De Peregrinos y Trotamundos


peregrino

Sincronías de la vida me llevan a retomar hoy un tema sobre el que ya tratamos la semana pasada: las metas.  Este fin de semana me crucé con un peregrino, y el encuentro me dio que pensar…

Quemado por el sol, ropa desgastada, evidente falta de aseo, sin más aparente posesión que su propia persona y lo que pudiera caber en la mochila que llevaba colgada a su espalda… ¿Cuál era la diferencia entre ese peregrino y un trotamundos?  Que tenía un destino, una meta, que cada uno de sus pasos tenía un sentido, que le movía una ilusión, un objetivo que hacía que la dureza de su día a día resultara menos áspera.

Como ya vimos, los seres humanos tenemos una naturaleza teleológica, necesitamos tener una dirección hacia la que enfocar nuestra vida, una diana hacia la que lanzarnos como flecha que rompe el aire…  De lo contrario, sólo cabe la confusión y la desesperanza, el cansancio existencial o, en el mejor de los casos, el búdico –o anacorético- disfrute del aquí y del ahora propio de unos pocos místicos que descubren el destino de su peregrinar en el fondo de sí mismos, en una experiencia de totalidad y unidad de la que no todos gozaremos en esta vida…  Estos últimos pertenecen a la minoría de los trotamundos felices, o de los peregrinos del énstasis que descubren espontáneamente, por una gracia especial, que la puerta que conduce al Todo se encuentra en el centro de su corazón…  O que, como afirmaba Proust, “los paraísos perdidos sólo están en nosotros mismos”, pero más allá de nuestro ego.

Sin embargo, el resto de mortales necesitamos atender a otras metas, a otros objetivos que nos trasciendan, para –durante el viaje- encontrarnos con nosotros mismos, con Dios y con los demás…  Tenemos naturaleza de peregrinos.  Debemos buscar dónde está nuestro santuario, el sancta sanctorum de nuestra vida, y caminar para llegar a él, tranquilamente, por nuestra propia senda –se hace camino al andar- pero teniendo siempre en mente a dónde nos dirigimos, para no perdernos.

La tarea del ser humano es, nos guste o no, caminar hacia sí mismo, realizar su naturaleza, hacerse el que debe ser…  Y eso implica un peregrinar, un viaje iniciático que conduce a descubrir el Todo oculto en lo más profundo de nuestra alma y de nuestro corazón, en la mirada del otro y en el canto del pájaro, en el amanecer y en el ocaso…

Percibir el Todo en la parte, sin tomar la parte por el Todo.  Mil santuarios hay que permiten que el peregrino se encuentre con Dios, mil caminos conducen a cada uno de ellos… No pretendamos que todos transitemos por la misma senda…  O ninguno llegará, ninguno alcanzará su meta…  Esa meta que, aunque no lo sepamos y tardemos en descubrirlo, está aquí y ahora…  En lo más profundo de nuestro corazón.

¡Ultreia!  Sigue TU camino, disfruta del viaje…  Queda mucho por descubrir.

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3 comentarios en “De Peregrinos y Trotamundos

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