Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Los hijos como maestros espirituales, una historia de este fin de semana


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Mi familia y yo hemos pasado este fin de semana largo (ayer –día de Pascua Florida- fue fiesta en algunas poblaciones de la provincia de Barcelona) en Valencia capital.  Podría escribir sobre las maravillas de Bioparc Valencia o sobre las interminables colas de Dinópolis…  Pero no lo haré…  Tengo algo mucho más interesante que explicar.

Cuando viajo, no olvido nunca coger algún libro para ocupar esos momentos de soledad que se producen cuando todos duermen.  Esta escapada no fue una excepción y deslicé en la maleta “Un corazón lleno de estrellas”, de Álex Rovira y Francesc Miralles.  No está mal, pero no es una gran obra ni mucho menos.  Sin embargo, de todo texto pueden extraerse interesantes jugos si se le exprime con cariño y atención…  Y es difícil encontrar más cariño y atención que el que suelo poner yo en la lectura…  Así que este librito me regaló algunas interesantes perlas…  Y una inolvidable sincronía.

El viernes había leído lo que los autores denominan “El secreto del amor a los hijos”, decía así: “Los hijos son maestros espirituales que te permiten crecer más allá de ti”.  Aunque no creo yo que el núcleo del amor a los hijos se encuentre en su capacidad para enseñarnos a ser mejores, sino en su cualidad de ser la materialización de la Unidad en la diversidad, no por ello puedo ni quiero negar que los hijos son auténticos gurus para los padres que están abiertos y atentos a sus enseñanzas…  No puedo ni quiero negarlo porque el pasado sábado, una vez más, mis hijos actuaron de ángeles, de mensajeros de un Dios que a menudo nos habla a través de quienes nos rodean…  Si les prestamos oídos.

Os pongo en situación:  viernes tarde, recién llegados a Valencia, nos vamos al centro a realizar algunas visitas ineludibles.  Pese a la plomiza tarde que amenazaba con lluvia, nos animamos a correr el riesgo de mojarnos mientras paseábamos por el centro histórico de la ciudad.  Tras una parada en la Catedral de Valencia (http://www.catedraldevalencia.es/index.php), en la que disfrutamos de su belleza, torcimos el gesto ante lo desagradable de la reliquia de San Vicente mártir (un brazo), nos quedamos sin ver el supuesto Santo Cáliz en el que Cristo consagró el vino (era tarde, la exposición estaba ya cerrada) y rezamos para que las mini-vacaciones estuvieran repletas de alegrías y enseñanzas, decidimos bordearla para visitar la Basílica que se encuentra junto a la Iglesia Catedralicia:  La Real Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados (http://www.basilicadesamparados.org/historia.html).  Para llegar de la una a la otra, basta con bordear la primera por el carrer de Micalet hasta llegar a la plaza de la Virgen…

Pues bien, en ese breve trayecto iba a suceder algo que marcaría nuestro viaje.  Íbamos paseando por la calle Micalet mis cuatro hijos, mi esposa y yo, cuando vimos a nuestra derecha a un indigente sentado en un bordillo, con las manos apoyadas sobre la cabeza, que tenía colocada entre las piernas, quedándole completamente cubierto el rostro…  Era la viva imagen de la desolación, que acompañaba a un cartón en el que había garabateado: TENGO HAMBRE.

Vi al hombre por el rabillo del ojo, me di cuenta de que era imposible percibir si era joven o mayor, de la tierra o extranjero…  La posición en la que se encontraba ocultaba sus rasgos, y evitaba a quienes paseábamos –felices- tener que enfrentarnos a su mirada suplicante…  Pensé en darle algo, pero son muchos años ya conviviendo con las necesidades ajenas, sé que siempre habrá pobres y que unos pocos euros no iban a sacar a ese hombre de su miseria…  Así que dejé de prestarle atención, silencié sin darme cuenta la voz de mi conciencia y seguí tranquilamente con el paseo.

Sin embargo, una voz infantil me sacó de mi ensimismamiento.  Era mi hijo Enrique, que también había visto al hombre y su cartel, y le preguntaba a su madre:

– Mamá, las monedas que me has dado esta mañana en la papelería… ¿Son realmente mías?

Mi esposa, que adivinó lo que vendría a continuación, le contestó al instante:

– Claro, cariño.  Te he dicho que el cambio era para ti.  Así que es tuyo.  Puedes guardarlo o gastarlo en lo que quieras.

Dicho y hecho.  Enrique tomó las monedas en su mano y me preguntó:

– Papá, ¿puedo darle estas monedas, que son mías, a aquél señor?  Tiene hambre…

¿Qué iba a responderle?  Había tres euros y pico y le dije:

– Enrique, hay más de tres euros, me parece mucho…  Pero es tu dinero, puedes hacer con él lo que quieras…

Su única respuesta fue:

– Papá, tiene hambre…

Y le entregó sus tres euros y pico.

Miré a mi mujer a los ojos, nos sentíamos orgullosos de nuestro hijo.  Había hecho lo que nosotros, por culpa de nuestro endurecido corazón habíamos obviado…

Seguimos caminando hacia la Basílica cuando mi esposa y yo nos dimos cuenta de que nuestro hijo lloraba y nuestras dos hijas mayores iban a tardar poco en imitarle.

– ¿Qué os pasa?- preguntamos como una sola voz, preocupados.

– Tiene hambre- fue su única respuesta.

