Tu honor no depende del lugar del que vienes, sino del lugar al que vas


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Circunstancias de la vida me han llevado a relacionarme, en ocasiones, con personas de alta alcurnia…  Señores de casa grande cargados de honores en razón de su nacimiento.

Aunque de todo hay en la viña del Señor, debo reconocer que no han sido pocas las ocasiones en que me he sentido defraudado, decepcionado, al tratar con ellos y superar la epidermis de su personalidad.  ¿Cómo es posible que gente a la que se le han ofrecido tantas opciones, tantas oportunidades, no las hayan aprovechado más que para vegetar?  Realmente indignante.

Mientras escribo estas líneas acude a mi memoria una anécdota de juventud -compartida con un buen amigo que suele leer este blog y que no me dejará mentir- que refleja este modo superficial de ser -y lo mal que llevo el tolerarlo- de un modo terriblemente gráfico.

Estábamos en la universidad cuando un profesor y amigo nos comentó la posibilidad de colaborar con una de esas exclusivas órdenes de caballeros cargados de títulos nobiliarios en la preparación de un importante evento. ¿Cómo renunciar a la oportunidad de adentrarnos en tan especial, glamouroso y exclusivo mundo?  No lo dudamos por un instante y nos volcamos en prepararlo todo.

Llegó la fecha y participamos de la fiesta, rodeados de caras guapas.  Conocidas unas, anónimas otras, pero gente guapa en todo caso.  Sonrisas por todas partes, apretones de manos, confidencias, supongo que algún negocio entre sombras y alguna puñalada e infidelidad por la espalda…  Deslumbrante espectáculo, hasta que llegaron las presentaciones.

Será que yo vengo del mundo de los mortales, pero me resulta muy pesado que cada saludo venga acompañado de una interminable y rimbombante retahíla de títulos nobiliarios.  Además, mi natural timidez en conjunción con el cansancio suele provocarme una cierta irritación ante estos eventos sociales…  Y la irritación suele conllevar un cierto peligro, porque puede provocar una explosión en el momento más imprevisto e inadecuado.  Y así sucedió: nos estaban presentando -a mi amigo Jacobo y a mí- a un joven de buena planta que, tras decirnos su nombre, nos recitó una interminable lista de condados, ducados y marquesados que decoraban su ilustre apellido.  Su vida y oficio, por lo visto, consistía en lucirlos y disfrutar de sus prevendas por razón de nacimiento.  Puede parecerme mejor o peor, más o menos justo, más o menos adecuado, pero suelo ser un tipo correcto y educado y hasta allí no pasó nada…  Jacobo y yo aguantamos estoicamente su interminable enumeración.  Cuando terminó, nos presentamos con nuestros nombres de pila y una amable sonrisa.

Y, en ese momento, sucedió lo imprevisto: aquel buen hombre hizo una pregunta, quiero pensar que sin maldad, pero que desató todos mis demonios interiores y le estalló en las manos. ¿Que cuál fue la pregunta? Nada en especial, salvo por el tono entre prepotente y despectivo que la acompañó: “y vosotros, ¿qué títulos tenéis?”.

Le escupí la respuesta de forma inmediata, violenta, en un tono tan despectivo como el que él había utilizado para preguntar: “Tenemos el título de licenciados en Derecho, y nosotros nos lo hemos ganado con nuestro propio esfuerzo”.  Fue una respuesta brutal en su forma y fondo, absolutamente inconsciente…  Pero su cara fue un poema, fue como si le hubieran pegado un derechazo en la mandíbula…  Obviamente se acabó la conversación, y la fiesta…  Entre el cabreo, el arrepentimiento y las risas, Jacobo y yo nos retiramos.

Con los años he reflexionado mucho sobre mi reacción, pero también sobre el acontecimiento en sí mismo, porque he conocido a otros miembros de la nobleza que lucen con orgullo sus apellidos pero, al tiempo, hacen honor a sus títulos con una conducta que resulta su mejor carta de presentación.

Y he conocido también a hombres hechos a sí mismos que son auténticas bestias salvajes, mientras que otros resultan una compañía maravillosa.  Y he tenido el privilegio de disfrutar de la amistad de personas humildes cargadas de humanidad, mientras que me he topado con otras que a veces dudo que no sean primates sin pelo.  Y he conocido también a algunos directivos y empresarios incapaces de contar el dinero que acumulan en sus cuentas, y que en su logro han perdido su alma…  Y a otros tantos que han amasado esa fortuna construyendo un mundo mejor…

Toda esta parrafada, al final, no era más que para tratar de introducir la conclusión que ha dado título al post de hoy: tu honor no depende del lugar de donde vienes, ni de todo lo que tienes, sino del destino hacia el que te encaminas.

No lo olvides, tu auténtico valor lo estableces tú.  Vengas de donde vengas, poseas lo que poseas, carezcas de lo que carezcas…  Tú decides quien quieres ser, y ese destino es el que te eleva a la cima de la dignidad o te hunde en la ciénaga de la inmundicia.

Que pases un buen fin de semana, tratando de dar a luz tu mejor tú.

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2 comentarios en “Tu honor no depende del lugar del que vienes, sino del lugar al que vas

  1. Cuántos buenos momentos compartidos. La verdad es que hemos tenido de todo y de todo hemos extraído muy buenos aprendizajes gracias a nuestras siempre interesantes conversaciones.

    “El honor consiste en hacer hermoso aquello que uno está obligado a realizar”. -Alfred Victor De Vigny. La caballerosidad y la educación corresponde a todo ser por igual. Quien no la ejerce pierde el atractivo del respeto por muchos apellidos que compongan su nombre.

    Seguiremos nuestro camino y continuaré aprendiendo en nuestras conversaciones.

    Un abrazo a todos. Buen fin de semana

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