¿Te aburres? Eso es que estás demasiado bien… O demasiado vacío


aburrimiento

Cada uno tiene sus manías y traumas -yo también ando servido- y, entre mis peculiaridades,  se da una curiosa que ha descubierto todo el que me conoce bien: existe una frase que logra sacarme de mis casillas, que me ataca los nervios.  La frase en cuestión es: “me aburro”. 

Lo que en un niño puede tener una explicación –son esponjas que absorben las novedades y la información haciendo de ellas el combustible de su evolución y desarrollo personal, y nunca tienen suficiente– no me parece justificable cuando se da en un adulto y, aun menos, cuando es el sentir propio de una sociedad.

El aburrimiento, recuerda José Antonio Marina, es la desdicha del dichoso.  El que sufre no se aburre.  En nuestra sociedad opulenta, en la que no vivimos sino que consumimos la vida, exigiéndole goces y sorpresas permanentes, es en la que resulta más fácil que nos sintamos abrumados con el tiempo por la repetición, por la falta de la excitación propia de lo novedoso o desconocido...  Dichosa rutina.   Nos aburrimos porque perdemos la capacidad de sorpresa ante la realidad…  Pero debemos tener presente que lo que podemos recibir, lo que se nos puede ofrecer o dar es limitado…  Son placeres que se agotan con su disfrute.

El antídoto contra el aburrimiento se encuentra en nuestro interior y tiene un nombre: creatividad, la capacidad de hacerlo todo nuevo, lo único que no se agota, lo único que es infinito, la aptitud para aportar lo que nadie había percibido antes, el goce de disfrutar de un matiz que hasta ahora había pasado desapercibido…  De nuestro interior –y con nuestra participación- surgen esos placeres que no se agotan en sí mismos sino que se incrementan con su disfrute: una buena conversación, un rato de meditación, un buen dibujo, la contemplación de un amanecer, ejercitarnos en el baile…  Debemos descubrir la poesía del instante presente, la grandeza de las pequeñas cosas, el divertido –aunque a veces duro- juego que es vivir con la atenta, curiosa, insaciable e inocente mirada de un niño.

No nos pongamos límites llevados por el cansancio existencial, abramos bien los ojos…  Todo es nuevo si tenemos la mirada adecuada, y ante lo nuevo surge la curiosidad y el interés, así como la voluntad de conocer, profundizar y compartir…  Con cada nuevo proyecto surgen nuevos descubrimientos y, con cada uno de estos, alejamos un poco más esa nefasta sensación que es el aburrimiento y nos acercamos a la auténtica felicidad.

Dejémonos sorprender por las personas y las cosas…  Verás cómo disfrutamos de la vida y alejamos de nosotros la desdicha del dichoso.  Podemos comenzar hoy mismo: diviértete, está en nuestra mano lograrlo.

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