarán de su “deber ser”.  Y, de acuerdo con lo dicho hasta el momento, si las actuaciones que promueve una compañía no son éticas no estará posibilitando sino frenando el desarrollo integral de sus miembros y, por lo tanto, no será una auténtica empresa según el modelo antropológico que venimos defendiendo.

 

Como puede observarse, toda nuestra argumentación se basa en una concepción de la ética en primera persona.  Ésta presta especial importancia a la relación entre la acción que pretende realizar un sujeto y el desarrollo de la persona hacia su fin, es decir, hacia lo que quiere ser o, por mejor decir, hacia quién quiere ser, qué clase de persona decide ser.  Estamos hablando, pues, de la ética de las virtudes, que son las potencialidades que dirigen a la persona a su plenitud o perfección según el orden del ser, de acuerdo con una determinada antropología y concepción de la vida.

 

Por otro lado, existen otras tendencias éticas que se conocen bajo la denominación de “éticas en tercera persona”.  En éstas predomina la valoración de los actos desde la perspectiva de un observador externo que enjuicia las acciones ajenas para decidir cuáles son buenas y cuáles son malas, de acuerdo con unas normas convencionales cuya validez habrá que demostrar o simplemente aceptar.  Por todo ello, lo que efectivamente se exige es que el comportamiento exterior –con independencia de lo que suceda en el interior del sujeto- cumpla los actos que la norma establece como buenos y evite aquellos que la norma veta como malos.

 

Es la tensión entre ambas posturas lo que da pie a que se den distintas respuestas a las cuestiones que titulan los dos próximos epígrafes.  Veamos por qué.

¿Es rentable ser ético?

 

 

Como hemos dicho anteriormente, de un tiempo a esta parte la ciencia de la Ética ha despertado un cierto interés en los ámbitos empresariales.  Este hecho, que a simple vista podría parecer esperanzador, se vuelve algo más lúgubre al comprender que no nace de un interés propiamente ético (el desarrollo integral de la persona) sino del afán egoísta de maximizar el beneficio económico.  Es decir, la preocupación por la ética en la empresa no nace, en muchos casos, de la aplicación de los criterios de eficiencia y consistencia sino de la búsqueda de la eficacia.  Por ello, antes de dar el paso adelante, algunos directivos se hacen la pregunta que da título a este epígrafe: “¿Es rentable ser ético?”

 

Qué duda cabe de que la propia formulación de esta cuestión es la más palpable prueba de que desconocen la naturaleza del concepto del que están tratando.  Como ya hemos visto, el sujeto de la ética es la persona –no la empresa- y lo que se debe perseguir con el cumplimiento de la norma es el desarrollo integral de uno mismo y de quienes le rodean (ética en primera persona que aplica los criterios de eficiencia y consistencia).

 

Pese a ello, a una pregunta concreta se debe responder con una contestación concreta.  Así, deberemos afirmar que la actuación ética (incluso en tercera persona) siempre resulta rentable… Aunque no siempre económicamente o para uno mismo.

 

Vamos a explicarnos, y vamos a hacerlo citando palabras de Rafael Termes, quien nos ha servido ya en múltiples ocasiones de fuente de inspiración y punto de apoyo de nuestras afirmaciones.  Éste, el 26 de febrero de 1993, durante el transcurso del II Congreso Internacional de Liderazgo celebrado en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, decía:

 

“Hoy es corriente oír discursos encaminados a convencer a los directivos y futuros directivos de la importancia de que se comporten éticamente, porque ese tipo de comportamiento es económicamente rentable a largo plazo. (…)  Es cierto que resulta fácil demostrar que un comportamiento ético es condición necesaria, aunque no suficiente, para la maximización de valores económicos futuros, pero esto no es la razón para ser ético, esta es simplemente una propiedad de las decisiones éticamente correctas.  Pretender que un decisor se comporte éticamente por motivos económicos es tan insensato como pretender que una persona se abstenga de beber un veneno porque tiene muy mal sabor.  Ese tipo de formación terminaría educando decisores que estarían condenados a morir envenenados en cuanto se tropezasen con venenos cuyo sabor les resultase agradable.

La ética se justifica por la consecución del fin auténtico del hombre.  Perseguir otro fin con la ética es forzar los medios, es utilizarlos para lo que no sirven.

