Sin prisas, todo a su debido tiempo


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No creo que te haga ningún descubrimiento si te digo que vivimos en una sociedad acelerada, que nos lleva  a transitar por la existencia a un ritmo frenético, siempre con prisas, esclavos de la inmediatez.  No es sólo que seamos como niños malcriados -cautivos de nuestros deseos- es que, en nuestra impaciencia y avidez, lo queremos todo ya.

Y, en nuestra locura colectiva, tratamos de forzar los ritmos de la naturaleza, de acelerar sus procesos…  Y a menudo lo logramos, sin atender a las nefastas consecuencias que se derivan -para el entorno y para nuestra salud- de nuestros infantiles juegos con el fuego de los dioses.  El tiempo nos pondrá en nuestro sitio y nos mostrará el feroz rostro de los transgénicos, de los anabolizantes, y del resto de prácticas a las que nos empujan nuestras prisas, y nuestro insaciable ardor por el rendimiento económico.

Pero ese mismo planteamiento es extrapolable, también, a nuestro trato con el resto de nuestros proyectos e, incluso, con las personas…  Especialmente en lo que respecta a su educación.

Queremos que los niños crezcan con una rapidez antinatural, queremos que asuman nuestros planteamientos utilitaristas desde su más tierna infancia, desterramos de su formación todo aquello que no va a resultar práctico en nuestro mundo de adultos…  Y así les condenamos a un mundo -y una existencia- tan triste y gris como la nuestra.

Parece que, en nuestro afán por hacer crecer a quienes hoy son niños, olvidamos que una flor no se desarrolla más rápido por tirar de ella…  Sino que esa muestra de impaciencia la arranca de raíz y la lleva a la muerte.

Debemos replantearnos nuestras prisas, incluso en nombre de ese venerado utilitarismo que se ha convertido en vara moral de conducta para muchos adultos.  Las prisas son malas consejeras, e impiden el auténtico desarrollo.  Me gusta cómo lo expresa Álex Rovira, citando a Alfredo Caputo, mediante la imagen de la semilla de bambú.  Dice así:

“No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de una buena semilla, buen abono y riego constante.

También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: ¡Crece, maldita seas!

Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes.  Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente.  Durante los primeros meses no sucede nada apreciable.  En realidad, no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas estériles.  Sin embargo, durante el séptimo año, en un periodo de sólo seis semanas, la planta de bambú crece… ¡Más de 30 metros!

¿Tarda sólo seis semanas en crecer?

¡No!  La verdad es que se toma siete años para crecer y seis semanas para desarrollarse.  Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú genera un complejo sistema de raíces que le permiten sostener el crecimiento que vendrá después.

En la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo”.

Cultivemos nuestras raíces y las de quienes nos rodean…  Sólo así podremos florecer en todo nuestro esplendor, dando lugar a una nueva primavera.

Buen fin de semana.

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7 comentarios en “Sin prisas, todo a su debido tiempo

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