Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Mito-cuento sobre la buena suerte, y la mala suerte


caballo

Escuche hace tiempo esta historia, y me parece un broche de oro para terminar una semana en la que hemos tratado sobre el éxito y el fracaso, el morir y el renacer, el caer y el levantarse…  Confío en que, si algo no había quedado suficientemente claro, se despejen las dudas con este mito-cuento.  Dice así:

Había una vez, hace mucho tiempo, un hombre sabio que vivía en un recóndito pueblo del Japón.  Había dedicado su vida a descubrir los secretos de la existencia –de la buena vida- y, ahora que ya era adulto, trataba de transmitírselos a sus discípulos y a su joven hijo.  El saber no ocupa lugar, pero tampoco te llena los bolsillos…  Así que él y su familia vivían austeramente, disfrutando de lo necesario, pero careciendo de cuanto no resultara imprescindible.

Su hijo, un niño que no había llegado a la adolescencia, albergaba un sueño en su corazón: tener un caballo.  Sabía que su deseo escapaba a las posibilidades económicas de sus progenitores, pero no podía evitar sentir pasión por el noble bruto.  Su padre lo sabía, y aprovechó el infantil antojo para explicar a sus alumnos que uno debe aprender a gobernar sobre sus deseos, no simplemente renunciando a ellos (para evitar el dolor por lo no alcanzado) sino gestionándolos con inteligencia para hacer de ellos metas que nos ayuden a crecer y avanzar, sin sentirnos por ellos infelices por no poseer aquello que se anhela.

Una mañana sucedió algo que les dejaría a todos perplejos: un emisario del príncipe llegó a la residencia del sabio con un regalo como muestra de agradecimiento por un buen consejo que su majestad había recibido gratuitamente del maestro…  Era un hermoso corcel blanco que les llenó a todos de admiración por su belleza y poderío.  Tras agradecer tan obsequioso presente, el sabio decidió regalarlo generosamente a su hijo, quien no podía creer lo que estaba sucediendo.  Estaba rebosante de felicidad.

– ¡Qué suerte habéis tenido!   Deberíais estar dando saltos de alegría y, en cambio, os veo impertérrito pese a vuestra buena fortuna– dijo Masaaki a su maestro.

El sabio, que se llamaba Takamatsu, le respondió:

– Eres uno de mis mejores alumnos, Masaaki.  Tú mejor que nadie deberías saber lo difícil que es distinguir entre qué es buena suerte y qué es mala suerte…  ¿Quién sabe?  Disfrutemos de aquello de lo que disponemos y no pongamos nuestra felicidad en lo que fue o en lo que será.

Dicho esto, padre e hijo fueron a cabalgar al campo –juntos y divertidos- sobre ese majestuoso animal, fruto del agradecimiento del príncipe.

Pasaron los días y padre e hijo disfrutaban de su montura hasta que, una buena mañana, olvidaron cerrar la puerta del establo y el caballo se escapó.

– ¡Qué mala suerte, maestro! – le dijo en esta ocasión el aventajado alumno-. Sin embargo, no os veo especialmente tristes a vos ni a vuestro hijo.

– Mala suerte, buena suerte… ¿Quién sabe?  Disfrutemos de aquello de lo que disponemos y no pongamos nuestra felicidad en lo que fue o en lo que será.

Y padre e hijo comenzaron a pasar el tiempo libre cultivando un huerto que hacía las delicias de sus dueños, de sus alumnos y de sus vecinos.

Una mañana Takamatsu se despertó al escuchar unos extraños ruidos en el huerto… ¿Serían ladrones?  Fue a buscar a su hijo y salieron a ver qué sucedía…  Se quedaron anonadados ante lo que vieron: el caballo había vuelto…  Y estaba acompañado de la más hermosa yegua que hubieran visto jamás.  Llevaron a los dos fantásticos ejemplares al establo y, asegurando bien las puertas, siguieron con su día, esperando con alegría la llegada de la tarde para salir –de nuevo- a montar.

Cuando Masaaki se enteró de la buena nueva, corrió junto a su maestro para decirle:

– ¡Hay que ver la suerte de tenéis, maestro!  No sólo habéis recuperado el caballo perdido, sino que os ha venido acompañado de otro bellísimo ejemplar.

¿Qué crees que respondió el sabio? Efectivamente:

– Buena suerte, mala suerte… ¿Quién sabe?  Disfrutemos de aquello de lo que disponemos y no pongamos nuestra felicidad en lo que fue o en lo que será.

