Evangelii Gaudium:Introducción e ideas fuerza para católicos y no católicos II (La novedad de Dios)


papa francisco sorpresa

Seguimos con las meditaciones en torno a Evangelii Gaudium, centrándonos hoy en la idea de que DIOS SUPONE, PARA NOSOTROS, UNA ETERNA NOVEDAD…  Un permanente descubrimiento que nos llena de alegría e ilusión, de unas emociones que nos mantienen en camino hacia Él y hacia lo mejor de nosotros mismos.

No podemos pretender apropiarnos de Dios, no podemos pretender reducirlo a nuestra comprensión, no podemos pretender encarcelarlo en los estrechos límites de nuestros conceptos.  Cristo es el «Evangelio eterno» (Ap 14, 6), y es «el mismo ayer y hoy y para siempre» (Hb 13,8), pero su riqueza y su hermosura son inagotables.  Él es siempre joven y fuente constante de novedad (p.11).

Así, aunque puede ser cierto que la Revelación comenzara con la creación y llegara a su culminación en Cristo, no es menos cierto que no por ello debemos darla por algo cerrado y acabado.  Porque, aunque no añadamos nada a la Revelación, sí que podemos añadir -y mucho- a nuestra comprensión de ella.  El Santo Padre lo expresa citando a San Juan de la Cruz: «Esta espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa, que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro» (p.11)  Por ello la Iglesia, que es discípula misionera, necesita crecer en su interpretación de la Palabra revelada y en su comprensión de la verdad (p.34).

La propuesta cristiana nunca envejece.  Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina (p.11)  No hay que tener miedo a la novedad porque no tiene por qué implicar una falta de fidelidad a los orígenes…  Al contrario, puede ser necesario incardinar en la cultura y en la propia circunstancia el mensaje evangélico para poder dotarlo de todo su sentido y de su potencial transformador de la existencia y del mundo.  Algunas propuestas de las que hoy consideramos heterodoxas, conformarán la ortodoxia del mañana…  Así lo demuestra la historia.  De hecho las distintas líneas de pensamiento filosófico, teológico y pastoral, si se dejan armonizar por el Espíritu en el respeto y el amor, también pueden hacer crecer a la Iglesia, ya que ayudan a explicitar mejor el riquísimo tesoro de la Palabra.  A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión.  Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la riqueza del Evangelio (p.35) , y no tiene nada de malo porque cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual.  En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre «nueva» (p.11)  Pero esta Revelación permanente, este avanzar en el descubrimiento del ser y de la voluntad de Dios, esta permanente novedad no debe tampoco entenderse como un desarraigo, como un olvido de la historia viva que nos acoge y nos lanza hacia adelante (p.12)  Más bien al contrario: la novedad del Evangelii Gaudium es la consecuencia de permitir que la Revelación se siga revelando, de estar abiertos a la Palabra y al Espíritu, de no querer encerrar a Dios en nuestra comprensión de Él -ni en nuestro lenguaje- sino de arriesgarnos a escuchar su Voz y seguir sus indicaciones, nos lleven a donde nos lleven.

Lo que es importante tener claro es que esta permanente novedad no forma parte de nuestra creatividad sino de la Suya, de nuestra voluntad sino de la Suya, de nuestro capricho sino de Su voluntad.  No nos corresponde a nosotros inventar, sino discernir ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. (…)  La iniciativa es de Dios (p.12).

Atender, escuchar, discernir, aceptar, seguir…  Dios siempre nos sorprende y nos encamina hacia Él por un camino de goce y felicidad…  Incluso en medio del sufrimiento.  Citando a Juan XXIII, nos recuerda el Santo Padre que “llegan a veces a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaicación y ruina […]  Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre los infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente.  En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aun por encima de sus intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia” (p.69)  Abrámonos -pues- a la novedad de Dios, no cerremos las puertas de nuestra comprensión y nuestra alma al Absoluto.

Nuestra existencia es un permanente peregrinar, y todavía nos queda mucho camino hasta llegar a Él.  Aunque también es cierto que Él nunca deja de caminar con nosotros…  Lo que nos llena de alegría… De la alegría del evangelio.

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