Una aproximación a Ken Wilber, a los guru y pandit


ken wilber

Creo que en alguna otra ocasión ya he expresado mi ambivalente opinión sobre Ken Wilber: valoro muy positivamente su intención inicial, pero creo que su propia obra le está devorando.  O, para ser más justo con él: puedo identificarme con el Wilber de los orígenes -más próximo a la Filosofía Perenne- mientras que, a medida que avanza su obra y transita por un cientifismo metafísico, la distancia entre nuestros modos de vivir y expresar la espiritualidad y el Absoluto se va incrementando más y más.

En los años ochenta, Wilber definía su loable intención del siguiente modo: “Lo único que me impulsa a trabajar es el deseo de legitimar la práctica espiritual y proporcionarle un fundamento académico para que la gente lo piense dos veces antes de desdeñar a la meditación como una especie de retiro narcisista o de regresión oceánica.  Eso es todo.  Yo no estoy haciendo todo este esfuerzo para construir un buen sistema, como lo hizo Hegel, que lleve mi nombre y tumbarme luego en los laureles a recibir la admiración de la historia.  Sólo lo hago para que podamos olvidarnos de ello y aprestarnos a practicar que, en última instancia, es lo único que importa”.

Era un buen punto de partida, muy similar al de E.F.Schumacher cuando quiso estructurar un sistema económico basado en la Filosofía Perenne o al de José Olives Puig -maestro y amigo- cuando decidió acercar los Estudios Tradicionales sobre Dios, el hombre y el universo, al ámbito universitario a través de la Teoría Sociopolítica Clásico-tradicional…  Me siento identificado con esa intención, me parece fantástica, interesante, necesaria…  Profundamente humana.  Manifestar lo divino en el propio mundo, de acuerdo con la propia estructura psíquica, mental y espiritual…  Atendiendo al personal daemon: “Mi verdadera pasión -mi daemon interno-, era la ciencia.  Mi ego se había edificado sobre la lógica, se había visto estructurado por la física y se conmovía con la química. (…)  Yo siempre he valorado muy positivamente mi formación científica.  Si aprendes la ecuación de onda de Schrödinger o el cálculo integral no tendrás grandes dificultades para leer luego al Buda o a Shakespeare pero, si te especializas en Shakespeare, posiblement no te resulte después nada sencillo aprender cálculo”.

Pero, para llevar a cabo su “misión” -para atender a su vocación-, Wilber afirma que debe convertirse en un pandit, y no en un guru.  ¿Cuál es la diferencia entre estas dos categorías del hinduismo?  Dejemos que sea el propio Wilber quien nos lo explique: “Como he señalado con cierta frecuencia, los indios distinguen el pandit del guru.  El pandit es un practicante espiritual que también tiene un conocimiento académico, erudito o intelectual y, en este sentido, es un maestro de lo Divino, un defensor del Dharma [las verdades espirituales] y un samurai [un guerrero] intelectual.  El guru, por su parte, se encuentra pública y directamente comprometido con la tarea de transformar el karma de sus seguidores.  Se trata de dos vocaciones que no deben ser tomadas a la ligera.  Yo siempre he dicho que no soy un guru, sino un pandit.

(…)  La principal diferencia entre el pandit y el guru es que éste acepta devotos, mientras que aquél no lo hace.  Aparte de eso pueden ser casi idénticos.  Uno no necesariamente está más iluminado que el otro.  El guru es como un terapeuta. (…)  Los pandits, por su parte, no hacen eso, tienden a ser eruditos, a veces son practicantes y otras, incluso, están muy iluminados, pero no se implican personalmente, como hacen los gurúes (o los terapeutas) con sus seguidores.  Se trata de dos actividades completamente diferentes.  Y asumir una u otra depende, entre otras cosas, del modo en que usted quiera ocupar su tiempo.  Si usted, por ejemplo, es escritor, puede escribir un libro al año que llegue a unas cien mil personas.  Si es terapeuta, tal vez llegue a unas cincuenta personal al año.  Se trata sencillamente de dos profesiones diferentes.  Y no es que una sea mejor que la otra, porque las dos son igualmente necesarias.  Simplemente es que, por un motivo u otro, yo soy un pandit”.

Lamento haberme extendido con una cita textual tan amplia, pero quería dejar meridianamente clara la postura de Wilber para, de este modo, poder hacer una aproximación crítica a sus manifestaciones sin que haya malos entendidos.

1. El conocimiento intelectual, académico o erudito de lo Divino no es malo si se tiene clara su naturaleza: se trata de intentar sistematizar lo insistematizable, de expresar lo inexpresable, de contener el mar en un vaso de agua.  La expresión que podremos hacer del Absoluto -y de cuanto está íntimamente relacionado con Él- será siempre un balbuceo, una mera aproximación que contendrá más falsedad (por lo que deja fuera de su siempre limitada definición) que verdad (en cuanto acierte a expresar fielmente alguna faceta de lo Divino o espiritual).  Por este motivo, el principal riesgo del pandit -o incluso del seguidor del jñana marga, de la vía del conocimiento- es llegarse a creer que la palabra es la cosa, que la Deidad -en su totalidad- está contenida en su particular visión del Absoluto…  Y que cualquier otra aproximación o definición es un error, fruto de la ineptitud o ignorancia del prójimo.

2. Un segundo riesgo del pandit, tal y como lo define Wilber,  es el de confundir la realización espiritual con el conocimiento erudito de lo trascendente.  La meta de toda vía espiritual es la transformación personal, la iluminación, la liberación, el encuentro con el Absoluto que produce una metanoia en la persona, que la transforma en lo interior y lo exterior.  Sin embargo, Wilber hace referencia a los maestros de lo Divino, a los defensores del Dharma…  Cuidado, la Verdad no es una trinchera que deba ser defendida, es una experiencia que debe ser compartida.  La única Guerra Santa que merece tal nombre es la que libra uno contra sus propios demonios, contra lo peor de sí mismo…  Y es eliminando esas impurezas -a golpe de cincel y martillo- que uno da a luz la Divinidad que habita en nuestro interior y nos da vida, iluminando y transformando a quienes le rodean -ayudándoles a cambiar su karma- no sólo a través del consejo sino del ejemplo y la compasión misericordiosa.

3. Diferenciar al guru del pandit por el hecho de tener devotos resulta un sinsentido en el Wilber actual: muchas de las personas que sintonizan con sus planteamientos, lenguaje y postulados se han convertido, no en discípulos o seguidores, sino en auténticos devotos, en inquebrantables creyentes que le han convertido en un oráculo en el que no cabe error.  No culpo a Wilber de ello, pero su propia definición le llevaría a ser un pandit convertido en guru.

4.  Los riesgos que he mencionado en los puntos anteriores se ponen especialmente de manifiesto en la afirmación que hace Wilber de que un pandit puede ser -o no- practicante…  Aquí sí que caemos de lleno en la confusión entre el erudito y el sabio, entre el que adquiere y acumula datos y el que es transformado por el conocimiento, aprendiendo a saborear la sacralidad de lo Real.

Me duele encontrar en Wilber esta identificación cuando creo que fue él mismo -no recuerdo el texto exacto, así que no puedo asegurarlo con total certeza- quien puso el dedo en la llaga al tratar sobre uno de los mejores divulgadores de lo oriental en Occidente, Alan Watts.  Sobre este controvertido maestro y escritor afirmó que su vida desmerecía su obra, que uno no podía dar auténticas lecciones de lo que no vivía, que uno no podía entregar a otro aquello de lo que carecía.  ¿Cómo podía hablar Alan Watts de la liberación cuando estaba esclavizado por el alcohol?  Una dura pero certera crítica que me recuerda la anécdota que se cuenta sobre Gandhi en un sentido absolutamente opuesto.

