LA ELECCIÓN DE CARRERA, o cómo descubrir en qué eres un genio


eleccion de carrera

El pasado 18 de abril publiqué un artículo titulado “TÚ ERES UN GENIO” (https://meditacionesdeldia.wordpress.com/2013/04/18/tu-eres-un-genio/) en el que –siguiendo entre otros a Einstein- afirmaba que todos somos genios, aunque todavía no hayamos descubierto en qué. 

Como consecuencia de ese escrito, un seguidor de Twitter (Juan Ponce, @JuanLP01) me hizo una petición que, por obvia, yo había pasado por alto…  Me pedía un post dedicado a cómo descubrir en qué somos geniales.  Me comprometí a tratar sobre esta esencial cuestión en cuanto dispusiera de tiempo para hacerlo, y hoy me dispongo a cumplir con mi promesa.  Confío en que el tema os resulte atractivo, porque vuestra felicidad –y la de vuestros hijos- puede depender de acertar en la elección de vuestra profesión…  Así que vamos allá, que es importante.

E. F. Schumacher, el pensador que me reconcilió con los economistas porque situó al ser humano en el centro de sus cavilaciones, publicó un muy recomendable libro titulado “El buen trabajo”.  En él realiza un planteamiento que me parece imprescindible reproducir como prólogo a nuestras propias reflexiones.  Dice así:

“Sólo podremos tratar adecuadamente del tema del trabajo bueno cuando aclaremos las preguntas de qué es el hombre, de dónde viene y cuál es la finalidad de su vida”.

Ya hemos dedicado otros artículos a la antropología y a lo que hemos denominado el humanismo trascendente, una visión del ser humano como apertura a la totalidad de la realidad…  Así que doy por sabidas mis consideraciones al respecto que, claro está, actuarán como cimiento del resto de mis opiniones y recomendaciones.

Mi modo de entender al ser humano y el sentido de la vida me lleva a coincidir con Schumacher en que el trabajo bueno (para cada uno) es aquél que fomenta el desarrollo de sus facultades humanas, técnicas y espirituales, y cuyo ejercicio le hace feliz y fomenta –con sus aportaciones- el progreso y mejora de la sociedad en la que vive.

Tras la elección de la carrera hay, pues, una importante cuestión de responsabilidad personal y social.  Decían los clásicos que no hay goce en la vida sin goce en el trabajo…  Me parece una verdad indiscutible, ¿o acaso no es un auténtico suplicio para muchos tener que acudir cada día a un puesto de trabajo que no les dice nada, que es una mera fuente de ingresos?  Pero además debemos plantearnos también qué se pierde el mundo si no nos dedicamos a aquello para lo que realmente estamos hechos…  Ésa es la responsabilidad social de nuestra elección.

Lo expresa magistralmente Jaime Balmes en “El criterio”:

Cada cual ha de dedicarse a la profesión para la que se siente con más aptitud.  Juzgo de mucha importancia esta regla, y abrigo la profunda convicción de que a su olvido se debe el que no hayan adelantado mucho más las ciencias y las artes.

(…) Un hombre dedicado a una profesión para la cual no ha nacido es una pieza dislocada: sirve de poco, y muchas veces no hace más que sufrir y embarazar.

(…)  En la acertada elección de la carrera no sólo se interesa el adelanto del individuo, sino la felicidad de toda la vida.  El hombre que se dedica a la ocupación que se le adapta disfruta mucho, aun entre las fatigas del trabajo; pero el infeliz que se halla condenado a tareas para las cuales no ha nacido ha de estar violentándose continuamente, ya para contrariar sus inclinaciones, ya para suplir con esfuerzo lo que le falta en habilidad”.

¿Queda suficientemente justificada la  importancia de esta cuestión?  Estoy convencido de que sí porque la explicación de Jaime Balmes me parece genial.  Tanto, que voy a seguir citando su texto a lo largo de este artículo porque es una pena retocar aquello que es una obra de arte.

Teniendo claro que es importante escoger bien a qué vamos a dedicar nuestra vida, debemos hacernos la pregunta que justificaba el artículo del 18 de abril: “¿Realmente soy un genio en algo? Porque me siento bastante normal, más bien mediocre”.  De nuevo, Balmes nos responde con acierto:

Un hombre puede ser sobresaliente, extraordinario, de una capacidad monstruosa para un ramo, y ser muy mediano y hasta negado con respecto a otros.  Napoleón y Descartes eran dos genios y, sin embargo, en nada se parecen.

