No poseemos la Verdad, somos poseídos por ella


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Decíamos ayer que el amor no es posesión sino encuentro con la grandeza del otro, con el infinito a través del ser amado…  Y alertábamos del peligro de dejarnos llevar -en el amor- por nuestra tendencia a tener, antes que a ser.

Hoy seguiremos con la ya clásica distinción de Erich Fromm entre Tener y Ser, pero aplicándola al ámbito de la Verdad.  Porque también aquí erramos el camino, y terminamos abocados a auténticos infiernos.

Partamos de una pregunta esencial: ¿Qué es la Verdad?  La Verdad es la adecuación entre lo que pensamos y lo que es, la Verdad es una descompensada relación entre nuestra limitada mente y el Ser Absoluto. 

Una vez más, la Verdad no es un objeto que podamos o debamos apropiarnos sino un encuentro, una relación en la que -además- vamos a ser siempre el polo débil de la pareja.  No podemos abrazar la Verdad porque es mucho mayor a nosotros, así que a lo máximo que podemos aspirar es a ser abrazados por ella, a que nos llene hasta el límite de nuestra capacidad, pero sin pretender por ello limitarla a nuestra medida.

Hay quienes no quieren aceptar esa infinita distancia entre nuestra capacidad de comprensión y la esencia inabarcable de lo que es…  Lo que les lleva a caer en uno de los dos extremos del espectro, que coinciden en el peor de los infiernos:

1. Hay quien se niega a aceptar sus propias limitaciones, y considera que es capaz de contener en su mente toda la Verdad…  Así que afirma que lo que él comprende es la verdad, y que lo que queda fuera de su mente es error o falsedad.   Ése es el origen de todo totalitarismo fundamentalista, que no es más que la absolutización de nuestra relatividad.

2.  En el otro extremo se encuentra quien, consciente de sus limitaciones, prefiere atacar directamente al Absoluto y hacer de él algo menor de lo que realmente es, algo asumible por nuestra nimia mente.  Por esta vía se llega a decir que la Verdad es relativa, que depende del color con que se mire, que no existe lo Absoluto…  Es la senda del relativismo, de la relativización del Absoluto.

¿No es más sencillo dedicar unos minutos a la contemplación y asumir, sin dolor ni vergüenza, que la Realidad nos supera por exceso, que el Absoluto es para nosotros inabarcable más que de un modo fragmentario, y reconocer que lo que es relativo no es el Ser sino nuestra aproximación a él?

Este simple paso nos alinea con nuestras posibilidades de conocimiento y pacifica nuestras relaciones en el ámbito del saber y del vivir…  Porque implica que la opinión del otro, aunque no coincida con la mía no tiene por qué ser un error, pues puede complementar mi limitada visión de la Verdad.

Ni fundamentalismo ni relativismo…  In medium virtus, en el punto medio entre los extremos se encuentra la virtud…  Y la Verdad.

Vayamos a su encuentro, y no tratemos de esclavizarla, de asirla a nosotros con los grilletes de nuestra limitada comprensión.  Atrevámonos a amarla, y pronto observaremos los frutos de ese amor en nuestra vida, en nuestra comprensión y en quienes nos rodean.

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