Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Una propuesta revolucionaria: vivir con sobriedad


sobriedad es equilibrio

Vivimos en una sociedad en crisis, porque tenemos un sistema enfermo, ilógico, sin sentido, inhumano…  No voy a repetir aquí las advertencias del Papa Francisco en sus últimos discursos y homilías, pero no está de más echarles un vistazo antes de seguir leyendo…  No vaya a ser que se nos acuse de ser nuevos Arrupes, rojos infiltrados en el seno de la Iglesia…

Criticar al sistema imperante, al consumismo y al capitalismo, no es progresismo ni rojerío…  Es evangelio y humanismo en estado puro.  A Dios le preocupa el ser humano, que para algo lo ha creado…  Y por eso la Iglesia tiene el deber de alzar su voz cada vez que algo atenta contra la esencia de nuestra humanidad.  Le moleste a quien le moleste, la Iglesia tiene –o, mejor, debe tener- una preocupación humanística profundísima…  Nada humano le es ajeno.

 

Vivimos en una sociedad enloquecida con el consumo y la acumulación.  El reino de la cantidad, de la abundancia, del exceso, del derroche para una parte minoritaria del mundo…  Y del hambre y la carencia para la mayoría restante…  Una mayoría que parece invisible a nuestros ojos porque nos encontramos cegados por el brillo de todos esos lujos que hemos producido y convertido en imprescindibles necesidades.  Cada día somos más dependientes de nuestras propias creaciones, más esclavos de aquellos artefactos que debían liberarnos y ofrecernos una vida más humana y placentera. 

 

Hemos olvidado que el hombre llega –y se marcha- de este mundo completamente desnudo, hemos convertido el planeta en un escaparate y al ser humano en un mero consumidor u objeto de consumo…  Para nosotros todo tiene un precio y nada es suficiente, porque intentamos llenar con cosas el vacío interior que nos produce un anhelo existencial que nada tiene que ver con el tener…  Porque depende del ser.

Pero claro, para nosotros el ser depende del tener, somos lo que poseemos, la acumulación de cosas materiales (no me atrevo a decir bienes) se ha convertido en el podio en el que nos subimos para sentirnos como campeones, siendo admirados –y envidiados- por nuestros semejantes…

Estamos borrachos y satisfechos de nuestra propia miopía, que no nos permite ver más allá de lo que tenemos más cerca, de lo que podemos comprar, acumular, lucir y devorar.  Porque, como recuerda Francesc Torralba, en este acelerado mundo sin medida, en este reino de la cantidad, nos dejamos llevar por nuestro afán desmesurado y “devoramos experiencias en lugar de paladearlas”, olvidando que nuestra vida no es una carrera de obstáculos en la que hay que avanzar corriendo a toda velocidad, sino un paseo en el que uno debe disfrutar de la contemplación del paisaje, del canto de los pájaros, de la buena temperatura y de la mejor compañía.

Por esto he encabezado este artículo con un título que puede parecer un tanto periodístico pero que considero realmente ajustado a la realidad actual: la sobriedad como propuesta revolucionaria.

Porque en este estado de cosas resulta realmente imprescindible, necesario, pero también revolucionario, abogar por esta virtud que se encuentra en desuso, cuando no en el olvido.

La etimología del término sobriedad nos remite al que bebe con moderación, al que no está borracho, al que tiene control sobre sí mismo, al que es dueño de su persona porque tiene medida.

 

Cuidado, que sobriedad no es pobreza ni ascética.  La sobriedad no tiene tanto que ver con lo que se tiene como con la relación que uno mantiene con sus posesiones.  La sobriedad supone la justa valoración de los bienes, y la coherencia de trato con esa valoración.  Supone tratar a lo efímero como efímero y a lo eterno como eterno, prestando más atención, dedicación y esfuerzos a lo realmente importante y muchos menos a lo accesorio.  Supone no atarse a lo superfluo, dedicar la vida a lo que vale la pena, distribuir el tiempo y el esfuerzo con cabeza, volcándonos en lo que realmente conduce al bien-estar, al buen-vivir, a la felicidad y deshaciéndonos de aquello que en lugar de liberarnos nos esclaviza y nos llena de frustración e insatisfacción.

La decisión de compartir siempre reporta felicidad, y muchas veces también libertad.  Al que, gracias a la sobriedad, es capaz de distinguir lo necesario de lo accesorio, le resulta mucho más sencillo deshacerse de lo que a él no le resulta imprescindible y cubrir las necesidades de quienes nada tienen.  La sobriedad es un requisito imprescindible para lograr una buena lógica y práctica de la donación, que enriquece tanto al que da como al que recibe.  Paradojas del clásico arte de los beneficios.

Otro aspecto que no suele recordarse es que la sobriedad también resulta necesaria para el goce en esta vida.  Porque el disfrute de las cosas no depende de su acumulación ni de la cantidad que consumimos…  Sino de la atención que ponemos en la experiencia.  Cuando no nos dejamos llevar por la prisa y voracidad propias del consumismo, cuando dedicamos tiempo, atención y profundidad a cada cosa, descubrimos y sentimos placeres que sin duda escapan a quien estruja con prisa sus posesiones para poder “gozar” de todas ellas.

Parece algo muy abstracto pero no lo es, todos tenemos esta misma experiencia.  ¿Quién disfruta más de un buen helado: el que lleva meses comiéndolos diariamente o el que hace años que no se lleva un cucurucho a la boca?  La sobriedad, el medir nuestras apetencias, el limitar nuestros deseos para cubrir las necesidades de los demás, tiene el premio indirecto de un mayor goce para quien la practica.

Podríamos seguir páginas y páginas haciendo un elogio de la sobriedad, pero carezco de tiempo, capacidad y espacio para intentarlo.  Sin embargo, hay un último aspecto de la sobriedad que no quiero pasar por alto: esta virtud nos ayuda a poner cada cosa en su sitio, a dar a cada bien la valoración que merece y a tratarlo en consecuencia…  Pero también tiene que ver con el modo en que valoramos a los demás y a nosotros mismos.

No podemos olvidar que para vivir humanamente nos hacen falta algunas cosas…  Pero también bastantes personas.  El ser humano es social por naturaleza y precisa del trato amistoso con los demás para desarrollar sus potencias, para hacer germinar la semilla que lleva en su corazón.  La sobriedad nos enseña a tratar con las cosas, pero también con nosotros mismos y con las personas.  No somos posesión de nadie ni nadie nos pertenece, la amistad no es apropiación sino encuentro, don compartido.

Debemos ser sobrios en el tener y en el ser, no nos emborrachemos de nosotros mismos, abrámonos a los demás y valorémoslo todo en su justa medida.  Que las cosas sean siempre medios para fines más elevados, que las personas sean siempre compañeros en este viaje y, como dijo el Papa Francisco, que el dinero nos sirva, y no nos gobierne.

¿Es, o no, un mensaje revolucionario?

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