Meditaciones del día

Por Joaquín Muñoz Traver. Reflexiones para comenzar, vivir y terminar el día de otro modo. Filosofía, Humanismo y Religión hechos vida.

¿Se deshincha el “efecto Francisco”?


efecto francisco

Parece que, de un tiempo a esta parte, el llamado “efecto Francisco” comienza a deshincharse…  Lo cual no es malo, porque la “papolatría” es una forma de idolatría como cualquier otra. 

Son muchos los que, tras los primeros gestos del Santo Padre, volcaron en él todos sus deseos y esperanzas, proyectaron en su persona sus particulares anhelos, y quisieron ver en Francisco al mesias que ellos estaban esperando para que convirtiera a la Iglesia en lo que -otra vez cada uno de ellos- tenía el convencimiento que debía ser.  Como se trataba de sus propias carencias, unos lo situaban entre los conservadores y otros entre los progresistas; unos entre los de derechas, otros entre los de izquierdas; unos entre los nuestros, otros entre los del otro bando…  Porque así somos los seres humanos: o estás conmigo, o estás contra mí.  ¿Y qué ha sucedido?  Que a medida que el Obispo de Roma ha ido tomado decisiones, ha demostrado su independencia y su voluntad de superar las trincheras dentro de la Iglesia mediante el fomento de los más variados carismas, así que los extremistas de uno y otro bando se han ido decepcionando al comprobar que ha ido haciendo cosas que ellos jamás habrían tolerado. 

Declaraciones, nombramientos, ceses, beatificaciones, canonizaciones, exhortaciones apostólicas, reestructuraciones institucionales…  Cada decisión enfrenta a todos y cada uno de los fieles con la realidad de que ellos no son el Papa, de que éste es independiente y no quiere enarbolar más bandera que la de Dios y su Buena Nueva, con una unidad en la diversidad que acaba cabreando a los radicales de cualquier posición, incapaces de convivir y comprender al diferente.

Así que se empiezan a oír voces de desánimo, que afirman que no va a haber revolución, que el Papa argentino es como sus antecesores, que nada va a cambiar.  Pero, en mi opinión, se equivocan…  Todo ha cambiado.  No es que se vaya a producir una revolución, es que ya se ha producido…  Y todavía no estamos en disposición de ver todos sus efectos y consecuencias.  Pero hay revolución, hay evolución, hay movimiento… Consecuencia lógica del magis ignaciano.  Dios es semper maior, nunca llegamos a alcanzarle, siempre estamos en camino, en peregrinaje, en misión.  Hay que moverse sin miedo, y animar a los demás a hacer lo mismo, a acudir a las fronteras, a no dejar una sola sombra sin alumbrar.  Pero este afán de moverse y de analizar los signos de los tiempos no es algo nuevo, forma parte del ADN de la Iglesia Católica, institución que cuenta ya 2000 años de vida… Y aquí sigue. Lo cual demuestra -al menos para mí- que esta tendencia a avanzar y transformarse no es patrimonio exclusivo de lo que hoy se denominan “papas progresistas”.  Baste, a modo de demostración, este texto de Ratzinger…  Un Papa poco vinculado al “progresismo” pero que dio al mundo una sorpresa revolucionaria con su renuncia: La naturaleza de la fe no es tal que a partir de un determinado momento pueda decirse: yo la poseo, otros no…  La fe es un camino, y por eso la fe está siempre amenazada y en peligro.  Y es también saludable que se sustraiga de este modo al riesgo de transformarse en una ideología manipulable, con el consiguiente peligro de endurecernos y volvernos incapaces de compartir la reflexión y el sufrimiento con el hermano que duda y se cuestiona.  La fe sólo puede madurar en la medida en que soporte y se haga cargo, en cada una de las fases de su existencia, de la angustia y la fuerza de la incredulidad y logre superarla hasta hacerse nuevamente transitable en una nueva época”.

Pese a ello, es cierto que Francisco tiene una espiritualidad y personalidad que le llevan a dar primacía a la escucha de Dios, a un personal, profundo y valiente discernimiento, a la acción comprometida y a ofrecer a todos la alegría de la Buena Nueva (no es casual que ése sea el nombre de su primera exhortación apostólica) mediante la fuerza atrayente del Bien y no mediante la repulsa al pecado o el miedo a la condenación.  Haciendo realidad uno de los postulados del Cardenal Martini, parece creer más en la fuerza irradiante y contagiosa del bien que en la reprobación del mal.  Y ese Bien es más que una idea o entelequia, ese Bien debe transmitirse por ósmosis, en cada palabra y cada gesto, en cada discurso y en cada decisión.  Volver la mirada a Cristo en toda su divina humanidad y simplicidad, dejarse transformar por su ejemplo, por su modo de ser y hacer.  Y parece que funciona, a la vista de cómo se llena la plaza de San Pedro cada miércoles para escuchar a este poco protocolario y muy latino Obispo de Roma, sin importar si llueve o truena.

Cito a Martini, al que a menudo me recuerda Francisco: “Rara vez tenemos la experiencia de cómo el Jesús de los evangelios, conocido gracias a la escucha y meditación de las páginas bíblicas, puede llegar a ser verdaderamente buena noticia para nosotros; cómo puede ahora, para mí, en este momento particular de mi historia, hacerme ver desde una nueva y entusiasta perspectiva mi lugar y mi tarea en esta sociedad, darle la vuelta a la idea mezquina y triste que me había hecho de mí y de mi destino”.  Ésa parece ser la propuesta de Francisco: situarnos a cada uno ante la mirada y la vida de un Dios misericordioso que nos creó por Amor, invitarnos a contemplarnos en Él, y promover una experiencia interior de transformación capaz de cambiar nuestras vidas.  No se trata de actuar bien para ser buenos, sino de ser buenos para actuar bien.

No basta con un cristianismo cultural o social, parece gritar el sucesor de Pedro, es precisa una metanoia, una conversión interior a Cristo capaz de cambiar nuestra vida, capaz de transformar nuestro mundo poniendo al hombre en su centro, como lo hizo Dios durante la creación.  Porque las vías que conducen a Dios sin pasar por el hombre no sólo no son cristianas, es que no son seguras para la mayoría de peregrinos.

Es este humanismo cristiano que nace de la trascendente dignidad de la persona el que lleva al Obispo de Roma a no callar ante las injusticias sociales, volviéndose el abanderado -como también lo fue su Maestro- de todos los desheredados de la tierra.  La Doctrina Social de la Iglesia no es una materia para ser estudiada en los seminarios, es un conjunto de principios y valores que surgen de una reflexión en torno a nuestra naturaleza, unos pilares básicos para construir unas sociedades, organizaciones y sistemas capaces de progresar hacia un mundo mejor, y no máquinas de absorción, fagocitación y destrucción de lo más elevado del ser humano.

Pero este grito de indignación -porque de la Iglesia no sólo surgen cantos sino también críticas y denuncias– no puede nacer del odio ni del resentimiento, no puede fomentar la división ni la venganza.  Debe surgir del Amor y del respeto por el ser humano… ¡Que jamás se emplee el nombre de Dios para lanzar una piedra contra un hermano, que mañana puede convertirse en una bala!  El camino de la religión es el de la conversión, no el de la revuelta violenta.  No debemos enfrentarnos al otro, hay que enfrentarle a sus propios demonios.  Y no debemos olvidar jamás que, aunque es cierto que no puede haber paz sin justicia, no es menos cierto que no hay justicia sin perdón.

El Papa Francisco habla a los cuatro vientos de este perdón que se inspira en la misericordia divina, trata de abrir todas las puertas y ventanas para que escape el hedor que ocupaba ciertas instancias vaticanas -y no vaticanas- y nos invita a abrir nuestros corazones para que entre la luz que nos permita vislumbrar la belleza que se oculta en nuestro interior y en el de nuestro prójimo, para que no seamos nosotros mismos quienes nos condenemos a la oscuridad, a una vida sin Vida, plagada de violencia y caos.  Francisco nos invita a tomar un camino que conduce a la Alegría y al paraíso, ya en esta tierra: abrazar a Dios en todo el hombre, y en todos los hombres.

¿Es o no revolucionario? ¡Claro que sí, como toda experiencia realmente espiritual, capaz de darle la vuelta a nuestra vida, y al mundo entero!  Sobre si se deshincha -o no- el “efecto Francisco”, sólo el tiempo tiene la última palabra.  Sin embargo, quiero terminar con una  reflexión del Cardenal Carlo Maria Martini que arroja luz sobre los tiempos que nos toca vivir y sobre el papel que corresponde a todo pastor de almas en esta encrucijada.  Dice así:  “La Nueva Evangelización que hoy se revela urgente e improrrogable, tiene que ver con la paciencia requerida para inclinarse sobre ese herido que es nuestra sociedad occidental, con todas sus miserias, su cansancio y sus dificultades, para descubrir qué puede hacerse con ella con amor y humildad, pues ese herido somos de algún modo todos nosotros. (…)  Las personas deben encontrar a Cristo; uno sirve para hacer que otros se encuentren con Cristo, y después tiene que pasar a un segundo plano.  De lo que se trata es de hacer que los demás lleguen a Cristo”.

Lo dijo Martini, lo encarna Francisco…  Lo digo sin “papolatrías”, desde el reconocimiento y el afecto. Como suele decirse hoy en día en Facebook… “Me gusta”

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