Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Afrontar el error ajeno con corazón misericordioso


2000 --- Partners' Hands --- Image by © Royalty-Free/Corbis

No es raro que nos escandalicemos ante los errores ajenos y que exijamos una condena ejemplar para su autor.  Casi todos lo hemos hecho en alguna ocasión, sin plantearnos en ningún momento cómo habríamos actuado nosotros en esa misma situación, si también nosotros hemos tropezado alguna vez con la misma piedra, ni si somos colaboradores necesarios de esos actos que nos parecen tan denostables.

¿Cuántos de los que vocean en contra de los políticos corruptos defraudan lo que pueden a Hacienda, no pagan lo que deben a sus empleados, facturan más horas de las trabajadas o engañan de cualquier otro modo a sus clientes?  ¿Cuántos de los que acuden a las manifestaciones por un mundo más justo y solidario son incapaces de compartir su pan o sueldo con aquellos que no tienen qué llevarse a la boca?  ¿Cuántos garantes de la moral que claman en contra de la telebasura se pasan horas ante la “caja tonta” tragándose todas las estupideces propias de “Mujeres y hombres (y viceversa)”, “Gran Hermano”, “Sálvame de Luxe” o cualquier otro engendro de divertimento malsano?  ¿Cuántos de los que critican el consumo de drogas, de pornografía o de la prostitución son usuarios ocultos de lo que con tanta rudeza exigen eliminar?

Hace tiempo,  un buen maestro y amigo me dijo que la rigidez y la intransigencia son la manifestación de miedos ocultos, de inseguridades inconscientes, de sombras no asumidas ni aceptadas que pretenden matarse en la persona del otro…  Queremos erradicar en el prójimo lo que no nos gusta de nosotros mismos.  ¡Qué verdad más grande! 

Hoy me ha venido a la mente esta cuestión porque he leído en Génesis 38 la historia de Judá y Tamar.  Para quien no la conozca, hago un brevísimo resumen:

Uno de los hijos de Jacob, llamado Judá, se unió a una mujer cananea llamada Sué y tuvo tres hijos: Er, Onán y Sela. 

Er se casó con una mujer llamada Tamar.  Como Er no había sido bueno a los ojos de Dios y el Yavhé del Génesis tenía su carácter, Er fue fustigado y arrancado de esta vida por su creador. 

Como en aquella época todo quedaba en familia, Judá le dijo a su segundo hijo, Onán, que tomara a la viuda de Er para darle descendencia a su difunto hermano.  Pero Onán no estaba por la labor de dar hijos a Tamar, aunque sí de gozar con ella y –como dice el texto sagrado- “cuando entraba a la mujer de su hermano se derramaba en tierra para no dar prole a su hermano”…  Lo cual le hizo famoso (es el padre del Onanismo) pero también le costó el pellejo porque Yavhé, mosqueado por su comportamiento, también le mató. 

Llegados a este punto, Judá le dijo a la viuda que esperara a que creciera el menor de los hermanos de su difunto marido para que éste, Sela, la tomara y le diera hijos.  Pero claro, con dos hijos muertos, Judá empezaba a temer por el futuro del único descendiente que le quedaba y retrasó la entrega del menor de sus vástagos a esa especie de viuda negra.

La retrasó mucho, muchísimo tiempo.  Tanto es así que Tamar, un tanto desesperada, se disfrazó de meretriz (prostituta, para los que no conozcan el término) y vendió su cuerpo…  A su suegro Judá, que la tomó sin darse cuenta de quién era al llevar ella el rostro cubierto, como era costumbre entre las mujeres de mala reputación de la época.  En pago por sus servicios, Judá le prometió un cabrito de su rebaño.  Pero como que uno no se va de juerga con un cabrito al hombro, le dejó como señal de buena voluntad su sello familiar y el cordón del que colgaba su báculo.  Ella, encinta de él, desapareció con esas prendas y no esperó a su cambio por un cabrito…  Y nunca más se supo de la meretriz.

Pero al cabo de tres meses, el embarazo comenzó a hacerse evidente a los ojos de los hombres, por lo que hubo quien –como siempre- corrió a Judá para hacerle partícipe del cotilleo: “Tamar, tu nuera, se ha prostituido, y de sus prostituciones está encinta”. 

¿Cuál fue la respuesta del suegro? ¿Fue acaso comprensiva y misericordiosa atendiendo a las licencias que él mismo se permitía?  No, más bien no, porque respondió: “Sacadla y quemadla”.  Cuando la llevaban ante su suegro para terminar con su vida, ella les entregó las prendas que había tomado como cobro de su prostitución y dijo que pertenecían al padre del hijo de su vientre.  Judá, al reconocerlas, tuvo que perdonarle la vida y tomó conciencia de que tampoco él había sido justo al no haber cumplido con su promesa de entregarle al menor de sus hijos.

Aunque esta historia del antiguo testamento está plagada de decisiones que, a nuestro modo de ver, resultan incomprensibles por muy normales que fueran en la época en la que se escribió el texto, sí que es cierto que pone de manifiesto la tendencia del ser humano de ver la espina en el ojo ajeno sin percibir la viga que tiene uno en su propio ojo.

Aprendamos en experiencia ajena y no seamos como Judá, permitamos que los errores ajenos nos muestren nuestras propias miserias y luchemos contra ellas en nuestro interior, y no en el otro.

Cultivemos un espíritu misericordioso, capaz de acoger con amor y comprensión la miseria ajena, pues es éste el único modo de sacar lo mejor del prójimo, el camino más adecuado para transformarnos y perdonarnos a nosotros mismos y la única garantía de poder lograr un mundo en el que reine la paz que nace de un corazón compasivo.

Hay que empezar hoy mismo, pues nos queda un largo camino…  Todos necesitamos apoyo y comprensión ante nuestras flaquezas y caídas…  Una mano amiga que nos ayude a levantarnos.  Seamos esa mano para los demás.

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