Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

Ser sabios con mirada de niño


ojos de niño

Hay una muy común metáfora que asimila el conocimiento con la luz, con esa luz que ofrece comprensión y amor, con esa luz que alumbra nuestras sombras y nos muestra -y pone a nuestro alcance- cuanto permanecía oculto, escondido, inaccesible.  Y es cierto: el saber da un nuevo sabor a nuestras vidas, permitiéndonos degustar manjares que jamás habríamos imaginado, dotándonos de una sensibilidad de la que el necio carece, abriéndonos la puerta a mundos cuyas fronteras están vedadas para los ignorantes…

Pero no hay que olvidar que, en ocasiones, la luz puede cegarnos…  Y, en ese caso, deja de ser una ayuda para convertirse en un peligroso y venenoso enemigo.  Porque la importancia no reside en la misma luz, sino en aquello que alumbra.  ¿Queremos una linterna para contemplar el paisaje en medio de la oscuridad, o para alumbrarnos el rostro? ¿Fijaremos nuestra atención en el camino iluminado o en el haz de luz? ¿Es la linterna un interesante instrumento o un fin en sí misma?

La auténtica sabiduría es el conocimiento que nos permite saborear la vida, el que nos une con la realidad, el que nos lleva a amarla…  El conocimiento que no une no es tal, sino espejismo.

Cuidado con ese conocimiento que no es contemplativo sino activo, que no hace de la realidad un templo sino un laboratorio, que no se fascina ante el misterio sino que trata de fragmentar la realidad para así poder asirla…  Aunque esa fragmentación implique la división del átomo que destruye la naturaleza de las cosas, su entorno y hasta la propia humanidad.

No desnudemos la existencia de su magia, no perdamos de vista lo más profundo para quedarnos en la superficie, no nos perdamos en conceptos y mapas que nos impidan disfrutar del territorio y el paisaje.  No perdamos la capacidad simbólica, el don divino de percibir lo invisible a través de lo visible…  No renunciemos a la emoción que nos pone en marcha, al entusiasmo que nos hace descubrir a Dios en nuestro interior, a la experiencia de la eternidad en un grano de arena.

Seamos sabios, sí…  Pero con alma de niños. 

Esa es -más o menos- la propuesta de Carlos G. Vallés en el texto sobre el que hoy he meditado.  Comparto su idea de fondo, y me ha resultado muy útil su lectura, aunque no pueda suscribir todo su contenido pues hay matices que nos diferencian…  Y los matices tienen su importancia.

Pero aun así, no me puedo resistir a transcribir unas líneas que, como siempre sucede con este autor, tienen una belleza y profundidad que nadie puede negarles…  Cualidades que hacen de su texto un útil instrumento de transformación y desarrollo personal y espiritual:

“A veces el saber demasiado nos hace daño.  Han dicho que la luna de los poetas ha pasado a ser el campo de aterrizaje de los astronautas.  Cuando las cosas pierden el misterio desaparece la emoción. Los Reyes Magos dejan de llegar en camello. El rayo es la electricidad y las olas del mar son ecuaciones diferenciales. Mi profesor de espiritualidad criticaba a Tomás de Kempis por haber escrito en su famoso libro “prefiero sentir la contricción a saber definirla”, y él la definía en latín con exactitud mecánica. No sé si la sentía. No es que no haya que estudiar y sacar títulos. Todo eso está muy bien y todos lo hacemos y a todos puede ayudarnos. De lo que se trata es de no perder la inocencia. Los ojos grandes, los oídos abiertos, la sensibilidad a flor de piel.  Saber todo lo que sabemos, y archivarlo discretamente al exponernos a la experiencia directa.  Ser sabios con mirada de niños.  Yo creo que quienes menos disfrutan en los conciertos con los críticos de música. Algo pierde una sinfonía cuando se sigue con el lápiz en la mano. Y algo perdemos todos cuando nos convertimos en críticos de espiritualidades, devociones, declaraciones. “Si no os hacéis como niños…”


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2 comentarios el “Ser sabios con mirada de niño

  1. diaeconomina
    21 de noviembre de 2013

    Totalmente de acuerdo con todo el texto. besos

  2. jordi_morrós
    21 de noviembre de 2013

    En el terreno de la religión o de la trascendencia es fácil que un cierto tipo de supuesta sabiduría se convierta más bien en obcecación y estrechez de miras. Y un supuesto cientifismo que pulula por estos mundos podría aplicarse esta reflexión.

    A partir de ahí quizás podríamos debatir las diferencias entre “científico” y “sabio”, y en eso nuestra cultura occidental tiene por delante un buen camino de retorno a la “nova innocència” que decía mi añorado Raimon Panikkar.

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