Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

La pobreza de espíritu como bienaventuranza


pobre en espiritu

De un tiempo a esta parte, dedico los martes a tratar sobre un valor, sobre una virtud que tenga una importancia capital en nuestra vida.  Hoy dedicaremos unos minutos a meditar en torno a la pobreza interior, la principal de las bienaventuranzas que enunció Jesús en el Sermón de la Montaña.  Este compendio de sabiduría –que conmueve, todavía hoy, el alma de creyentes e incrédulos- comienza así:

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

Me parece importante la llamada de atención que hace San León Magno sobre el hecho de que Cristo no declare bienaventurados a los pobres, sin más calificativo, sino a los pobres “de espíritu”.  Parece decirnos que su bienaventuranza nace “más por la humildad de su espíritu que por la carencia de su fortuna”

Casiano, con la claridad propia de los clásicos, puede resultarnos un buen punto de partida para profundizar en este matiz: “De nada nos serviría vivir sin un céntimo si acariciamos el deseo de poseerlo. (…)  Se puede ser avaro sin tener dinero.  (…)  Sólo ha renunciado a los bienes de este mundo el que ha erradicado de su interior el deseo de poseerlos”.

Así que, para ser bienaventurado, no es condición necesaria –y mucho menos única- el carecer de bienes.  Coincido en este planteamiento con San Agustín cuando afirma que el que ama las riquezas materiales, aunque no tenga absolutamente nada y viva en la más absoluta miseria, en su espíritu no es pobre sino rico.

 

La pobreza de espíritu no tiene que ver con lo que se tiene, sino con cómo se es, es la postura interior propia del que vive desapegado y desprendido de todo y de todos, del que es consciente de que todo lo que es y tiene le ha sido dado, regalado, sin mérito alguno por su parte…  Y, por ello mismo, lo pone a disposición de su creador y de los demás.  Así lo expresa San Ignacio de Loyola en su célebre oración de ofrecimiento:

Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,
mi memoria,
mi entendimiento,
y toda mi voluntad,
todo mi haber y mi poseer;

Vos me disteis,
A Vos, Señor, lo torno.
Todo es vuestro,
disponed todo a vuestra voluntad;
dadme vuestro amor y gracia,
que con ésta me basta.

El pobre de espíritu es humilde porque está en contacto con su insignificancia, con la pequeñez de sus propias posibilidades, y con la grandeza de su naturaleza y su capacidad cuando se sube a los hombros del Absoluto, volviéndose templo –mediante el vaciamiento del que hablábamos ayer- del que de Vida a la vida.

Ese contraste entre lo que somos y lo que podemos ser, entre lo que merecemos y lo que efectivamente se nos regala y debe llenarnos de agradecimiento, se pone de manifiesto también en la etimología del término “pobre”.  Del latín pauper, hace referencia a la cualidad propia del que produce poco, del que es poco fértil…  Como lo es el ser humano abandonado a sus fuerzas.  Sin embargo, a pauper se opone el término dives, rico, de donde procede –según Varrón- la palabra Divino, que hace referencia al que es todo abundancia que se vuelca en los demás.  Por nosotros mismos no somos, tenemos ni podemos nada, pero si aceptamos nuestra impotencia y nos sometemos a la dinámica del Espíritu, nos divinizaremos y nos volveremos fuente de amor, paz y alegría para cuantos nos rodean…  Nuestra pobreza de espíritu nos conducirá a la riqueza interior.

Esta riqueza interior no supone una carga en nuestro peregrinar por la vida porque, al no apropiarnos nada, llevamos las alforjas ligeras.  El homo viator que es cada uno de nosotros debe evitar los excesos de equipaje si quiere tener un buen viaje.  El desapego, como recordaba Juan Pablo II es radicalmente liberador: “es perfectamente libre porque es perfectamente pobre”Esa libertad que nace de la pobreza de espíritu es la que nos permite seguir cualquier llamada, la que nos da la opción de ser quienes estamos llamados a ser.

Willigis Jäger advierte que el ascenso hacia Dios se produce a través del descenso, algo que a menudo olvidamos.  Para encontrarnos con el Absoluto deberemos renunciar a todo lo relativo, para ascender a los cielos deberemos descender primero a nuestros infiernos, para abrazar el Todo deberemos transitar por la nada.  En la escasez se revela la plenitud…  Dios se encuentra en todas partes, pero en ninguna cosa.

No quisiera terminar sin hacer una última y polémica aproximación a la pobreza de espíritu: he defendido que la pobreza interior nace de la renuncia a toda apropiación…  También a la de Dios.  No pretendamos poseer a Dios, no queramos apropiarnos de Él ni ceñirlo a la cárcel de nuestras comprensiones u opiniones.  Dios no nos pertenece, así que mejor vivamos la pobreza en nuestro espíritu, vaciémonos de toda posesión y prejuicio, y dejemos que sea Él quien anide en nuestro interior y nos posea en nuestra pauperidad…  Para volvernos reflejo de la Deidad.  En nosotros mismos somos nada, en Él lo somos Todo.

Es precisa una total renuncia, un total abandono, una total confianza para atender a la llamada de lo alto que nos llega desde antiguo: “Deja la casa y la tierra de tus padres y ves hacia la tierra que yo te indicaré”Atendamos la llamada, iniciemos el camino hacia la tierra prometida, ligeros de equipaje, con la libertad y la valentía propias de quien no teme perder nada, porque nada le pertenece.

Termino como he comenzado: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.  Gran verdad, importante recordatorio.

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2 comentarios el “La pobreza de espíritu como bienaventuranza

  1. Guillermo Mendoza Tarré
    29 de octubre de 2013

    MUCHAS GRACIAS Joaquin por la lúcida explicación de esa importante bienaventuranza que debemos tener presente en nuestro día- a -día para llegar a elevar el espíritu y aspirar a una existencia de alta calidad humana.

    • Administrador
      29 de octubre de 2013

      Gracias a ti, Guillermo, por leer entre líneas y dejar que el Absoluto se encarne en ti con la ayuda de un texto que no es más que un balbuceo. La comprensión está en ti… No lo olvides nunca.

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