Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

El Arte Sagrado como vía espiritual


arte sagradoImagen parcial del cuadro ante el cual realizo mi meditación diaria cada mañana.

No soy un experto en arte, es ésa -probablemente- una de mis mayores carencias educativas a la que, de un tiempo a esta parte, trato de poner solución.  Y ha sido en este camino de introducción al arte cuando he descubierto una primera diferenciación que me ha fascinado por su alto contenido metafísico: la separación entre el Arte Sagrado (que no siempre es, propiamente, de temática religiosa) y el arte profano, que -pese a su denominación-incluye muchas obras de contenido religioso.

Alguno se preguntará: si no es la temática religiosa de la obra lo que da lugar al Arte Sagrado…  Entonces, ¿cuál es su esencia? ¿Dónde reside el hecho diferencial?  La respuesta a esta pregunta es la que constituirá el cuerpo de la entrada de hoy.

Comencemos preguntándonos qué significa Arte Sagrado.  Como siempre, propongo que nos remontemos a las etimologías de las palabras para acceder a su sentido más profundo:

– Arte, del latín ars, hace referencia a aquellas habilidades creativas, aquellos conocimientos operativos -no meramente especulativos- que dan lugar a una obra que va más allá del artista.  Una práctica ritual que se apoya en una ciencia especulativa, y que transmite conocimientos que escapan a lo conceptual.  De ahí la esencial afirmación de Jean Mignot:  Ars sine Scientia nihil.

– Sagrado, del latín sacrum, hace referencia a algo que es digno de veneración.  Sin embargo es importante prestar atención a la raíz indoeuropea de la que procede, sak, porque ésta hace referencia a la realidad…  Pues sólo lo Real es digno de veneración.

Esta primera apoximación etimológica ya nos permite ponernos en camino tras el concepto de Arte Sagrado, de esas habilidades creativas operativas que dan lugar a una obra cuya contemplación nos pone en contacto con lo Real, con lo Sagrado.

Hay una primera paradoja que no podemos pasar por alto al tratar sobre el Arte Sagrado.  En múltiples ocasiones hemos expuesto en este blog que el Absoluto es inasible, indefinible, inabarcable.  Que, como defiende la teología negativa, en cuanto se diga de Dios hay más de falso (por defecto) que de cierto y que, por eso mismo, el mejor camino hacia la divinidad pasa por el Silencio.

Sin embargo, las distintas tradiciones espirituales creen en un Dios que -de un modo u otro- se manifiesta, por muy incompleto o simbólico que resulte su desbordamiento hacia nosotros, o nuestra aprehensión del mismo.  Y es a partir de esa imperfecta comprensión que tenemos del Absoluto -mediante ese intento de contener el mar en un vaso de agua- que nos ponemos en camino hacia Él, hacia el semper maior.  ¿Cuál es el principal medio revelatorio de la Divinidad?  El Liber Mundi, la creación, el mundo que nos rodea y que oculta en su interior infinitas correspondencias y resonancias con su Autor y con nosotros, criaturas hechas a imagen y semejanza del Artista divino que está en lo más profundo de nuestra alma y a una distancia infinita de nosotros al mismo tiempo.

Esas resonancias son las que hacen posible el simbolismo -del que ya hemos hablado en múltiples ocasiones-, el puente entre lo sensible y lo invisible, el acceso a lo que está más allá de este mundo (a los arquetipos universales, o a las manifestaciones primeras de la Deidad) a través de las cosas que nos rodean, que no dejan de hablarnos sobre quién y cómo es Aquél que las trajo a la existencia.  El artista pone de manifiesto, de un modo único, esta relación existente entre cada aspecto del mundo sensible y su modelo de inteligibilidad, entre el Creador y sus criaturas, entre lo relativo y el Absoluto, entre lo temporal y lo Eterno.  El artista hace presente en este mundo -y en nuestro interior- lo que permanece infinitamente cerca y lejos (a un tiempo) de cada uno de nosotros.  Y, de este modo,  nos lleva a plantearnos una pregunta capital: ¿Es más real lo sensible o, como creen los platónicos, la Idea que se manifiesta en lo sensible?  ¿Es más real el sol, o la Idea de una fuente de luz y calor, comprensión y amor, que resulta imprescindible para que se dé la vida en la tierra? ¿Es más real el astro rey, o quien reina sobre el astro?

