Mito-Cuento de quienes comieron con Dios


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Me contaron, no hace mucho, la historia de un niño –valiente y atrevido- que con arrojo y gallardía logró hacer realidad su sueño…  Y no era éste un sueño sencillo…  Quería encontrarse con Dios.

Ignacio tenía diez años y vivía en una familia como tantas, de esas que tienen un barniz religioso, que es culturalmente católica, pero que estaba tan preocupada por la mundanidad de su día a día que no le quedaba tiempo para ocuparse de esa profundidad del alma de la que brota la alegría y la auténtica Vida.  Creían en Dios, pero vivían como si no existiera…  Para ellos, Dios era como ese familiar lejano que nunca te visita y del que sólo en ocasiones hablas…  Y no siempre para bien.

Pero los niños, niños son…  Y tienen la virtud de llamar al pan, pan, y al vino, vino…  Ellos no conocen los matices filosóficos o teológicos en los que nos entretenemos algunos adultos, pero tampoco se dejan engañar por los enrevesados razonamientos en los que los mayores nos perdemos…  Para ellos todo es más sencillo: lo que es, es…  Y lo que no, no es.  Y, si Dios era, y además se suponía que era bueno, Ignacio quería encontrarse con Él para conocerle, mirarle a los ojos, darle las gracias por la vida que tenía, preguntarle por qué otros sufrían y pedirle que arreglara todo aquello que el mundo tenía de mejorable.

¿Podéis imaginaros la cara de sus padres cuando su hijo les dijo que quería encontrarse con Dios?  No entendieron la profundidad de su anhelo, consideraron que se trataba de una niñería, y le dieron la respuesta que en estos casos se da a los niños, una estupidez con apariencia de razonabilidad: “Dios, hijo mío, vive muy muy lejos.  Si quieres encontrarte con Él, tendrás que esperar a hacerte mayor y emprender ese viaje”.

Craso error…  El razonamiento de los niños es mucho más simple y directo.  ¿Qué pensó Ignacio?

Primer silogismo: me dicen que Dios es lo más fantástico y maravilloso que existe, la fuente de toda Vida y felicidad.

Segundo silogismo: me dicen que para encontrar a Dios hay que realizar un largo viaje.

Conclusión: hay que hacer un largo viaje para tener Vida y felicidad.

¿Decisión que tomó Ignacio?  La lógica: preparó una mochila con víveres, puso en ella un par de camisetas y unos pantalones, vació la hucha en la que guardaba todo su capital y, aprovechando que ese domingo sus padres hicieron la siesta, se echó a la calle –sin hacer ruido- para iniciar ese viaje en busca de Dios.  No sabía que dirección debía tomar, pero estaba convencido de que Aquél que es Alfa y Omega le inspiraría el camino adecuado…  Así que comenzó a andar hacia la única referencia que tenía de Dios: la Iglesia de su ciudad.

Poco antes de llegar a ella, y cansado por la larga caminata, decidió hacer una parada en la plaza ajardinada que había en los alrededores de la parroquia.  Estaba sediento.  Se sentó en un banco que estaba a la sombra, abrió su mochila, sacó la cantimplora, desenroscó su tapón y bebió de un agua que todavía estaba fría y le supo a gloria.  Superado su acaloramiento, sintió apetito y sacó de la bolsa unas golosinas que había puesto en ella.

En ese instante la vio.  Era una mujer mayor, una frágil anciana que debió ser muy guapa en su juventud, pero a la que el paso del tiempo había dejado sus surcos en el rostro…  Estaba en el banco del otro extremo de la plaza y le miraba con simpatía, con afecto…  Pero parecía que también con hambre.  Ignacio la miró mejor:  sus ropas estaban desgastadas, no sucias, pero sí desgastadas…  Pasaban caminando elegantes adultos a su lado, como sin verla…  Ni a ella ni a sus necesidades… Y lo tuvo claro: esa señora era pobre, estaba hambrienta y nadie iba a ayudarla.

Nuevo razonamiento infantil:

Silogismo primero: la señora tiene hambre

Silogismo segundo: la comida que yo tengo quita el hambre

Conclusión y decisión: comparto mi comida con la señora hambrienta para que ésta sacie su apetito.

