Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Un ejemplo de Hermenéutica Simbólica: las hierofanías y auspicios como indicadores de la elección de lugar en la Ciudad Sagrada. Caos y Orden


auGUR

Puesto que el objeto de esta investigación es profundizar en la hermenéutica simbólica como método humanístico de desarrollo del potencial humano, y no la exposición pormenorizada de la teoría sociopolítica fundamental de José Olives ni el estudio del simbolismo de la ciudad antigua, me limitaré en este apartado a hacer una somera muestra de la aplicación práctica del método hermenéutico simbólico a un aspecto concreto del rito fundacional de la polis arcaica: la elección de su ubicación en base a hierofanías y auspicios.

Puesto que la hermenéutica simbólica es un ejercicio personal que toma en consideración el propio marco simbólico, psicológico y cultural, en este apartado me veré obligado a extender mis citas no sólo a los referentes de Olives sino a los míos propios, puesto que son piezas clave de mi particular ejercicio de interpretación simbólica de la ciudad antigua y sólo en base a ellos pueden seguirse las asociaciones y correspondencias que, de un modo imperfecto pero con una clara intención didáctica, he tratado de sistematizar y racionalizar a posteriori.

Ruego se tomen las siguientes páginas como mero ejemplo del personal ejercicio de hermenéutica simbólica realizado conforme a las propuestas de nuestro autor, como muestra de la aplicación de la visión clásico-tradicional de las humanidades (y de su método) a un campo concreto de conocimiento, como recordatorio de que -del mismo modo que Olives lo ha decidido aplicar a la idea de ciudad- puede ser aplicado a cualquier otra materia, enriqueciendo así sus aportaciones al descubrirlas como un sendero que conduce de la parte al Todo, de lo parcial a lo universal, de la especialidad a la sabiduría.

*   *   *

Si bien es cierto que en el capítulo que Olives dedica -en La ciudad cautiva- al rito fundacional de la polis, parece pasar de puntillas sobre el asunto de la elección del lugar (tal vez por considerarlo un tema erudito, propio de la arqueología y la filología clásicas, de los que él es divulgador pero no ha sido investigador de primera mano) lo cierto es que nos ofrece la clave de bóveda, el elemento clave para su comprensión y valoración, al afirmar que la elección corresponde a la inspiración divina[1].

Debemos aclarar, antes de comenzar, que nuestro interés –y el de Olives- por esta cuestión va mucho más allá de la mera curiosidad histórica. Tiene un valor humanístico, antropológico, vivencial. Su transposición antropológica, nos lleva a reflexionar sobre el lugar que ocupa cada ser humano en el mundo: como en el caso de la ciudad sagrada, a simple vista el hombre no escoge el lugar en el que nace… Otra voluntad lo escoge por él.  Y, de acuerdo con esta visión, podría entenderse que tampoco dispone de libertad dentro de su espacio sino que debería ocupar el lugar exacto que se le ha asignado y que en las antiguas tradiciones se vincula con el nombre auténtico, con el que más allá del patronímico define la esencia de cada hombre. 

Como recuerda Olives, “en la vida hay un trabajo que hacer y cada uno ha de averiguar a qué ha venido”[2], debería atender a su vocación, ocupar el lugar que le corresponde en la construcción.  “Cada persona tiene su «sol», el genio que le permite brillar y dar calor humano irradiando la influencia benévola en el ámbito que le corresponda, y para el cual ha sido programado al nacer”[3].  Sertillanges, que también aborda esta cuestión, continúa: “Todos los caminos, salvo uno, son malos para ti, toda vez que se separan de la dirección hacia la cual tu actividad ha sido dirigida y requerida.  No seas infiel a Dios, a tus hermanos y a ti mismo rechazando un llamamiento sagrado”[4].

Esta necesidad de seguir la vocación, es común a las concepciones espirituales de Oriente -donde se habla de svadharma, de seguir la propia ley en armonía con la voluntad divina y con la naturaleza de uno mismo- y  las de Occidente, donde se entiende la vocación -conforme a su etimología- como la llamada particular que Dios hace a cada hombre.  En todo caso, es importante hacer notar que la vocación tiene una vertiente individual (que afirma que la propia felicidad depende de ese asumir el lugar que le corresponde  a uno en los planes divinos) y otra social (que entiende que cada uno nace con una misión y que, si opta por no realizarla, ésta quedará sin hacer, provocando un vacío que no sólo le perjudicará a él sino al resto de la humanidad, en virtud de la mutua interdependencia entre todo lo creado sobre la que trataremos más adelante).

