Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

El simbolismo metafísico de la perla: una joya se oculta en tu interior


AKF1C8

Cuenta una antigua leyenda persa que, cuando los cielos descargan sus dulces y purificadoras aguas sobre las turbulentas aguas del mar, hay ostras que ascienden a la superficie y entreabren sus conchas para recibir una gota de esas celestiales aguas.  Germinadas por esa gota, como el útero por la semilla espermática, regresan las ostras a sus profundidades para cultivar esa joya interior que es la perla.

Aunque es obvio que la causa biológica de formación de las perlas en el interior de las ostras no es la que se narra en el mito -sino el ingreso de una partícula extraña en el interior del cuerpo del molusco- ello no quita ni un ápice de sentido al simbolismo de su formación, manifestación, búsqueda y acceso.  Hagamos una breve incursión en cada uno de ellos.

La formación de la perla tiene que ver con la receptividad, con la acogida de lo que viene de arriba, de los Cielos…  Se asocia a la ostra con el principio yin del taoísmo porque es acogedora, porque recibe y de su recepción hace un medio de creación…  Se deja fecundar.  La concha abierta es el útero, es nuestra alma cuando se vacía de sí misma y hace espacio para recibir lo que está más allá de cuanto ha contenido jamás.  La ostra nos habla del diálogo sin condiciones con la Realidad, de ese conocimiento (gnosis) que no es fruto de las propias disquisiciones sino que nos es regalado, entregado gratuitamente, para que lo acojamos en nuestro interior…  Dejando que se desarrolle y nos transforme, poco a poco, paso a paso, en el lugar –en las profundidades- en que nos encontramos habitualmente.

Sería absurdo que la concha pretendiera acoger en su interior todas las aguas del cielo…  Éstas, como la propia Divinidad, son inabarcables en su naturaleza infinita y absoluta.  Como leemos en el Corán, “Él hizo bajar el agua desde el cielo, para inundar los valles, cada uno de acuerdo con su capacidad”.

Sin embargo, toda el agua está en la gota, aunque la gota no sea toda el agua.  Cada concha es un recipiente único capaz de acoger en su interior a una ínfima muestra del Todo que, pese a ello, se encuentra completamente manifestado en la parte.  Shabestari lo expresa con especial belleza cuando afirma que:

De Dios en cada uno

hay una parte, un regusto,

origen y retorno de cada uno

es un Nombre divino.

 

En ese Nombre cada criatura tiene sus ser,

a ese Nombre siempre alaba.

Esa ínfima gota de agua que reposa en el interior de cada uno de nosotros será como la semilla de mostaza que crecerá sobre terreno fértil.  Esa chispa divina oculta en el interior de la ostra (algunas tradiciones relacionan el origen de la perla con el rayo y no con la lluvia) será la materia prima de la transformación interior de la ostra.  Porque no debe olvidarse que es la ostra la que, con su trabajo interior, con los medios que le ha otorgado la naturaleza, transformará la informe y transparente gota de agua en la hermosa y preciada joya lunar que es la perla, reflejo de la unidad, perfección, belleza y entrega propias de Aquél que es origen de toda agua de vida.  La perla no es una mera creación de la ostra porque su núcleo procede de lo Alto, pero tampoco es directamente una creación del Altísimo porque en su aparición ha intervenido el molusco…  La contemplación de este proceso debe llevarnos a tomar conciencia del dinamismo de la existencia, de la Trinidad Radical, de la unio sympathetica, de que Dios ha decidido manifestarse en el mundo a través de cada uno de nosotros, y que cada uno de nosotros debe hacerle un sitio si quiere disfrutar de Él.

Hemos tratado –aunque sea someramente- sobre la formación de la perla y la enseñanza que contiene.  Pero, la perla –en sí misma-, ¿tiene algún simbolismo que convenga mencionar?  Como todo símbolo, la perla es manifestación sensible de una naturaleza oculta e inasible para nuestros sentidos…  Todo, en la perla, nos remite a algo que está más allá de ella.  Desde las profundidades del océano parece gritarnos los secretos de Dios, del universo y de nosotros mismos.  Allí –nos recuerda Rumi- es donde reside su mayor valor:

Sea cual sea la perla que veas, ¡busca otra en su interior!

Cada joya te dice: “No te des por satisfecho con mi belleza,

pues la luz de mi cara proviene de la vela de mi conciencia!” 

En las profundidades de las informes aguas del mar, en permanente, caótico y fecundo movimiento, se encuentra una joya, oculta de las miradas indiscretas por una concha que le hace velo y protección.  Su forma esférica nos habla de lo infinito, de lo que no tiene principio ni fin, de la eternidad, de la unidad, de la perfección, del centro y de la periferia, del desarrollo de la esencia, de la emanación desde el núcleo, de su origen.  Su color blanco, lunar, es el símbolo de la pureza de su origen y –por ser el resultado de una completa reflexión de la luz, de arrojar fuera de sí todos los colores que se reciben sin guardar ninguno en su interior- un recordatorio de que la esencia de Aquél de quien procede es el dar, el entregar, el volcarse, el vaciarse, el entregarse sin guardar nada para sí mismo.

La perla es un reflejo del hombre esférico de Platón, la imagen del hombre plenamente desarrollado, divinizado, perfeccionado a partir de la transmutación de lo imperfecto.  Orígenes va más allá y relaciona a esta joya con Cristo, con la divinidad humanizada o la humanidad divinizada.

