La Tradición es un regalo, no una cadena


jaula de oro tradición

Cada uno de nosotros ha nacido en un lugar y en un tiempo, por lo que ha sido educado de un modo muy concreto y determinado.  A ese condicionante cultural –que nos influye pero no determina- es a lo que solemos denominar Tradición.

La Tradición es el regalo que nos hacen nuestros antecesores, el cordón umbilical que nos une con un pasado común y nos alimenta con la experiencia ajena mientras todavía estamos formándonos.  Pero, a medida que crecemos, ese cordón va endureciéndose, va perdiendo su capacidad de alimentarnos y puede irse transformando en una pesada cadena que, en lugar de liberarnos, nos esclavice…  Aunque sea en una jaula de oro.

En la adolescencia nos damos a luz a nosotros mismos, es el momento de romper con ese cordón umbilical y empezar a alimentarnos por nuestros propios medios.  Cuanto hemos recibido forma parte de nosotros mismos, pero no somos sólo eso.  Ahora nos toca poner de nuestra parte.  Partimos de nuestra Tradición, de la experiencia de nuestros mayores, pero ésta no es algo estático sino dinámico y también nosotros debemos enriquecerla con nuestra aportación.

La Verdad no se deja domesticar, no cabe en nuestros recipientes, así que nos invita a movernos, a seguir avanzando, a no quedarnos estancados.  No caigamos en la tentación de tomar la parte por el todo, ni de dogmatizar como verdadero lo que puede ser una mera expresión coyuntural.  La Verdad es la que es –no defiendo aquí el relativismo- pero la experiencia nos dice que nuestro conocimiento es limitado y, demasiado a menudo, equívoco.

No tengamos miedo, la espiritualidad se vive a la intemperie, sin seguridades…  ¿Que es más cómodo vivir arropado por una serie de normas y preceptos que simplifican el camino?  Ya lo sé…  Pero entonces la vida no sería la aventura que debe ser.

En este sentido, me viene a la mente esa parábola de Jesús y los talentos que aparece en Mt. 25, 14-30:  Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad.  Y se marchó.  Al volver, pasó cuentas con ellos.  El primero había negociado bien y, en lugar de cinco talentos le devolvió diez; el segundo le entregó cuatro…  Pero el tercero sólo le devolvió el talento que había recibido, y al que no había aportado nada.  Así que el señor, que se encontraba ampliamente satisfecho con sus dos primeros sirvientes, se mostró profundamente disgustado con la falta de iniciativa del tercero.  ¿Cuántas veces nosotros enterramos bajo tierra la tradición que hemos recibido, por miedo a perderla, y al hacerlo evitamos que crezca y enriquezca a nuestro Señor?

Termino con dos textos de José María Rodríguez Olaizola, S.J que han inspirado esta meditación:

“No se trata de jalear lo nuevo por lo nuevo, de exaltar lo moderno por contraposición a lo antiguo, o de aceptar sin crítica cualquier ocurrencia.  Ni mucho menos.  Pero sí se trata de tener la honestidad suficiente como para no dogmatizar lo que no es dogma.  Para no absolutizar lo que tiene que ver con culturas y épocas.  Para ir más allá del terreno cómodo en el que tenemos todas las seguridades y las riendas, para atrevernos a avanzar por la tierra de las preguntas y las dudas.  Se trata, más bien, de la capacidad de escuchar al otro, para ver si tal vez en su perspectiva, en su apreciación y en su palabra puede haber algo de la verdad que nadie posee como patrimonio”.

 

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¡Qué terrible es la torre

de las certezas

que condenan!

 

Tras sus muros se encastilla

el arrogante,

cegado por su propia luz,

ensordecido en su seguridad,

juez implacable

de debilidades ajenas.

 

¡Qué sorprendente es

el perdón que libera!

En su seno renace,

acaso más humilde

y más sabio,

quien eligió mal

y sembró muerte.

 

Enséñanos, Señor,

a caminar

por el valle

de la misericordia,

donde las heridas

cicatrizan

y nos vuelven humanos.

 

Buen fin de semana.

 

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