Nuestra mente adulta y racional trató de ofrecer una respuesta madura a los que son carne de nuestra carne:

– Ya, niños…  Y por eso Enrique le ha dado sus monedas.

Pero claro, los niños son niños, no han sido maleados por la vida y, además de ser carne de nuestra carne, también guardan inmaculado su corazón…  Así que hicieron una propuesta que nos enfrentó con nuestra propia inmundicia interior y nos hizo ver el mundo con sus ojos, con unos ojos puros y sensibles que todavía son capaces de cambiar la faz de la tierra:

– Papás, vamos a estar tres días de vacaciones haciendo un montón de cosas divertidas…  ¿Podemos dejar de hacer alguna de esas cosas y gastarnos ese dinero en comprarle un buen bocadillo y una bebida?  Tiene hambre…

Mis cuatro hijos estaban de acuerdo, del mayor a la más pequeña.  Estaban dispuestos a renunciar a parte de sus vacaciones para saciar, aunque fuera por un instante, el hambre de aquel pobre hombre.  ¿Cómo íbamos a negarnos?

Entré con Enrique en el Café & Té de la plaza y le compramos un bocadillo caliente de queso y tomate (no lo compramos con embutido por si era musulmán) y una botella grande de agua mineral.

Con la bolsa en la mano, las miradas de los niños ya se habían alegrado.  Ahora faltaba llevarlo a su destinatario.  Enrique quería entregárselo, pero mi mujer –con sensatez- prefería que yo le acompañara por si se trataba de un yonki o de un alcohólico que no controlara sus reacciones…  Volvimos todos sobre nuestros pasos, Enrique y yo nos acercamos y le dije a Enrique que le dejara la bolsa de papel junto a la caja de cartón que rezaba “TENGO HAMBRE”, cerca de sus pies para que no se la quitaran.

No levantó la cabeza hasta que oyó el ruido del papel.  Nos miró.  Era joven y sus ojos transmitían tristeza y necesidad.  Miró la bolsa.

– ¿Es para mí?- preguntó con voz incrédula.

– Sí, que aproveche- le respondí.

Abrió la bolsa en un instante, miró dentro, vio la comida mientras percibía su calor y olor y de lo más profundo de su persona surgió un sentido “gracias, muchas gracias” que, junto a su mirada de agradecimiento y a su primer y hambriento mordisco al bocadillo,  nos conmovió y nos hizo llorar mientras nos retirábamos, paseando con el espíritu ligero, de vuelta al coche.

No pude resistirme y, antes de girar por la siguiente esquina, me volví con los ojos todavía húmedos, para echarle un último vistazo…  Seguía con el bocadillo y la botella de agua, en ese momento parecía hasta feliz…  Tan feliz como nos encontrábamos nosotros mismos, por haber realizado algo tan simple y sencillo como comprarle un bocadillo a alguien que tenía hambre.

Dejamos de ver la Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados, pero no me importa.  Estoy seguro de que nos encontramos con ella en ese templo que es el corazón inmaculado de los niños, fuente de esperanza, maestros de vida.

Ayer, ya en casa, les preguntamos a nuestros hijos qué había sido lo mejor del viaje.  Todos respondieron lo mismo:

– El “gracias” del señor que tenía hambre.

Estoy de acuerdo con ellos.  El viaje ha sido fantástico, todo ha salido redondo…  Pero nada ha sido mejor que ese “gracias”, nada nos ha llenado más que ese encuentro. 

 

Gracias a ti, amigo, por habernos abierto los ojos a tus necesidades, por habernos mostrado el rostro necesitado de Dios y de los hombres…  Y gracias a vosotros, hijos, por ayudarnos a despertar.  Con corazones como el vuestro, que contagian vuestro amor y sensibilidad, un mundo mejor es posible. 

 

Es cierto que el Reino de Dios está cerca, está en vosotros…  Y en nosotros.

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4 comentarios el “Los hijos como maestros espirituales, una historia de este fin de semana

  1. Jordi Morrós Ribera
    21 de mayo de 2013

    Esta historia me ha hecho retroceder a algunos años atrás. La práctica de tus hijos en algún momento también había sido mi práctica ante situaciones como la que os encontrasteis vosotros.

    Me gusta esta constatación de que los hijos vienen a ser como unos iluminadores de la vida de sus padres.

    • Administrador
      21 de mayo de 2013

      Tu comentario te honra, Jordi. Ojalá no perdamos nunca esa finura espiritual.

  2. Ajna-Libera
    21 de mayo de 2013

    Me encanta vuestra familia. Sois adorables…
    Si me lo permites, me gustaría compartir con vosotros la historia de la Gran Belleza del Ser Humano cuando, a pesar de los golpes de los años, las personas adultas siguen manteniéndose muy unidas al niño que llevan dentro. Quizá lo quieras compartir con tus hijos. Esta historia tan bella sucede donde vosotros vivís. Gracias por compartir tanto amor, espontaneidad y la sencillez de la buena amistad (aunque el lapso de tiempo en el que dura esa amistad sea lo que dura dar un bocadillo, la belleza perdurará en vuestro recuerdo familiar.). Gracias otra vez.
    http://ajnalibera.wordpress.com/2013/05/18/mercedes-y-pau-historias-de-amor-y-de-vida/

  3. Pingback: Somos como Caín, por Raoul Follereau | Meditaciones del dia

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