Y llegamos al núcleo de este apartado de sociopolítica, a la aportación teórica que justificará el estudio erudito de esta fase del rito arcaico de la fundación de la ciudad sagrada: los modos de descubrir la propia vocación resultan variados, pero coinciden en lo esencial –como expondremos a continuación- con el planteamiento propio de la búsqueda del espacio sagrado.

Así, en ocasiones, la vocación se nos muestra claramente, en otros casos debemos atender a ciertos signos que actúan como indicios (como, por ejemplo, los talentos de que disponemos, como explica Balmes en “El Criterio”[5]) y, en todo caso, hay que tratar de descubrir “la voluntad divina” a través de la observación, la oración, el discernimiento y la meditación. Todas estas puntualizaciones nos permitirán, sin duda, ver con otros ojos –los de la hermenéutica simbólica- el rito fundacional de la ciudad sagrada.

Para poder comprender cabalmente esta primera fase del rito fundacional de las ciudades arcaicas (sin caer en las simplificaciones racionalizadas post-facto propias de muchos autores contemporáneos, y de otros tantos de la antigüedad clásica) no pueden pasarse por alto los “oscuros” ritos mágicos y religiosos que actualmente despiertan muy poco interés en tantos eruditos investigadores de la planificación de ciudades antiguas[6].

Asimismo, y para evitar el riesgo de pervertir o falsear su significado, debemos tratar –no nos cansaremos de repetirlo- de ver todos esos rituales y prácticas con los ojos y la estructura mental de quienes los practicaban, tratando de asumir –siquiera temporalmente- la cosmovisión que compartían.  Sólo así seremos capaces de comprender sus vivencias, de interiorizar sus símbolos y de recibir las enseñanzas encierran.

En este sentido, debemos comenzar recordando que para el hombre arcaico el espacio no es homogéneo, distingue entre “el espacio sagrado, el único que es real, que existe realmente, y todo el resto, la extensión informe que lo rodea”[7] o, con otras palabras, el cosmos habitable y, fuera de él, un mundo extraño y caótico.

Y, ¿cómo se escoge el lugar sagrado que servirá de emplazamiento a la ciudad que se pretende sagrada?  Como ya hemos adelantado, Olives nos habla de inspiración divina del equista, del fundador de la ciudad[8].  Podemos por tanto afirmar que el hombre no elige nunca el lugar; se limita a descubrirlo o, mejor aún en palabras de Eliade, a “buscarlo y descubrirlo mediante la ayuda de signos misteriosos”[9].

Así, en muchos casos, la situación del espacio sagrado se revela al fundador a través de teofanías o hierofanías incontestables o de meros signos indicadores de la voluntad divina pero, en otras, la búsqueda de ese espacio implica recurrir a la mediación de oráculos[10] o de ciertas mancias o ciencias sacerdotales, “tan desarrolladas en el mundo arcaico como hoy olvidadas y desconocidas en su mayor parte: ciencias no-lógicas, antes analógicas, difícilmente comprensibles fuera del contexto hermenéutico mítico-simbólico (mágico-religioso) donde operan”[11].

Tratando de arrojar un poco de luz sobre este particular, Rykwert  cita la disputa que surgió entre el adivino Lampon y Anaxágoras en torno a un carnero que sólo tenía un cuerno.  La transcribimos porque sigue siendo válida en la actualidad para tratar de transmitir la relación que existe –o que debe existir en el hombre o la polis naturalmente ordenados- entre ciencia y religión, entre conocimiento empírico y creencia.

Ante el descubrimiento de un carnero que sólo tenía un cuerno, en lugar de los dos habituales, Lampon interpretó que se trataba de un presagio de la victoria de Pericles contra Tucídides.  Anaxágoras, por su parte, no dudó en abrir el cráneo en dos y arguyó que la causa de la deformación estaba en la forma oblonga del maltrecho cerebro del carnero.  Teniendo en cuenta que Pericles finalmente venció –como bien había vaticinado Lampon- Plutarco afirma: “No sería absurdo, en mi opinión, afirmar que los dos tenían razón, tanto el filósofo de la naturaleza como el adivino, uno de los cuales detectó la causa del suceso, lo que lo había producido, mientras que el otro averiguó el fin a que estaba ordenado.  Pues al uno correspondía averiguar y explicar lo sucedido y de qué modo, y por qué medios se había formado como de hecho se formó, mientras que al otro correspondía predecir con qué fin y propósito había sucedido tal cosa, y qué podría significar o anunciar”.  Rykwert concluye la cita con un acertado comentario: “Plutarco adopta una postura defensiva en dos frentes: la ciencia natural no es blasfema, mientras que la adivinación no es irracional”[12].