La respuesta del Arte Sagrado es clara: lo más real es lo más cercano al Origen, aquello que se encuentra más próximo al Artista que se expresó a través de cuanto conocemos.

Así, siguiendo ese ejemplo de quien la Masonería denomina muy simbólicamente Gran Arquitecto del Universo, el orígen del Arte Sagrado es el deseo o  necesidad -por parte del autor- de transmitir y hacer presentes -a través de su obra- unas experiencias, ideas, gracias o principios espirituales que no pueden comunicarse mediante una exposición teórica o meramente racional.  Por este motivo, su recurso a lo sensible y a lo emotivo es meramente instrumental, pues la materia última del Arte Sagrado es lo Real, con mayúscula, lo verdaderamente digno de veneración.

De este modo, la obra de Arte Sagrado es un instrumento o soporte de contemplación y meditación en el que no se persigue como finalidad la estética ni la sensibilidad, sino la comprensión y la realización espiritual…  Una contemplación que conduce a la acción.  Se trata del intento de encarnar una idea (Luigi Valli), y no tanto de la idealización de una realidad sensible, como sucede en el arte profano.  Por este motivo, en el Arte Sagrado no se persigue la belleza como objetivo, sino que ésta surge como consecuencia del “esplendor de la Verdad” que transmite y que, por su propia fuerza, nos conmueve y transforma.  Ese trascender lo sensible para acceder a lo trascendente es lo que convierte al objeto en icono, y no en mero ídolo…  Que es el nombre que debemos dar a la obra de arte cuando es adorada en sí misma, y no por Aquél al que hace presente de un modo que podríamos denominar “casi-sacramental”.

¿Qué hace, por tanto, que valoremos una obra de Arte Sagrado?  Su contenido metafísico, la armonía y capacidad simbólica de la composición y, por último, la pureza y perfección del estilo, de lo formal que hace posible la irrupción de lo que no tiene forma.  Porque son esos tres elementos, unidos entre sí, los que posibilitan que la obra de Arte Sagrado cumpla con su misión de transformar al observador, a quien la contempla con el adecuado espíritu de apertura y recepción.

Leyendo el último párrafo, uno podría preguntarse con razón, siguiendo los planteamientos del arte contemporáneo: ¿y estos tres criterios no restringen la libertad creadora del artista? ¿No limitan al autor?  No, porque los dos primeros criterios lo que le ofrecen es el tablero de juego del Arte Sagrado, el lienzo sobre el que él debe desplegar su habilidad para comunicar de un modo creativo y original esas formas invisibles que antes ha tenido que contemplar y experimentar en sí mismo, haciéndolas suyas, haciéndolas únicas.

Con todo, en el auténtico Arte Sagrado más tradicional, el artista se funde y pierde en su obra, es consciente de que no es propietario ni creador sino mero instrumento o transmisor, no se otorga a sí mismo un mérito que sabe que no le corresponde…  Se entrega y se da en su obra, como el mejor de los regalos.  Se trata de un artista vocacional, que sigue una llamada que no es la del mero gozo creador ni la de una abultada cuenta bancaria…  Es la llamada del Absoluto que, a través de él, decide derramarse en quienes le rodean…  Transformándole y transformándoles a ellos a través de su obra creativa, de su participación atemporal en la creación.

Acerquémonos al Arte Sagrado como lo que es, una puerta que -una vez abierta- nos permite acceder a lo invisible, a esa trascendencia cuya llamada sentimos como el más esencial de los deseos.  El Arte Sagrado es un abajamiento del Innombrable que, de este modo, favorece una mistagogía personal que a Él nos conduce de nuevo, encaminándonos a la cima de nuestra humanidad, que es convertirnos en iconos de la Divinidad, en seres humanos capaces de volcarse en los demás en un acto de absoluta entrega amorosa.

Y, no lo olvidemos nunca, el arte es para el hombre, no el hombre para el arte.  Él nos transforma, nos mueve, nos ilumina, nos llama a hacer de la existencia nuestra magna obra.  Atendamos a su llamada, dejémonos cautivar por esa Belleza que surge del resplandor de la Verdad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: