El simbolismo metafísico de la luna aplicado a la espiritualidad


sol y luna

La luna nos acompaña desde siempre, y su misterio nos llama y sorprende desde el principio de los tiempos.  Prueba de ello es que no hay sociedad que no tenga una mitología relacionada con este satélite: griegos, egipcios, romanos, incas, chinos, aztecas, papúes, nórdicos, japoneses…  Por ello, resultaría una tarea titánica tratar de resumir en un post cuanto sobre ella y sus divinidades regentes se ha dicho a lo largo de la historia.  Dejo esta labor a los académicos, y remito -a quienes estén interesados- a las obras de Chevalier y Eliade, que suponen un buen inicio para las personales indagaciones al respecto.

También sobre el simbolismo de la luna se ha escrito largo y tendido…  Pero, al menos a mí, no siempre me ha servido lo que he leído.  Tal vez porque los símbolos exigen ser vivenciados, los análisis demasiado eruditos del tema me resultan poco simpáticos.  Si queremos conectar con esas enseñanzas que la naturaleza de la luna puede aportarnos sobre nosotros mismos y sobre nuestra existencia, más nos vale que el lenguaje resulte comprensible y cercano.  De lo contrario, no haremos más que añadir velos a lo que ya está velado…  Cuando lo que deberíamos hacer es justamente lo contrario: des-velar el misterio.

Partamos de lo más evidente, de lo que aprendimos en el colegio: la luna es el cuerpo celeste que se nos presenta como más brillante después del sol…  Aunque carece de luz propia, refleja la luz del astro rey y –por eso mismo- ilumina en la noche oscura.

Carece de luz propia, refleja la luz del sol, la recibe y la entrega, la comparte…  Pero no siempre en la misma medida.  La luna pasa por cuatro fases, crecimiento, esplendor, decrecimiento y desaparición…  Y vuelta a empezar.  Es voluble, cíclica, como la existencia humana.

Así como es arriba es también abajo, en el cielo como en la tierra…  Traslademos esta característica de la luna al ámbito de la espiritualidad y veremos que arroja una insospechada luz sobre dos tendencias que conviven en todas las tradiciones religiosas: la trascendente y la inmanente, la exotérica y la esotérica, la ascética y la mística.

La luna no tiene la luz en sí misma, la toma de otro, y por eso puede ganarla o perderla.  Representa la espiritualidad dual, la que concibe a Dios como el totalmente otro al que nosotros tratamos de reflejar en nuestro entorno.  Como los seres humanos somos volubles, nuestro reflejo será a veces mayor y a veces menor, porque en ocasiones Le percibiremos con mayor facilidad y en otras le perderemos de vista, porque a veces nuestro espíritu se encontrará limpio y desprendido para poder reflejar cuanto recibe y en ocasiones deseará quedárselo para sí mismo.  La inestabilidad de esta experiencia religiosa es connatural a nuestro conocimiento dual, segregador, fragmentado, racional, discursivo y teórico de Dios.  Un conocimiento frío, que no calienta.

Sin embargo, no debemos por ello pensar que carece de valor.  Al contrario: cuando nos envuelve la oscuridad, la luna hace posible la luz en medio de la negrura…  Aunque sea una fría luz que viene y va, ilumina el camino y permite percibir el contorno…  Además de que, si prestamos atención, nos indica la existencia de la fuente de su luz: el Sol…  Y tal vez nos anime a buscarlo.

La luna es un puente entre la luz y las tinieblas, entre la oscuridad y el sol, un faro en medio del mar…  Recibe y da la luz de otro, no quedándose nada para sí y –en ese desprendimiento- encuentra el motivo de su existencia.

 

Sin embargo, se corre el riesgo de confundir a la luna con el sol, de pensar que esa luz es emitida por ella misma, que esa luz es la Luz.  Y no, no lo es.  Si la luna pierde de vista al sol, desaparece… 

 

El sol, por su parte, es –como ya hemos tratado en otras ocasiones- un fuego incandescente que da luz y calor.  La espiritualidad a-dual o de la inmanencia considera que no hay que buscar fuera lo que ya somos, que la chispa de la Divinidad se encuentra en nuestro interior suspirando por desplegarse y hacer de nosotros nuevos soles que iluminen con una luz propia que nunca se apaga…  Y que basta con deshacernos de aquellas capas de mugre que nos vuelven opacos a lo que realmente somos.  Es la vía que parte del conocimiento,  la introspección, de la meditación, de un sano esoterismo que no ha degenerado en autocomplacencia y que es consciente de que uno no enciende una vela para mantenerla oculta bajo una vasija.  Damos luz y calor porque somos soles, estrellas, encarnaciones de un Dios que está en todo y en todos sin ser agotado por ninguna de sus manifestaciones.

Sin embargo tampoco la vía del esoterismo es mi ideal, abogo más bien por la unificación de las polaridades que propone tanto el tantra como el taoísmo, las distintas corrientes místicas y el cristianismo más ortodoxo, la religión de las paradojas.  Dios en inmanente y trascendente a un tiempo, está en nosotros y más allá de nosotros, en la parte y en el Todo, es el Sol y la Luna, en la luz y la oscuridad.  No renunciemos a tratarlo como el totalmente Otro ni como la voz que nos habla desde nuestro interior o resuena en toda la creación.  Que la luna nos lleve al sol y el sol siga reflejándose en la luna, que lo exotérico nos lleve a lo esotérico y lo esotérico alumbre con luz propia a lo exotérico, que la forma nos permita intuir el fondo y el fondo nos lleve a la forma, que la ascética nos lleve a la mística y la mística a la ascética, que Dios se haga hombre para que nosotros nos hagamos Dios.

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4 comentarios en “El simbolismo metafísico de la luna aplicado a la espiritualidad

  1. A través de una web que enlaza entradas para sacar provecho, que estaba enlazando mi blog, he encontrado este otro. Grata sorpresa, pues me parece una entrada muy inspiradora.

    No hace falta tirar de enrevesados cálculos astrológicos, sólo aprehender el simbolismo de una manera directa y clara. 🙂

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