Recuerda quién eres: recupera tu dignidad


lampara

Cada día soy menos partidario del castigo y la fuerza de voluntad como vía de transformación personal…  Cada día soy más consciente de que se trata de un camino transitable con éxito por muy pocos.  Prefiero la vía del conocimiento a la del deber, la de la motivación a la del miedo, la del goce a la de la pena, la de la mística a la de la ascética…  Sé que no son excluyentes, que cada uno se estos extremos conduce al otro, que sólo varía el punto de partida…  Pero prefiero caminar por un alegre sendero de luz, que por un triste paisaje de sombras.

Decía John Smith el Platónico que “Dios se copió a sí mismo en la totalidad de la vida y la energía del alma del hombre, de modo que donde más fácilmente pueden todos los hombres ver y leer las hermosas cualidades de la Divinidad es dentro de sí mismos…  La impresión del alma no es… Sino Dios mismo”.  Pero, ¿cuánto tiempo dedicamos a la contempalción enstática o extática? ¿Qué espacio dedicamos cada día a penetrar en la trascendencia?  Nos aplasta lo urgente pero banal,  en nombre de lo temporal abandonamos lo eterno…  Y nos perdemos a nosotros mismos, nos embrutecemos, nos cosificamos.

Ese olvido es el que nos lleva a actuar inconscientemente, por miedo, por convencionalismo, por interés o por costumbre…  A menudo tenemos que hacernos una fuerte violencia para tomar el camino correcto…  Pero la violencia engendra violencia, y un buen día nos encontramos tirados en la cuneta de la vida, arrastrados por unas pasiones que no hemos sabido gestionar.  No es bueno contener las aguas sin medida, porque un buen día la presión termina rompiendo la presa…  Más nos vale redirigir el caudal hacia aquellas zonas de nuestra persona y de nuestra vida en la que ese fluir producirá un buen fruto.

¡No nos olvidemos de quienes somos, del tesoro que llevamos dentro!  Me gusta cómo lo expresa Epicteto: “Llevas a Dios contigo, pobre infeliz, y no lo sabes.  ¿Piensas que hablo de algún dios externo de plata o de oro?  No, llevas a Dios contigo y no te das cuenta de que le estás deshonrando con pensamientos impuros y acciones viles.  Si una imagen de Dios estuviera presente, no te atreverías a hacer ni una sola de las cosas que haces; sin embargo, el propio Dios está presente dentro de ti y ve y oye todas las cosas, y no te avergüenzas de pensar y actuar así: ¡Oh, lento en comprender tu naturaleza y apartado de Dios!”

La virtud y el Bien no es algo que debamos imponernos con esfuerzo, es algo que está inscrito y que reside en lo más profundo de nuestra alma.  Nada puede sacarse de una cosa que no esté ya en ella, aunque sea en potencia.  Por ese motivo, el camino más sencillo es el del desprendimiento de todo aquello que nos aleja de nuestra auténtica naturaleza, el del vaciamiento de todo aquello que nos ata al suelo y nos impide elevarnos hacia lo Eterno.

A menudo basta con que eliminemos la suciedad e inmundicia que nos cubre, al limpiarnos damos a luz al genio, como la lámpara maravillosa…  Siempre estuvo ahí, pero lo tenemos preso.  Volvamos la mirada hacia nuestro tabernáculo del alma, para encontrarnos allí con el Absoluto…  Y dejemos arrastrarnos por el deseo que Él sembró en nosotros…  No hay mejor motivación que sentir ese deseo esencial, esa sed de ser, y dejarse arrastrar por ellos hacia los más altos niveles de nuestra existencia.

Tú estabas entre los tesoros ocultos de Dios.  De la nada te sacó para que resplandecieras…  No te ocultes a ti mismo ni a los demás.  Brilla, refleja la luz del que te ha traído a la existencia.  No es necesario más…  Ni menos.

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