(…)  En definitiva, la falta de ética puede ser rentable, a corto plazo, para algunos, en algunas ocasiones.  La ética es siempre rentable, a largo plazo, para el conjunto de la sociedad. (…) Para el sujeto individual que decide comportarse éticamente, la ética es siempre “rentable” en cuanto le ordena a la consecución de su fin, pero además puede, y no tiene por qué no ser rentable económicamente, a largo plazo, si el decisor se comporta no movido por el sentimentalismo, que no puede conducir a buenas decisiones, sino por la virtud de la prudencia

(…)  Elegir en función no sólo del valor económico sino además del valor psicológico y ético de los actos humanos, puede suponer un cierto coste de oportunidad; es decir, el decisor renuncia a un cierto beneficio a corto plazo que otra alternativa podría haberle aportado.  Sin embargo, al hacerlo, el decisor es consciente de que ha elegido la mejor alternativa para los demás y para él mismo, en términos de desarrollo integral de las personas.  La experiencia y también la razón nos dicen que, a la larga, los beneficiosos efectos psicológicos y éticos de la decisión tomada, en todas las personas que forman la empresa o están en contacto con ella, conducirán a mejores resultados también económicos.”

 

Por tanto, debe responderse afirmativamente a la cuestión planteada: el comportamiento ético puede resultar económicamente rentable a largo plazo, pero no debe ser la eficacia su causa porque, en ese caso, se habría pervertido su naturaleza y ya no produciría los citados efectos.

 

Para zanjar este epígrafe con un texto clásico, vamos a remitirnos a John Locke[11]:

 

“(…) lo que importa es la virtud, el precio de la virtud es ella misma. (…)  La rectitud de una acción no depende de su utilidad, sino que su utilidad es una consecuencia de su rectitud”.

 

Sea por su rentabilidad a largo plazo, sea por su necesidad antropológica, algunos se plantean cómo volver a introducir la ética en el mundo de la empresa.  Esta cuestión será tratada en el siguiente apartado de nuestra exposición.

 

El retorno de la ética al mundo empresarial:  ¿Códigos éticos?

 

 

En el encabezado de este epígrafe nos hemos referido al “retorno de la ética al mundo de la empresa”.  El hablar de retorno supone que, en algún momento de la historia, la ética ya se había encontrado asociada a la economía y que posteriormente esa relación se quebró.  Veamos brevemente cuál fue históricamente la relación entre ética y empresa.

 

Los doctores escolásticos, teólogos y juristas, que ejercieron su ministerio entre los siglos XIII y XVI se vieron obligados por las circunstancias sociales a estudiar la moralidad de una nueva clase social que amenazaba con sustituir a los caballeros feudales; esa clase era la de los comerciantes.  Atendiendo a las funciones desempeñadas por el clero en la estructura medieval tardía, puede afirmarse que –durante varios siglos- la economía y la moral andaban de la mano.  Esta situación permaneció inalterada –aunque con matices- hasta Adam Smith.

 

Después de él, el cuerpo doctrinal se escinde y el estudio de la economía prescinde de la moral.  Esta disociación no se da solamente en el ámbito doctrinal sino que también afecta a la praxis diaria del mercado y los negocios, puesto que se entiende que las normas morales son hermosas declaraciones de intenciones incompatibles con la realidad del mercado.

Las consecuencias sociales y económicas de las conductas éticamente denostables que se han venido sucediendo en el mundo de la empresa han conllevado el renacimiento del interés por la ética, pero no desde una fundamentación antropológica sino desde el convencimiento de sus efectos socialmente beneficiosos y económicamente eficaces.  Así, a día de hoy son muchos los economistas, empresarios y moralistas que declaran en distintos foros que resulta necesaria una nueva cooperación entre economía y ética; una de sus principales propuestas es la elaboración de Códigos Éticos.

 

Éstos son el claro ejemplo de la que hemos denominado “ética en tercera persona”:  la función que se les asigna no es procurar una transformación integral del sujeto actuante sino, simplemente, procurar que su actuación externa guarde la apariencia de conducta éticamente correcta.  Esta elección de la apariencia de virtud en lugar de la auténtica virtud supone la creación de un nuevo marco normativo que, como tantos otros, debe parecer que se respeta aunque, como el objetivo último de su aplicación es la eficacia económica, en atención a ésta puede dejar de respetarse…  Aunque guardando las apariencias.  Por ello, porque no ocupan un espacio distinto del de las leyes, no somos de la opinión de que los códigos éticos sean los instrumentos adecuados para volver a hermanar empresa y ética.

