Evangelii Gaudium:Introducción e ideas fuerza para católicos y no católicos V (Una Iglesia pobre, de los pobres y para los pobres)


papa francisco lava pies

Tratábamos ayer sobre la misericordia…  ¿Hay mayor miseria humana que el ser el causante del sufrimiento y la desgracia de nuestros semejantes? Nos escandaliza el hecho de saber que existe alimento suficiente para todos y que el hambre se debe a la mala distribución de los bienes y de la renta (p.151). Tenemos las manos preñadas de sangre debido a nuestra complicidad cómoda y muda.  Si queremos una religión -y una Iglesia- realmente misericordiosa, ésta deberá privilegiar sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados (p.41), porque el clamor de los que sufren siempre llega a los oídos -y al corazón- de un Dios que realmente merezca ese nombre…  Aunque no siempre sea escuchado por la Iglesia.

Hemos oído a menudo la recomendación evangélica de “dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César” y, por desgracia, a menudo nos hemos ocultado tras esa frase para no ver ni denunciar las injusticias que pueblan este mundo que entre todos construimos…  Puede que hayamos sido una Iglesia con demasiados cantos y pocos gritos de indignación, una Iglesia que no siempre ha ejercido su función crítica y profética pese a que nada de lo humano le puede resultar extraño.  La verdadera esperanza cristiana, que busca el reino escatológico, siempre genera historia.  (…) La tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano.  Ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para preparar las almas para el cielo.  Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas “para que las disfrutemos” (1 Tm 6,17). (…) [En consecuencia] una auténtica fe -que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. (…)  Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor (p.145-146).

No debemos olvidar que no hay cristianismo sin justicia, ni que el sistema social y económico es la consecuencia de unas ideas antropológicas y metafísicas que le otorgan sus directrices, por lo que la religión tiene mucho que decir en torno a estos principios meta-económicos.  Así lo entiende el Papa Francisco, y -con valor- lo pone por escrito: La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡La negación de la primacía del ser humano!  Hemos creado nuevos ídolos.  La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex. 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano (p.47).

Así pues, como Santo Padre, Francisco no puede pasar de puntillas sobre esta cuestión, y por eso no se amilana ante este urgente reto de nuestros días y advierte: No es función del Papa ofrecer un análisis detallado y completo sobre la realidad contemporánea, pero aliento a todas las comunidades a una “siempre vigilante capacidad de estudiar los signos de los tiempos”.  Se trata de una responsabilidad grave, ya que algunas realidades del presente, si no son bien resueltas, pueden desencadenar procesos de deshumanización difíciles de revertir más adelante (p.43)  ¡Que la espiritualidad no trata sólo sobre el más allá, sino también sobre el más acá!

Y, ¿qué hay más importante para la sociedad occidental contemporánea que la economía?  Nada…  Y por ello mismo es el primer elemento de los signos de los tiempos al que el Papa hace referenciaAsí como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la iniquidad”.  Esa economía mata (p.45)  Se puede decir más alto pero no más claro y, por si pensamos que la crítica no va con nosotros sino por los gobiernos y las grandes corporaciones, añade: No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre (p.45).  O, como dijo en otra ocasión, de un modo todavía más plástico: la comida que se tira a la basura se roba de la mesa de los pobres.

Puede que no seamos conscientes de que hemos pasado a considerar al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar (p.46) pero, por desgracia, que no seamos conscientes no significa que no seamos responsables…  Porque a menudo somos culpables de nuestra inconsciencia y falta de reflexión, de modo que nuestras acciones ponen de manifiesto quienes somos mejor que nuestras palabras.  Hemos caído en la globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros. (…)  La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera (p.46-47).  Hasta la espiritualidad se ha visto afectada por esta tendencia y se ha convertido en muchos casos en mera terapia o exquisito consumismo religioso.  Y es una pena, porque en una auténtica espiritualidad encontramos la raíz que nos hace propiamente humanos y nos acerca a ese Dios que es incontrolable, inmanejable, incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud (p.48), también de la que lo encadena al bienestar.

