VALORES: LA CORTESÍA, descubre al príncipe -o princesa- que hay en ti


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En los últimos tiempos vengo escuchando en distintos foros y conversaciones la necesidad de recuperar las buenas maneras, la urbanidad, el saber estar, el tratar a los demás con respeto, el ceder el asiento a los mayores…  En definitiva, la cortesía propia de una buena educación.

No es de extrañar que, en una sociedad que se erige sobre los pilares del egoísmo, uno no pierda un minuto en preocuparse por el trato que da a los demás…  Ni, lógicamente, los demás por el trato que le dispensan a uno.  Y así nos va, nuestro día a día se vuelve una jungla en la que cada uno va a lo suyo y cada día quedan más cadáveres en la cuneta.  Y, al final, éstos empiezan a oler mal…  Y hay quien se plantea que –tal vez- deberíamos cambiar de rumbo.

Algunos lo hacen por propio interés: si eres mayor y estás cansado, es más agradable que un joven te ceda su sitio en el metro a tener que seguir de pie hasta llegar a tu destino.

Otros, por una cuestión estética: queda mejor que te traten de Ud. que de “tío”, que uno emplee un lenguaje correcto o florido que un argot que parece aprendido en los bajos fondos de una gran ciudad decadente.

Por último, hay quienes creemos que debe recuperarse la cortesía porque es una exigencia de nuestra naturaleza, la consecuencia lógica de nuestra dignidad.  El término cortesía, en sus orígenes –y como queda patente en su etimología- hacía referencia a la conducta que resultaba apropiada en la corte principesca, al relacionarse con los grandes del reino.  Y, ¿no hay un príncipe o una princesa –por no decir un Dios o una Diosa- en tu interior?  ¿No hemos hablado en otras ocasiones de que en cada uno de nosotros se oculta y manifiesta a un tiempo la Vida? ¿No mereceremos todos ser tratados, pues, con exquisito cuidado y respeto?

Hemos perdido la cortesía porque nos hemos olvidado de quiénes somos, del infinito valor que tiene cada persona humana.  Cada uno de nosotros es un auténtico milagro, un Dios que se manifiesta en uno de sus mil rostros…  Somos máscaras de Dios, las manos de Dios, y como tales debemos tratar y ser tratados…  Hermandad, fraternidad, preocupación, comprensión, amor, delicadeza, cortesía…  No son imposiciones de la costumbre, ni exigencias de la etiqueta, ni requisitos para no pudrirse en el infierno, ni necesidades para una pacífica convivencia…  Son la consecuencia lógica de tomar conciencia de quienes somos, de descubrir la grandeza que se oculta en el interior de cada persona.

Si tratamos de enseñar a nuestros hijos a ser corteses imponiéndoles una serie de normas de urbanidad lograremos un cierto avance pero estaremos tratando solamente los síntomas, la enfermedad seguirá ahí y, por tanto, con el tiempo volverá a manifestarse.  Mejor dediquemos un tiempo a descubrirles su grandeza y la de los demás…  Al hacerlo, nos estaremos garantizando que traten a cada uno como merece.  Esto es, con una cortesía sin límites…  Con la que corresponde a nuestra dignidad más que principesca.

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