Esa tarde, durante su paseo a caballo, el hijo de Takamatsu cayó de su montura y se quebró la pierna por dos lugares distintos.  El dolor era insufrible, y tuvieron que inmovilizarle completamente la pierna.

A Masaaki le faltó tiempo para ir a dar su punto de vista al maestro:

– ¡Qué mala suerte!  Tal vez hubiera sido mejor que no volviera el caballo…  Ahora vuestro hijo tendrá que estar meses sin andar…

El maestro, con una sonrisa ante la tozudez del que siempre había pensado que era el más aventajado de sus alumnos, le respondió:

– Mala suerte, buena suerte… ¿Quién sabe?  Disfrutemos de aquello de lo que disponemos y no pongamos nuestra felicidad en lo que fue o en lo que será.

Desde ese día, el padre montaba un rato por la mañana al caballo, y por la tarde a la yegua…  Así los mantenía en forma.  El resto del día lo pasaba con su hijo –al que había trasladado a su despacho para que no estuviera solo- y con sus discípulos.  Tantas horas juntos hizo estrechar aun más los lazos entre padre e hijo y, además, enriqueció la cultura y la formación del joven hasta niveles insospechados pues estaba presente y participaba en todas las explicaciones y discusiones de Takamatsu con sus discípulos.

– ¡Que suerte has tenido, Takamatsu!- le dijo un día Masaaki a su maestro-.  Ahora tienes en tu hijo al más aventajado de tus discípulos…  Y al que más te admira y quiere.

– Buena suerte, mala suerte… ¿Quién sabe?  Disfrutemos de aquello de lo que disponemos y no pongamos nuestra felicidad en lo que fue o en lo que será.

Habían pasado dos semanas de este episodio cuando llegó un emisario del rey.  En esa ocasión no venía con un presente sino con una orden: todos los jóvenes en disposición de luchar debían acompañarle, pues su reino estaba en guerra y precisaban soldados.  Al encontrarse lesionado, el joven hijo de Takamatsu no pudo acudir al llamamiento, ni aumentar el honor de su familia con azañas realizadas en el campo de batalla:

– ¡Qué mala suerte!- Le dijo Masaaki a su maestro antes de partir-.  Tu hijo ha perdido la oportunidad de convertirse en un valeroso guerrero que llenara de orgullo y fortuna tu hogar.

Takamatsu, sin perder la paciencia pero con un deje de tristeza en los ojos al ver que seguía sin comprender, le contestó:

– Mala suerte, buena suerte… ¿Quién sabe?  Disfrutemos de aquello de lo que disponemos y no pongamos nuestra felicidad en lo que fue o en lo que será.

Quedáronse solos padre e hijo en la casa, disfrutando de sus mutuos cuidados y compañía.  Una mañana, un joven vino a visitarles.  Se presentó como un compañero de Masaaki en el campo de batalla, como el único superviviente que hubo de tan sangrienta y desoladora campaña.  Había viajado hasta ese recóndito pueblo para cumplir la promesa que hizo a un moribundo Masaaki de acudir junto a su maestro para comunicarle el mensaje que le transmitió entre estertores de muerte:

– Buena suerte, mala suerte… ¿Quién sabe?  Disfrutemos de aquello de lo que disponemos y no pongamos nuestra felicidad en lo que fue o en lo que será…  Os he tenido a vos, maestro, he disfrutado de vuestras enseñanzas y amistad.  No puede haber mayor suerte ni satisfacción.  Hoy os he entendido, hoy soy afortunado porque –pese a que muero- disfruto de lo que soy y tengo.  Gracias, maestro por una enseñanza que me permite mirar a la muerte a los ojos, viendo en ellos un reflejo de esperanza.

Con lágrimas corriendo por sus mejillas, el maestro respondió:

Tendrás buena suerte en tu viaje, Masaaki, porque la buena suerte eres tú.

Recordemos también nosotros que, más allá de las circunstancias, en nosotros está la capacidad de aprovechar las oportunidades que éstas ofrecen, de disfrutar de cuanto tienen de bueno y de utilizar lo peor de las mismas como un trampolín para cambiar, para crecer, para desarrollar potencialidades dormidas.

Seamos los protagonistas de nuestra buena suerte y, mientras tanto, recordemos tan esencial enseñanza:  Buena suerte, mala suerte…¿Quién sabe?  Disfrutemos de aquello de lo que disponemos y no pongamos nuestra felicidad en lo que fue o en lo que será.

Buen fin de semana… Y buena suerte.

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Esta entrada fue publicada en 18 de octubre de 2013 por en Mito-Cuentos y etiquetada con .
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