(…)  Pocos serán los que alcancen una capacidad igual para todo, y tal vez pudiera afirmarse que nadie, pues la observación enseña que hay disposiciones que se embarazan y se dañan recíprocamente.  Quien tiene talento generalizador no es fácil que posea la exactitud minuciosa; el poeta que vive de inspiraciones bellas y sublimes no se avendrá sin trabajo con la acompasada regularidad de los estudios geométricos…”

Llegados a este punto, aceptando que podemos ser mediocres en muchas cuestiones y auténticos genios en otras, debemos retomar la pregunta de Juan Ponce y preguntarnos cómo descubrir en qué somos extraordinarios.

Un primer indicador es, según Balmes, la INCLINACIÓN:

“El Criador, que distribuye a los hombres facultades diferentes en grados, les comunica un instinto precioso que les muestra su destino: la inclinación muy duradera y constante hacia una ocupación es un indicio bastante seguro de que nacimos con aptitud para ella.

Otra señal indicativa de nuestra genialidad es nuestra APTITUD para determinadas materias:

“¿Qué te cuesta menos trabajo? ¿En qué estudios adelantas con mayor facilidad? ¿En qué experimentas mayor destreza e ingenio?”

La unión de inclinación y aptitud da lugar a un tercer indicador, a lo que Csikszentmihalyi denomina FLUIR.  Esto es, la felicidad que se produce cuando nuestra atención está enfocada en obtener metas realistas y cuando nuestras habilidades personales encajan con nuestras oportunidades de actuación.  ¿Te emocionas con alguna actividad? ¿Pierdes la noción del tiempo cuando estás inmerso en ella y la realizas con una perfección inusitada, como si no fueras tú quien la hicieras sino que fueras un instrumento en manos de un gran artista? Eso es estar en flujo, eso es fluir, eso es otro signo de que has encontrado tu vocación, aquello para lo que has sido llamado a la existencia.

Porque, al final, de lo que estamos tratando es del sentido de la vida, de la vida como tarea lograda…  Que es distinta para cada uno.

Para identificar la inclinación, aptitud y flujo (las nuestras, pero muy especialmente las de nuestros hijos) hay que poner en contacto al niño con distintas realidades para ayudarle a discernir: hay que facilitarle el acceso a la poesía, dejarle montar y desmontar un aparato, poner a su alcance un motor, poner un animal a su cuidado, darle un lienzo en blanco para que plasme sus ideas y sentimientos en un dibujo, ofrecerle la posibilidad de tocar un instrumento…  Abrirle los ojos a mundos que desconoce y estar atentos a cuándo se le acelera el pulso, se agita su mente y se le inflama la mirada…  Debemos estar muy atentos porque, si empujamos a nuestros hijos hacia un camino equivocado, es posible que convirtamos a niños extraordinarios en adultos mediocres e infelices. 

Así que, por favor, olvídate de aconsejar a tu hijo que escoja unos estudios con los que vaya a “ganarse bien la vida” porque, si no atiendes a su vocación, lo único que lograrás es que en su vida TENGA muchas cosas pero SEA un desgraciado.  Y estoy convencido de que no es lo que deseas para él, ni para ti.

Además, puedes estar tranquilo: escoja hacer lo que escoja hacer, si en eso es un genio, si es el mejor en su actividad, siempre podrá ganarse la vida…  No sufras por eso.  Porque, además, si está cumpliendo con su vocación SERÁ feliz y no dependerá de lo que TIENE sino de lo que ES y HACE.

He empezado con E.F.Schumacher, y con él acabo porque tiene una idea que me parece fantástica: solemos dedicar grandes esfuerzos a la prevención de riesgos laborales, a evitar que nuestros empleados –o nosotros mismos- tengamos un accidente en nuestro desempeño profesional o laboral.  Pero sólo atendemos al cuerpo, nunca a nuestro interior.  ¿Alguien se ha planteado el daño que nos hacemos a nosotros mismos cuando hacemos un trabajo que no atiende a nuestras inclinaciones ni aptitudes, un empleo que no produce flujo sino agotamiento físico y mental?

Tal vez ha llegado el momento de planteárselo, porque ya va siendo hora…  Hace unos 2.500 años un texto sagrado como el Bhagavad-Gîtâ ya nos avisaba:

“El hombre alcanza la perfección venerando con el cumplimiento de su Deber propio a Aquél del cual nace la actividad de los seres y por quien todo el universo está compenetrado.”

Nuestro mayor acto de adoración es ser quienes debemos ser, ocupar el lugar que nos corresponde en la historia…  Y para eso, es necesario descubrir en qué somos genios, en qué reflejamos mejor el rostro de la divinidad, y dedicar nuestra vida a ello.  Es importantísimo acertar en al elección de nuestra carrera.  Dediquemos un tiempo a su discernimiento.

 

 

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