Dicho y hecho: tomó su mochila, se levantó de su banco, cruzó la plaza y se sentó junto a la mujer mientras, con la mano tendida y sin mediar palabra, le ofrecía la chuchería que segundos antes iba a comerse.  La mujer tampoco habló pero, con una hermosísima sonrisa que hizo retornar la belleza y ternura que tuvo en el pasado, partió la golosina, le devolvió la mitad a Ignacio y cada uno se comió una parte.

Se les veía a gusto…  Aunque seguían sin hablar.  Había algo mágico en el ambiente.  Ignacio abrió su mochila de nuevo y compartió con la hambrienta mujer el resto de su contenido.  Con cada bocado, ella le dedicaba una cálida sonrisa de agradecimiento y afecto.  Pasaron así cerca de dos horas, hasta que no quedó comida ni bebida en la bolsa del niño.  Se miraron a los ojos, sin palabras, el agradecimiento era mutuo.  Se fundieron en un abrazo y ambos dibujaron en su rostro la más bella de las sonrisas antes de separarse.  Volvieron a sus casas con el corazón inflamado.

Cuando Ignacio cruzó el umbral de su hogar, fue corriendo a la habitación de sus padres, golpeó la puerta con los nudillos y, entrando como una exhalación, les dijo emocionado:

– Papás, papás…  Acabo de comer con Dios.  Me he encontrado con ella camino de la Iglesia, no estaba dentro de ella, pero Le he encontrado de camino.  Tiene la sonrisa más bella que he visto jamás, y una mirada…  Le he dado las gracias por la vida que tengo compartiendo con ella mi comida, y he comprendido que hay gente necesitada porque los que no tenemos necesidad tampoco tenemos ojos para ver al que sufre.  Y, lo más importante, he comprendido que Dios me necesita a mí, necesita de mi ayuda y generosidad para lograr que el mundo sea mejor.  No han hecho falta palabras, papás, ha bastado con esa mirada, con esa sonrisa y con un abrazo que me ha hecho sentir unido al corazón del mundo.

Sus padres no comprendieron nada, pero le vieron tan sensato, feliz y transformado que tampoco se preocuparon.

Mientras, en el otro extremo de la ciudad, la anciana del parque volvía a la humilde habitación que era su hogar, y que compartía con otras mujeres necesitadas.  La vieron entrar con tal expresión de felicidad que no pudieron resistirse y le preguntaron:

– ¿Qué te ha sucedido, que llegas radiante de alegría?

He comido con Dios en el parque –fue su respuesta- y es más joven de lo que pensaba…  El tiempo no ha hecho mella en Él, sigue siendo un niño, con su frescura, ingenuidad y pureza…  Todavía hay esperanza para este mundo, porque en el corazón de cada niño habita Dios.

¡Qué razón tenía la anciana!  En el corazón de cada niño se encuentra Dios, y en el interior de cada uno de nosotros habita un niño interior…  A los adultos nos corresponde cultivarlo y cuidarlo, para que crezca y florezca y no muera como la flor mustia por falta de cuidados. 

 

Somos las manos y los brazos de Dios.  Él (o Ella) necesita de nosotros para cambiar el mundo.  Compartamos lo que somos y lo que tenemos, partiendo el pan y descubriendo en los necesitados el rostro de Dios sufriente…  De este modo también ellos verán, en nuestros ojos, la mirada del Dios amante que se preocupa por ellos y les cuida.  Alfa y Omega, principio y fin…  En Él somos, vivimos y existimos…  Todos pertenecemos a su linaje y esta hermandad nos obliga.  Seamos iconos de la Divinidad Invisible, hagamos visible el rostro de Dios en nuestro entorno.

Buen fin de semana a todos.

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2 comentarios en “Mito-Cuento de quienes comieron con Dios

  1. Estoy leyendo este comentario dos días después de haberse colgado, y en el día en que la liturgia de la Iglesia católica celebra el Domngo de la Santísima Trinidad, fiesta de orígenes monásticos ya que en la tradición latina fueron benedictinos y cistercienses los primeros a celebrarla por allá el siglo XI.

    La Trinidad también es un icono de la Divinidad Invisible como este mito-cuento de dos almas sedientas de Dios.

  2. Muy buena historia, y muy cierta… Ya la habia leido, pero no asi. En verdad que tenemos somos las manos y pies de Dios. Y si decidimos ser un reflejo de su Amor, estoy seguro que con nuestras ganas y esfuerzo Dios nos ayudara a ahacerlo posible…

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