Esta valoración positiva de la adivinación, entendida como la búsqueda del conocimiento de la voluntad de los dioses (pues de su voluntad dependía el éxito de cualquier empresa) queda reforzada por la lamentación de Cicerón de que apenas había nada de importancia que se hiciera sin antes consultar los auspicios[13].  El hombre, por tanto, trataba constantemente de adecuar sus actos a la voluntad de los Dioses, buscaba fundir sus intereses con los divinos para lograr su favor.

En el caso concreto de los ritos fundacionales, los augurios formaban parte de la primera fase del ritual, denominada inauguratio, y su función era facilitar al augur los signos suficientes para que éste pudiera comunicar a los demás la conveniencia o no de fundar una ciudad en ese lugar.  La inauguratio, estaba compuesta de tres momentos con nombre propio[14]:

  1. Conregio (orientación): con el lituo, un bastón liso y curvo en la parte superior, similar a una trompa, el Augur trazaba el reparto del cielo y la tierra en las regiones cardinales[15].
  2. Conspicio (atención): consistía en la fase de escrutar las señales que se perfilasen en el microcosmos establecido en la fase anterior, en el conregio.
  3. Cortumio (decisión): la interpretación de las señales percibidas.

La inauguratio finalizaba, probablemente,  con la pronunciación de un encantamiento y el dibujo en tierra, por parte del augur, de un círculo surcado por la cruz del decumano y el eje que establecía el centro de la nueva ciudad[16].

Llegados a este punto, vamos a retomar –por un momento- la cuestión de la vocación humana que hemos calificado, al principio de este capítulo, como una de las enseñanzas más importantes que puede aprender el hombre contemporáneo de esta fase del rito fundacional.

Las tres fases de la inauguratio (conregio, conspicuo y cortumio) pueden resultar indicativas de los tres pasos que debe seguir aquél que desea descubrir y seguir su vocación, de los tres escalones que debe subir quien quiere ocupar el lugar para el que ha sido traído a la existencia:

  1. El recogimiento: equivalente al conregio, es una fase de orientación, de mirarse a uno mismo y la propia vida tratando de separar lo sagrado de lo profano, de poner cada cosa en su sitio para facilitar la correcta visión de conjunto que posibilite el paso a la siguiente fase.
  2. La meditación:  equivalente al conspicio, supone la búsqueda de los dones, habilidades o tendencias que uno es capaz de descubrir en su interior gracias al recogimiento obtenido en la fase anterior.
  3. La decisión:  equivalente al cortumio, implica la interpretación del sentido de esos dones, habilidades o tendencias como indicadores de la Providencia o Divina Voluntad, así como la decisión de someterse, o no, a ésta, elección que determinará el resto de la propia vida.

De hecho –y también paralelamente a lo que sucede en el rito de la Inauguratio que, como ya hemos expuesto, termina con el trazado de la cruz inscrita en un círculo y el establecimiento del centro de la polis- el hombre, al decidir cómo enfocar su vida también está escogiendo su centro, un centro que puede vincularlo con el orden, lo eterno y lo sagrado o con el profano caos de lo que está en permanente cambio, continua búsqueda de la naturalmente anhelada perfección.

El hecho de que la vocación escogida religue al hombre con lo superior o lo inferior, con lo divino o lo infrahumano, será la regla de valoración sobre la corrección de la elección.  Pero hay que tener en cuenta que la forma de vida capaz de “endiosar” a uno, es capaz de envilecer a aquél que trata de practicarla sin estar llamado a ella.  Podemos concluir, por tanto, que no existen vocaciones buenas o malas con carácter general.  Hay que escuchar –y atender- a la voz del que llama, ésta es una de las principales enseñanzas que pueden obtenerse de la Inauguratio.

