La riqueza no quita la sed…


schopenhauer

La experiencia nos dice que, a grandes rasgos, Schopenhauer tenía razón:  lo que la mayor parte de nosotros entiende por riqueza -la acumulación de bienes y capital- no sacia nuestro deseo de tener, sino que parece que lo alimenta para que siga creciendo…  Nos vuelve codiciosos.

Y la codicia no es más que eterna insatisfacción, eterno anhelo de un poco -o un mucho- más…  No nos conduce a la felicidad, pues, el mucho tener…  Más bien al contrario.

Si tomamos conciencia de este hecho, si analizamos nuestro día a día y hacemos experiencia de lo que aquí sólo es un planteamiento teórico, nos veremos impelidos a cambiar nuestra relación con las posesiones, nos veremos empujados a una vida de austeridad en la que no anhelemos más que lo necesario, nos veremos arrastrados a una vida mucho más simple y acorde con el principio platónico de que la riqueza tiene más que ver con el poco necesitar que con el mucho tener.

¡Que difícil es que un rico entre en el reino de los Cielos!, recordaba Cristo…  Porque el camino que conduce al Paraíso tiene una puerta estrecha y no cabe por ella el alma que viene con un pesado equipaje de posesiones.  Sólo es feliz, sólo encuentra el Reino, aquel que camina ligero de equipaje…  Aquél que, como recomendaba Fromm, centra su vida en el ser y no en el tener.

¿Beberías agua de mar para quitarte la sed? Pues deja de intentar saciar tu anhelo de vida con esas cosas materiales que, en lugar de liberarte y darte alas, te encadenan a ras de suelo, creándote nuevas necesidades que nunca podrás satisfacer.  Porque tienes un ansia de infinito, un deseo esencial de trascendencia, que nunca las posesiones materiales podrán satisfacer.  Busca en la infinitud del ser, y no del tener.  Ahí está la respuesta, ahí está la paz, ahí reside la felicidad.

¿Seremos capaces de renunciar a las “riquezas” de este mundo para abrazar la paz y felicidad que acompaña a la vida buena?  Confío en que sí, en que recordemos quiénes somos, cuál es nuestra naturaleza y dignidad, y así nos dediquemos a lo que enriquece nuestra alma y no nuestros bolsillos.

De verdad que lo deseo: por mi bien, por tu bien, por el bien de un mundo que se desmorona a causa de la codicia.  Una vez más, para cambiar al mundo debemos cambiarnos a nosotros mismos… Hay que intentarlo.

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