Porque en ese proceso de desarrollo del propio potencial, a menudo debemos renunciar al tener para hacer lugar al ser.  Los bienes -y el dinero- sólo resultan beneficiosos si actúan al servicio de nuestra humanidad: ¡El dinero debe servir y no gobernar!  El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos.  Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano. Porque, os lo recuerdo citando a San Juan Crisóstomo, no compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida.  No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos (p.49)  La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde (p.150)

Vivimos en una sociedad violenta, es un hecho pero, ¿qué parte de esa violencia nace de la injusticia intrínseca a nuestro sistema?  ¿Queremos paz? ¿Queremos el Reino de Dios en la tierra?  Pues debemos dedicar tiempo y esfuerzo a repensar y recrear nuestro modo de vivir y de relacionarnos con los demás, con los bienes y con el dinero.  Porque un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces (p.150).  Y debemos tomar también en consideración -por la cuenta que nos trae- que cuando la sociedad -local, nacional o mundial- abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad.  Esto no sucede solamente porque la iniquidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico en injusto en su raíz.  Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca (p.50)  En definitiva, una paz que no surja como fruto del desarrollo integral de todos, tampoco tendrá futuro y siempre será semilla de nuevos conflictos y de variadas formas de violencia (p.170)  Tengamos, pues, en cuenta que la paz social nace de la paz interior, y ésta sólo se encuentra cuando uno reposa en el Absoluto… Cuando uno no tiene más dependencia que la del Ser…  Y no está atado a pesados becerros de oro.

La promesa del Reino de Dios no se sitúa en el más allá, sino aquí, ahora…  Cristo nació pobre, en un portal, y vivió austeramente toda su vida…  Recordándonos que sólo Dios basta.  Tomemos ejemplo de Él y convirtámonos en los brazos de Dios en el mundo, en semillas de transformación.  Como decía Gandhi, seamos el cambio que queremos ver en el mundo.  ¿Y cómo lograrlo?  No apegándonos a las cosas, poniendo los bienes al servicio del Bien y descubriendo en cada uno de nuestros semejantes el rostro de Dios…  A menudo, el rostro de un Dios sufriente, como el de Cristo en la cruz.  Bajémosle del madero, curemos sus heridas, aliviemos su dolor…  “No te olvides de los pobres”, cuenta el Papa Francisco que le susurró el Cardenal Hummes el día de su elección.  Ojalá tampoco nosotros nos olvidemos de ellos, y que sepamos aprender de su experiencia que sólo el tener que ayuda a incrementar nuestro ser tiene sentido…  Y que lo demás es locura.

A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César…  Pero hagamos bien esa distinción, y no la empleemos como un escudo para proteger nuestra inmundicia.  Recordemos que de nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad (p.147). Por ello, cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo. (…)  Hacer oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de lla voluntad del Padre y de su proyecto, porque ese pobre “clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado” (Dt 15,9).

Hay quien ha acusado al Santo Padre de ser marxista…  Esa crítica demuestra el escaso nivel intelectual y moral del interpelante, su sectarismo y apego a un sistema económico y social enfermo, enemigo del cristianismo, de Dios y del hombre.  El Papa Francisco no es marxista, más bien se asemeja a un místico de ojos abiertos, a alguien que encuentra a Dios en sus hermanos y que atiende al pedido de Jesús a sus discípulos: “¡Dadles vosotros de comer!” (Mc 6,37), lo cual implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos (p.149).  Oración, reflexión y acción.  Dios y audacia. Medios humanos como si no hubiera divinos, y divinos como si no hubiera humanos…  Ese es el camino que debemos recorrer desde nuestra pobreza para encontrarnos con quienes sufren y construir una auténtica Iglesia pobre, de los pobres y para los pobres.  Porque todos nosotros somos, lo sepamos o no, pobres potenciales: todo nos ha sido dado -hasta el ser- y de todo podemos vernos privados.  Dios me lo dio, Dios me lo quitó…

Y termino con otra cita textual de Evangelii Gaudium en la que el Santo Padre se dirige a esos lectores que sabe que se sorprenderán por el tono de sus afirmaciones, por muy católicas que sean éstas…  Y muy católicos que se sientan aquéllos: Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política.  Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor.  Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra (p.164).

Así sea.

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