Es la perla, por tanto, un mandala que nos habla de nosotros mismos, de esa belleza que se oculta en nuestro interior y que no siempre somos capaces de percibir, de las posibilidades latentes que residen en nuestra alma si somos capaces de descubrir y conectar con esa gota de agua, con esa chispa divina que nos vincula con lo más excelso de nosotros mismos y nos lleva a ser espejos de Dios.  Hay que eliminar lo que sobra, romper la concha de lo banal, de lo superficial, de lo inmediato, de lo comúnmente valorado, para abrirnos de nuevo a la influencia de lo Alto que se oculta en lo más profundo de nosotros mismos…  Y que está esperando a que trabajemos sobre ello para convertir la gota en perla, la chispa en fuego.

Pero la perla también nos habla de la vida, del mundo y de los acontecimientos más cotidianos.  Nos habla de la hermenéutica simbólica, nos habla de mirar con nuevos ojos, de traspasar los velos, de entrar en el sancta sanctorum de la Realidad, de percibir el Todo en la parte, de descubrir la oportunidad de trascender que se oculta en todo acontecimiento.  Nada es banal para la mirada del místico, para aquél capaz de percibir el susurro de Dios en cuanto le rodea…  La perla escondida en la ostra. 

Pero, ¿dónde buscar la perla? ¿Cómo acceder a ella?  La perla se encuentra en el interior de la concha, en las profundidades del mar…  Por tanto, será preciso buscarla, encontrarla y rasgar los velos que la cubren para poder acceder a ella.  Esa búsqueda es la Búsqueda, la peregrinación, el tariqat, el viaje iniciático, la senda de la gnosis, el trabajo interior, la auténtica vía mística, la más profunda experiencia religiosa.

Este viaje comienza con una inmersión en las profundidades de nosotros mismos, de nuestras ajetreadas y a menudo caóticas y turbulentas vidas, para encontrarnos con nuestro auténtico rostro, para tomar conciencia de nuestra naturaleza de ostra, de templo, de recipientes, de portadores de un tesoro oculto.  Porque no es raro que seamos arrastrados por la existencia y no prestemos atención a quienes somos, qué queremos ni cuáles son nuestras necesidades más profundas.

Retomamos la idea del mandala…  Debemos recorrer el sendero que va de la periferia al centro para, después, trascender el cosmograma.  Debemos alcanzar el centro de nuestro corazón para hallar en él la puerta que conduce al Absoluto.

Volver a casa, acceder al centro…  ¿Cómo hacerlo?  Reservándonos unos minutos, al menos dos veces al día, para sosegar nuestros pensamientos más superficiales y tratar de respirar con el Universo, percibiendo los susurros y las recomendaciones del Inefable.  Primero habrá que observar a nuestra mente para irla conociendo, después habrá que silenciarla y comenzar a escuchar al cuerpo…  Finalmente, habrá que silenciar también a éste y quedarnos en un estado contemplativo, de absoluta pobreza, vacuidad, apertura y receptividad –como la ostra del mito con el que he comenzado este escrito- para recibir esa gota, esa chispa divina sobre la que, trabajando, lograremos hacer presente a Dios en nuestras vidas.  En realidad, la gota ya está ahí, depositada en nuestro interior, pero somos incapaces de verla, como tampoco veíamos la imagen del perro en la experiencia que hicimos el lunes pasado.

Nos perdemos en el caos, en el ruido…  No somos capaces de percibir el sentido, de descubrir el tapiz de nuestra existencia, de escuchar el Nombre de Dios que resuena en nuestro interior.  Debemos abrir la concha, rasgar los velos, penetrar la esencia, superar la superficialidad, adecuar la mirada, abrirnos a la acción del Espíritu, experimentar la propia existencia como participación mística –fecundante y fecundada- en la Realidad.

La hermenéutica simbólica es un buen instrumento, la meditación sobre el simbolismo ayuda a ponerse en camino…  Confío en que este artículo te ayude a dar tus primeros pasos…  A descubrir la perla que ocultas en tu interior, la estrella que eres aunque no lo sepas.  Yo sí lo sé: eres Dios tratando de manifestarse…  ¿Se puede ser más?  Valórate, cultiva tu perla interior.


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4 comentarios el “El simbolismo metafísico de la perla: una joya se oculta en tu interior

  1. Jordi Morrós Ribera
    24 de octubre de 2013

    Joaquín, más de un día cuando acabo la jornada con los ojos que ya se me cierran y leo tus reflexiones me pregunto cómo haces para organizarte la vida de padre de familia, esposo y trabajador para poder sacar tiempo de redactar escritos como éste de hoy. Debe ser que sabes organizarte bien el cultivo de tu perla interior y no perderte en la multiplicidad de todo lo que nos rodea.

    • Administrador
      25 de octubre de 2013

      Muchas gracias, Jordi, por tus palabras. Ni yo mismo sé cómo lo hago… ¡Pero funciona!

      Saber que hay quienes -como tú- me leeis cada día supone un importante estímulo en los momentos de cansacio extremo… Como éste mismo.

      Una vez más, gracias… Muchas gracias.

  2. Pablo
    8 de junio de 2016

    quisiera comenzar el camino , como lo hago?

  3. Iris
    11 de abril de 2017

    Hermosa y profunda reflexión. Muchas gracias! Este mensaje llega como agüita fresca; simplemente mágico y poderoso. Muchas gracias. Bendiciones.

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