Da las gracias por tus fracasos, pueden ser tus mejores amigos


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Cada uno de nosotros nace con un temperamento con el que tiene que lidiar toda la vida…  Y éste nos marca en nuestro modo de ser y en nuestra manera de enfrentarnos a los acontecimientos.

Una experiencia con la que todos –absolutamente todos- topamos en alguna ocasión es la del fracaso.  Sé que está mal visto hablar de ella, pero es bueno dedicarle unos minutos para que –cuando se dé el caso- no nos destroce interiormente, como indica su etimología (del latín quassare, romper).

Fracasar consiste en no lograr lo que uno pretendía, en no alcanzar el éxito, en no llegar a la meta, en errar el tiro. ¿Te suena?  A mí sí.  No es una experiencia agradable, aunque sin duda sí que resulta una vivencia enriquecedora porque nos sitúa frente a nuestra incapacidad, ante nuestras limitaciones, cara a cara con nuestras incompetencias o errores.

De nosotros depende que el golpe nos quiebre o pase a formar parte de la forja de nuestra personalidad. Si somos capaces de aprender de nuestros errores, lo que hoy en una pesadilla puede transformarse en la simiente del éxito del mañana.  Porque, como afirmaba Benjamín Disraeli: “no hay educación como la de la adversidad”.  Realmente, en mi personal experiencia puedo asegurar que el fracaso es mucho mejor maestro que el éxito, es su complementario imprescindible.  Si haces algo bien por casualidad, puede que no prestes atención a su enseñanza y, por tanto, no repetirás el éxito.  Pero si la misma casualidad te lleva a un estruendoso fracaso –salvo que seas estúpido- buscarás su causa y aprenderás del error.  Porque el fracaso duele… Y enseña.

Sin embargo, debemos reconocer que es cierto que la posibilidad de aprendizaje depende de cómo nos situemos frente al fracaso.  Hay que templar las pasiones y asumir que errar es humano.  No hay que desesperar, hay que entender que el éxito consiste –como decía con acierto Churchill- en ir de fracaso en fracaso…  Así que el haber fallado no te convierte en un fracasado.  Como decía el famosísimo adagio latino: errare humanum est…  Aunque no todo el mundo sabe cómo continúa la cita: sed perseverare diabolicum, pero perseverar –en el error- es diabólico.

El fracaso nos vacía de nuestra vanidad y de nuestras falsas esperanzas, arroja por la vía drástica al exterior esa soberbia que habitualmente nos carcome por dentro.  Así que, cuando uno falla en sus objetivos y se falla a sí mismo, es fácil que le aqueje un momento de lucidez y claridad en el que perciba los verdaderos contornos de sus auténticas capacidades y fuerzas.  El error te vuelve humilde, te hace descender al humus, a las profundidades de tu sustrato consciente e inconsciente, a tu punto de partida -en el que conviven el pasado, el presente y el germen del futuro-, facilitando un auténtico rebirthing, un renacimiento como el del ave fénix, que resurge de sus cenizas.

Y, puesto que la vida es cambio, no es malo que también nosotros estemos dispuestos a movernos, a transformarnos con los tiempos.  Debemos renacer cada día a lo mejor de nosotros mismos en medio de la circunstancia que nos rodea…  Y, si ésta varía, también nosotros debemos adaptarnos.

Pero esta permanente mutación –a la que nos llama el famoso I-Ching- no es sencilla, puede resultar cansada, y no es raro que prefiramos apoltronarnos en nuestras seguridades, en nuestras posiciones, dentro de nuestras fronteras existenciales…  Alejándonos cada día más de la realidad, acercándonos en cada jornada un paso más a nuestro fracaso…  A un fracaso que puede hacernos abrir los ojos a un mundo que ya no es el que era, a unos problemas nuevos que no pueden solucionarse con recetas antiguas¿Te has parado a pensar a cuánta gente a hecho fracasar el éxito?  Si todo te va más o menos bien, ¿por qué cambiar?  Y, mientras, tu existencia estática te va haciendo perder oportunidades nuevas, ocasiones de mejora y crecimiento.

Cada fracaso es un grito de atención, una llamada al cambio, una enseñanza de por dónde no hay que ir, una invitación a abandonar el camino trillado.  Para Thomas Alva Edison, estaba claro.  Antes de lograr construir una bombilla que funcionara, realizó más de mil pruebas fallidas.  Nadie parecía entender su constancia y persistencia.  ¿Por qué seguía intentándolo? ¿Por qué no abandonaba tras más de mil fracasos?  Su respuesta ha hecho historia, y es una gran enseñanza para todos nosotros: “No han sido mil fracasos, han sido más de mil aprendizajes sobre cómo no se construye una bombilla”Ése es el espíritu: aprender del error, disfrutar del aprendizaje…  Levantarse fortalecido tras cada caída, allí está la gloria.

El fracaso no puede ser un pozo en el que hundirse, debe ser un trampolín que nos impulse hacia un futuro mejor.  Y que sea una cosa u otra sólo depende de nosotros, de nuestra actitud.

¿Has fracasado?  No te hundas: caerse esta permitido…  Pero levantarse es obligatorio.  Aprende del fracaso y vuelve a empezar.  Tu punto de partida ya no es el mismo, ya no eres el mismo, ahora sabes algo que antes desconocías.  Y ese nuevo conocimiento te acerca un paso más al éxito.

Puede que te encuentres en una noche oscura en la que nada sale bien, en la que todo falla.  No desesperes, sigue aprendiendo y dando pasos…  Porque tras el momento más oscuro de la noche despunta el alba, llega un nuevo amanecer.

En tu interior se esconde una estrella y, si no desesperas, si no abandonas, ésta terminará por brillar…  Y, así, terminarás iluminándonos a todos con tu luz y calor.

Con cada fracaso estás más cerca del éxito, así que siempre hay que dar gracias.  Si sabes aprovecharlo, todo es para bien: el fracaso puede ser tu mejor amigo.

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3 comentarios en “Da las gracias por tus fracasos, pueden ser tus mejores amigos

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