Dice la historia que en un encuentro con el Mahatma, una madre le rogó a éste que le pidiera al joven hijo de ella que tomara menos dulces, porque los consumía en exceso y temía que le perjudicaran.  Gandhi se negó a decírselo en aquel instante y le pidió que volvieran en unas semanas.  Transcurrido el plazo, volviron madre e hijo a encontrarse con el pequeño gran hombre, y Gandhi -dirigiéndose al jóven- se limitó a decirle: “Tu madre tiene razón, debes reducir el consumo de dulces.  No sólo pueden perjudicar tu cuerpo sino que tu incontinencia pone de manifiesto una falta de libertad, un daño en tu alma”.  Tras el consejo, la madre se acercó al Mahatma y le preguntó: “¿Por qué no quiso decirle a mi hijo estas mismas palabras hace unas semanas, cuando vinimos por primera vez?”.  El hombrecillo la miró a los ojos y sonrió mientras le contestaba: “Porque hace unas semanas, también yo tomaba dulces en exceso.  Hoy, ya no”.  Eso es Autoridad, coherencia, sabiduría, enseñanza, profunda espiritualidad.

5.  Por último, temo que la pasión de Wilber por la ciencia le haya llevado a olvidar, en ocasiones, algo que la Filosofía Perenne siempre ha tenido muy claro: el método científico -por mucho que ampliemos su consideración- resulta válido y útil en el terreno de lo manifestado, de lo medible y cuantificable.  Pero cuando uno se acerca al Absoluto debe descalzarse, debe elevarse a través del Intelecto (de la participación en el saber divino, de la Gnosis) y no intentar abajar al Inefable al nivel de nuestro razonamiento.

En mi opinión, los representantes del Nuevo Paradigma todavía tienen mucho por aportar en este terreno que es la relación entre ciencia y espiritualidad.  Pero me temo que el camino no se encuentra tanto en dotar a la espiritualidad de un ámbito científico que la desnaturaliza, como en realizar una lectura metafísica de los conocimientos científicos, descubriendo las correspondencias existentes entre todo lo creado, poniendo de manifiesto al Todo que se encuentra en la parte mediante una hermenéutica simbólica del saber científico.

Pese a mis cinco críticas a Wilber, sigo releyendo algunas de sus obras porque en ellas encuentro interesantes intuiciones y originales aproximaciones a lo Esencial, porque considero que sus escritos pueden ayudar a acercar ciencia y metafísica, porque -en mi opinión- ofrecen un camino válido de introducción a la experiencia espiritual para quien se encuentra al otro lado de la frontera del cientifismo y porque, de un modo u otro, con críticas o sin críticas, no puede negarse que la de Ken Wilber es una voz interesante que merece ser escuchada.

Os animo a asomaros a sus páginas y, si os sentís identificados con sus planteamientos y lenguaje, a profundizar en ellos…  Y en vosotros mismos…  Hasta que lleguéis a aquel lugar de vuestro interior que es el tabernáculo del Absoluto.  Buen viaje.

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5 comentarios en “Una aproximación a Ken Wilber, a los guru y pandit

  1. Chapeau por el post.

    Ken Wilber fue años atrás uno de los autores que en mayor o menor medida devoré (su obra, por descontado), y en algún caso me sorprendió el relativo desconocimiento que encontré sobre sus aportaciones entre académicos de por aquí especializados en el mundo religioso.

    De unos años hacia aquí lo he dejado un poco de lado quizás por lo que se subraya en el post de una excesiva intelectualización de la dimensión espiritual. Y cuidado, soy consciente que es una percepción completamente subjetiva y que no lo digo en absoluto para desmerecer su capacidad movilizadora de energías. Para eso solo hay que ver toda la cantidad de gente de diversas áreas que es capaz de aglutinar a través de su “Integral Institute”.

    http://www.integralinstitute.org/?q=node/1

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    1. Gracias a Carmen he podido releer este interesantísimo post ya que me ha aparecido en mi bandeja de entrada de Gmail como si fuera un post nuevo gracias a su comentario.

      De paso actualizo el enlace a la página Web de la comunidad de los más o menos seguidores de las aportaciones del pandit que no guru Ken Wilber.

      https://www.integrallife.com/

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