Si volvemos la vista -de nuevo- a la polis externa, observaremos que en ella sucede algo parecido: lo que los auspicios, mancias, signos o hierofanías ponen de manifiesto en el ritual -como paso previo a la fundación de la ciudad es cuál debe ser el emplazamiento de ésta para contar con el beneplácito y la sanción de los dioses (pax deorum)[17], y no la existencia de un espacio ya sacro (que exigiría una previa irrupción de lo sagrado que hubiera destacado el territorio del medio cósmico circundante haciéndolo cualitativamente diferente).

La consagración de la polis –en la inmensa mayoría de los casos- se produce mediante el rito fundacional, a través de la conversión del caos en orden que se obtiene al reiterar ritualmente la cosmogonía, al repetir la obra ejemplar de los dioses[18], al «centrar el centro» y, desde él, proceder a la armoniosa ordenación de todos los elementos constitutivos de la comunidad.

Un camino equivalente es el que debe seguir, también, todo aquel que quiera sacralizar su ciudad interior, poniendo orden en el caos interior preexistente mediante la ordenación de sus facultades y el descubrimiento de su centro, de la chispa divina que hace de él una estrella capaz de iluminar con su luz y calor a cuantos le rodean.  Ese es, en última instancia, el objetivo de la hermenéutica simbólica, de las humanidades y de una vida entendida en clave clásico-tradicional.


[1] Olives:2006, 71

[2] Olives:2009

[3] Olives:2006, 180

[4] Sertillanges:2003, 18

[5] Balmes:1967, 16

[6] Rykwert:1985, 33-34

[7] Eliade:1998, 21

[8] Olives:2006, 71

[9] Eliade:1998, 26

[10] Rykwert:1985, 35 cita el papel histórico desempeñado por el oráculo de Delfos en la fundación de las colonias.

[11] Olives:2006, 71.  En la elección del emplazamiento de la ciudad también se valoran razones de utilidad (Hani:1999, 247) pero éstas no resultan determinantes ni son, como lo apuntan algunos clásicos (ver Rykwert:1985, 31-35), los únicos principios de elección del lugar (desde el paradigma urbanístico que podemos denominar profano -en oposición al propio de la ciudad sagrada- se trata de elegir un lugar, no de descubrirlo).

[12] Rykwert:1985,15-16

[13] Rykwert:1985, 98.  Con el paso del tiempo, también el arte de los auspicios sufre una degeneración que suscita la queja de Catón el Viejo contra los charlatanes que se dedican a echar la buenaventura.

[14] A través de Varrón conocemos un antiguo encantamiento para la definición de los templos y lugares de augurio en el que se citan estas tres fases.  Dice así: “Templa tescaque meae fines ita sunto quoad ego easte lingua nuncupavero.  Ollanor arbos quirquir est quam me sentio dixisse templum tescumque mea finis esto in sinistrum.  Illabor arbos quirquir est quod me sentio dixisse templum tescumque mea finis esto in dextrum.  Inter eas fines conregione, conspicione, cortumione utique eas fines rectissime sensi”.  Esto es: “Que mis límites para los templos y los lugares augurales sean como los nombraré.  Aquel árbol de allí, sea como sea, lo tomo como señal de mi límite para los templos y lugares de augurio a la derecha.  Entre estos límites [he establecido] templos y lugares de augurio, teniendo dichos límites en mi pensamiento con precisión, mediante la orientación, la atención y la decisión” (Varrón, según cita y traducción en Zolla:2003,184)

[15] “Los textos no dicen con absoluta claridad cómo trazaba su diagrama el augur o la posición en que éste se situaba con respecto a aquél” (Rykwert:1985, 39)  Este hecho explica la dificultad que experimentan los distintos autores al tratar de explicar o detallar esta fase del rito fundacional.  Así pues, deberemos contentarnos –al respecto- con una visión de conjunto.

[16] Esta cruz inscrita en un círculo se corresponde con el jeroglífico egipcio niut o nywt («ciudad»), indicio de la antigüedad de esta tradición y esquema elemental del importante proceso de ordenación del territorio caótico que denominaremos cuadratura del círculo, centro físico y simbólico del rito fundacional de la ciudad sagrada (Hani:1999, 250 y Rykwert:1985, 245).

[17] Rykwert:1985, 98

[18] Cfr. Eliade:1998, 29

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: