¿Quedan filósofos?


Gemäldegalerie Alte Meister, Staatliche Kunstsammlungen Dresden;
             Diógenes -arquetipo del filósofo clásico- con su linterna, buscando por las plazas a un auténtico ser humano…  
“Busco a un hombre”, decía con sorna…  Esto es, a uno que realizara su naturaleza y no la de la bestia

Puede que el título del post de hoy sea algo provocador, pero a menudo es necesario un cierto zarandeo intelectual para despertar consciencias dormidas: ¿quedan filósofos?

Me gustan los pensadores clásicos de distinto pelaje…  ¿Por qué?  Porque sus planteamientos resultan atemporales, porque persiguen esa Verdad a la que aman desde la distancia, porque no se preocupan por su fama sino por su modo de vivir, por su coherencia y por su aportación al mundo desvelando lo que para otros estaba oculto, aunque resulten molestos como la picada del tábano.  Eran conscientes de que no eran ellos los creadores de verdades, sino meros descubridores de lo que siempre ha estado ahí, a la espera de que lo alcancemos, abracemos y amemos a nuestro modo.  Nada más.  La idea verdadera pertenece por igual a todo aquél capaz de comprenderla y hacerla suya, porque no es un producto de la inteligencia humana…  Existe independientemente de cada uno de nosotros.  Es el ser humano quien debe elevarse hacia la Verdad, en lugar de tratar de abajarla hasta nuestro ínfimo nivel.

Este planteamiento clásico-tradicional no encaja muy bien con el punto de vista de muchos de nuestros “pensadores” contemporáneos, más preocupados por plantear preguntas y dudas que por buscar respuestas, más amantes de la investigación que de la Verdad, más ansiosos por crear un sistema original al que pueda bautizarse con su nombre que por acercar sus descubrimientos al gran público para que éste logre mejorar su comprensión y su vida.  Nuestra sociedad -y muchos de nuestros intelectuales- han logrado convertir el conocimiento en mercancía, asociándolo al tener más que al ser, poniéndole etiquetas y precio…  Olvidando que la Verdad es la que es, la diga Agamenón o su porquero.

Y no hay que olvidar que el principal riesgo de mercantilizar el saber es que, si vivimos de él, si lo hemos convertido en moneda de cambio, nos interesa que éste no se agote, que no deje de manar de nuestra siempre fructífera mente…  Y así encontramos a reputados intelectuales defendiendo una cosa…  Y su contraria.  Sofistas contemporáneos, paladines de un relativismo que asegura su medio de subsistencia.  Si negamos la Verdad, la filosofía se vuelve retórica, argumentación y contraargumentación, oratoria y astucia en la exposición…  Humo…

Así pues, repito mi pregunta: ¿quedan filósofos?  Y mi respuesta, esperanzada, es: sí, algunos quedan…  Puedo afirmarlo porque he tenido el don de cruzarme con algunos de ellos, de compartir sus conversaciones, de gozar de su amistad.  Ellos cambiarán el mundo, ellos lo harán mejor.  Porque sólo ellos saben leer los signos de los tiempos sin perder de vista esa estrella polar, inmóvil en el centro del firmamento, que nos permite orientarnos en la oscura noche por la que estamos pasando.

Quedan filósofos, ellos aman a la Verdad y la Verdad les corresponde…  Jamás poseerán la Verdad, eso no sería amor por la Sabiduría…  Se contentan con caminar junto a ella como se pasea con la amada, siguiendo sus pasos, escuchándola, disfrutando de su presencia, aprovechando su consejo, dejándose transformar por su contacto.

Y tú, ¿serás uno de ellos?

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