 

¿Cuál es, entonces, nuestra propuesta?  Entendemos que la ética no debe tratar de vincularse a la empresa ni al profesional sino al hombre como persona.  Porque, pese a las modernas tesis que abogan por la existencia de una ética pública y otra privada, una vez más coincidimos con Rafael Termes cuando defiende que:

 

“(…) Una vez se ha escogido la ética que corresponde a la antropología, a la idea del hombre a la que uno se siente vinculado, esta única ética se ha de poner de manifiesto en la vida personal, familiar, social, profesional y política del individuo.[12]

(…)  Ser moral no se reduce a evitar conductas inmorales en el seno de la empresa, ni es un conjunto de recetas para situaciones límite (ética de dilemas).  Siendo la ética, como vengo insistiendo, la ciencia del fin del hombre, todas nuestras acciones tienen una dimensión ética, todas nos acercan a nuestro fin, o nos alejan de él; nos hacen más o menos persona.  Tanto si estas acciones corresponden a la vida privada, a la pública o a la empresarial.[13]”.

 

Asimismo, nos parece profundamente acertada la apreciación realizada por el Doctor Pérez López en el capítulo dedicado expresamente a la ética de los directivos cuando afirma que:

 

“Pretender que un directivo se comporte éticamente como directivo cuando su comportamiento personal no es ético es similar a la pretensión de que alguien realice cálculos difíciles y complejos cuando ni siquiera es capaz de realizar operaciones aritméticas elementales.  La ayuda que los sentimientos prestan a una persona para evitar comportamientos que no cumplan los mínimos éticos en el caso, por ejemplo, de sus relaciones familiares, difícilmente va a encontrarla cuando toma otras decisiones que afecten a personas con las que tiene relaciones mucho más superficiales que las que suelen darse en el ámbito familiar.  ¿Si no se preocupa del desarrollo de las virtudes morales de sus hijos, ¿es creíble que se va a preocupar de las que desarrollen sus subordinados?[14]”.

 

La cuestión con la que termina el párrafo precedente contiene, a nuestro modesto entender, la respuesta al interrogante de cómo debe promoverse el reencuentro de la ética con la empresa.  Por ello la analizaremos en el próximo epígrafe, dedicado a las conclusiones de nuestro trabajo.

Conclusiones

Antes de concluir la presente recensión, nos parece lo más adecuado hacer un breve resumen de todo lo expuesto hasta el momento para, de este modo, facilitar una comprensión global de la cuestión tratada: la relación entre la ética y la empresa.

A lo largo de estas páginas hemos procedido a definir la empresa como organización humana que persigue cubrir necesidades y transformar tanto al hombre como a la sociedad en la que este vive mediante el trabajo por éste realizado.  También hemos afirmado que, de acuerdo con esta definición, para tratarse de auténticas empresas, las organizaciones humanas deben justificarse de acuerdo con criterios de eficacia, eficiencia y consistencia.  Es decir, a su capacidad de producir un beneficio económico debe añadirse la aptitud de desarrollar el aprendizaje profesional y ético de todos los profesionales y personas que interactúan con la organización.

Todo ello parece dibujar un paisaje idílico en que la ética impregna todo lo relacionado con el mundo de la empresa.  A lo que todavía no hemos respondido es a la pregunta sobre los medios a emplear para alcanzar esta utópica situación o, al menos, la más similar de las realidades.  Hemos dicho que no considerábamos que la publicación de códigos éticos en las empresas resultara un medio eficaz para el reencuentro de éstas con la ética, pero tampoco hemos realizado propuesta alguna.

A continuación vamos a intentar paliar esta omisión:  como ya hemos dicho, el protagonista de la ética no es la empresa sino la persona, sólo ella es sujeto de actuaciones calificables éticamente.  Aunque la corriente de pensamiento mayoritaria es de la opinión de que la ética se puede promover desde la empresa y que esta sólo debe afectar al ámbito profesional de los trabajadores, nosotros abogamos por lo contrario:  creemos que sólo habrá ética en las empresas cuando primero la haya en sus profesionales.  ¿Y cómo adquirirán éstos la ética empresarial?  Viviendo las virtudes, creando hábitos, en el ámbito personal…  Sólo así, por ese afán personal de perfeccionamiento y humanización, se podrá lograr que una auténtica ética “en primera persona” (esa que no pretenderá eludir las normas éticas porque no las concibe como prohibiciones sino como “manual de instrucciones para el correcto funcionamiento del ser humano”) inunde las empresas.

Y, ¿cuál será el principal motor de esa “revolución ética”?  El ejemplo de los directivos que asuman su función de liderazgo, una función de la que Rafael Termes, en el II Seminario de cuestiones empresariales (celebrado en el Colegio Mayor Moncloa el día 10 de diciembre de 1990), decía:

“El directivo que no es líder, se limita a utilizar los motivos que ya tienen sus subordinados.  Busca tan sólo satisfacerlos, ayudarles a que consigan lo que quieren, a cambio de que hagan lo que les manda.  El líder, por el contrario, intenta siempre –conseguirlo o no ya no depende sólo de él- que aprendan a querer bien, que aprendan a querer lo que vale la pena ser querido.  El líder es un descubridor y comunicador de valores cuya vigencia asegura, en quien los hace suyos y los aplica en sus decisiones, un crecimiento en humanidad”.

Hermosas palabras para definir una bella misión cargada de responsabilidad.  Confiemos en que los nuevos aires que soplan nos traigan un renacer de la preocupación antropológica y el redescubrimiento de la ascética inherente al trabajo, la clara visión de su función perfeccionadora del ser humano y la sociedad.  Lograrlo es un trabajo de todos…  Y todos saldremos beneficiados.

 

 


[1] “Fundamentos de Antropología: un ideal de la excelencia humana”.  Ricardo Yepes Stock y Javier Aranguren Echevarria, Ed. EUNSA.

[2] En esta encíclica, publicada el 14 de septiembre de 1981 –celebración del 90 aniversario de la publicación de otra encíclica, en este caso la Rerum Novarum-, Juan Pablo II distingue entre el trabajo “en sentido objetivo” y “en sentido subjetivo”.  El primero de esos conceptos se refiere a lo que una persona produce con su trabajo, a lo que –como bien dice Rafael Termes en la obra citada- acaba medido a través de la cuenta de resultados.  El “sentido subjetivo”, por su parte, se corresponde con la transformación que se da en la persona por el hecho de realizar un trabajo, con el perfeccionamiento personal que deriva de la realización de un trabajo.

[3]Perez López, Juan Antonio.  “Fundamentos de la Dirección de Empresas”, Rialp.

[4] Así, a modo de ejemplo podemos decir que la motivación se articulará a través de una mayor retribución salarial en los modelos mecánicos, a lo que se unirá una mayor formación o desarrollo profesional en los modelos orgánicos y, finalmente, de la perfección de los dos elementos motivacionales anteriores mediante la asunción de un cierto sentido trascendente del trabajo;  de utilidad para los demás, de perfeccionamiento de las propias virtudes, de un perfeccionamiento integral de la persona -no sólo como profesional- sino como ser humano.

 

[5] R. Yepes Stock y J. Aranguren, obra citada.

[6] R. Yepes Stock y J. Aranguren, obra citada.

 

[7] J. Pieper, Las virtudes fundamentales, Rialp.

[8] S. Fischer y R. Dornsbuch, Economía, McGraw-Hill.

[9] O. Höffe, Diccionario de Ética, Crítica.

[10] G. Grises y R. Shaw, Ser persona: Curso de Ética, Rialp

[11] J. Locke, Ensayos sobre la Ley de la Naturaleza.

[12] R. Termes, artículo de prensa aparecido en ABC el 8 de junio de 1995.

[13] R. Termes, Disertación ante la Real Academia de las Ciencias Morales y Políticas. 21 de noviembre de 1995.

[14] J.A. Pérez López, Obra citada.

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Esta entrada fue publicada en 28 de marzo de 2013 por en meditaciones y etiquetada con , , , , , .
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